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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La Palabra en el Ojo - La Argamasa

NotiCuento. Ciudad Seva

Después del baile
[Cuento. Texto completo.]

León Tolstoi

Ciudad_Seva_Tolstoi-Usted sostiene que un hombre no puede comprender por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, que todo es resultado del ambiente y que éste absorbe al ser humano. Yo creo, en cambio, que todo depende de las circunstancias. Me refiero a mí mismo.

Así habló el respetable Iván Vasilevich, después de una conversación en que habíamos sostenido que, para perfeccionarse, es necesario, ante todo, cambiar las condiciones del ambiente en que se vive. En realidad, nadie había dicho que uno mismo no puede comprender lo que está bien y lo que está mal; pero Iván Vasilevich tenía costumbre de contestar a las ideas que se le ocurrían y, con ese motivo, relatar episodios de su propia vida. A menudo, se apasionaba tanto, que llegaba a olvidar por qué había empezado el relato. Solía hablar con gran velocidad. Así lo hizo también estaba vez.

-Hablaré de mí mismo. Si mi vida ha tomado este rumbo no es por el ambiente, sino por algo muy distinto.

-¿Por qué? -preguntamos.

-Es una historia muy larga. Para comprenderla habría que contar muchas cosas.

-Pues, cuéntelas.

Iván Vasilevich movió la cabeza, sumiéndose en reflexiones.

-Mi vida entera ha cambiado por una noche, o mejor dicho, por un amanecer.

-¿Qué le ocurrió?

-Estaba muy enamorado. Antes ya lo había estado muchas veces; pero aquél fue mi gran amor. Esto pertenece al pasado. Ella tiene ya hijas casadas. Se trata de B***. Sí, de Varenka V***… -Iván Vasilevich nos dijo el apellido-. A los quince años era ya una belleza notable, y a los dieciocho esta encantadora era esbelta, llena de gracia y majestad, sobre todo de majestad. Se mantenía muy erguida, como si no pudiera tener otra actitud. Llevaba la cabeza alta, lo que, unido a su belleza y a su estatura, a pesar de su extremada delgadez, le daba un aire regio que hubiera infundido respeto, a no ser por la sonrisa, alegre y afectuosa, de sus labios y de sus encantadores y brillantes ojos. Todo su ser emanaba juventud y dulzura.

-Qué bien la describe, Iván Vasilevich.

-Por mucho que me esmere, nunca podré hacerlo de modo que comprendan ustedes cómo era. Lo que voy a contarles ocurrió entre los años 1840 y 1850. En aquella época, yo era estudiante de una universidad de provincia. No sé si eso estaba bien o mal; pero el caso es que, por aquel entonces, los estudiantes no tenían círculos ni teoría política alguna. Éramos jóvenes y vivíamos como le es propio a la juventud: estudiábamos y nos divertíamos. Yo era un muchacho alegre y vivaracho y, además, tenía dinero. Poseía un magnífico caballo, paseaba en trineo con las muchachas -aún no estaba de moda patinar-, me divertía con mis camaradas y bebía champaña. Si no había dinero, no bebíamos nada; pero no como ahora, que se bebe vodka. Las veladas y los bailes constituían mi mayor placer. Bailaba perfectamente y era un hombre bien parecido.

-No se haga el modesto -lo interrumpió una dama, que estaba entre nosotros-. Hemos visto su fotografía de aquella época. No es que estuviera bastante bien; era un hombre muy guapo.

-Bueno, como quiera; pero no se trata de eso. Por aquel entonces estaba muy enamorado de Varenka. El último día de carnaval asistí a un baile en casa del mariscal de la nobleza de la provincia, un viejo chambelán de la corte, rico, bondadoso y muy hospitalario. Su mujer, tan amable como él, recibió a los invitados luciendo una diadema de brillantes y un vestido de terciopelo, que dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, blancos y gruesos, que recordaban los retratos de la emperatriz Elizaveta Petrovna. Fue un baile magnífico. En la espléndida sala había un coro, una célebre orquesta compuesta por los siervos de un propietario aficionado a la música, un buffet exquisito y un mar de champaña. No bebía, a pesar de ser aficionado al champaña, porque estaba ebrio de amor. Pero, en cambio, bailé cuadrillas, valses y polkas hasta extenuarme; y, como es natural, siempre que era posible, con Varenka. Llevaba un vestido blanco con cinturón rosa y guantes blancos de cabritilla, que le llegaban hasta los codos agudos, y escarpines de satín blancos. Un antipático ingeniero, llamado Anisimov, me birló la mazurca -aún no he podido perdonárselo- invitando a Varenka en cuanto entró en la sala; yo me había entretenido en la peluquería y en comprar un par de guantes. Bailé esa mazurca con una muchachita alemana, a la que antaño había cortejado un poco. Me figuro que aquella noche fui muy descortés con ella; no le hablé ni la miré, siguiendo constantemente la esbelta figura de Varenka, vestida de blanco, y su resplandeciente rostro encendido con hoyuelos en las mejillas y sus bellos ojos cariñosos. Y no era el único. Todos la contemplaban, tanto los hombres como las mujeres, a pesar de que las eclipsaba. Era imposible no admirarla.

"Según las reglas, no bailé con Varenka aquella mazurca; pero, en realidad, bailamos juntos casi todo el tiempo. Sin turbarse atravesaba la sala, dirigiéndose a mí y yo me levantaba de un salto, antes que me invitara. Varenka me agradecía mi perspicacia con una sonrisa. Cuando no adivinaba mi “cualidad”, mientras daba la mano a otro, se encogía de hombros y me sonreía con expresión compasiva, como si quisiera consolarme.

"Cuando bailábamos algún vals, Varenka sonreía diciéndome, con respiración entrecortada: Encore. Y yo seguía dando vueltas y más vueltas sin sentir mi propio cuerpo."

 

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LOS LIBROS Y SUS LÍNEAS OBLÍCUAS XXVIII
El corazón delator
corazn_delator"Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

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DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Victoria_seccinInsomnio

Laura caminó despacio los últimos metros que la separaban de la única farmacia de la ciudad. Observó, sin sorpresa, que aún permanecía cerrada. Suspiró, resignada y se sentó en el cordón de la vereda dispuesta a esperar. Metió sus manos delicadas hasta el fondo de los hondos bolsillos de su campera y cerró los ojos, intentando descansar un poco, en medio del silencio abrumador que la rodeaba. Ni el gélido aire de la mañana ni el cansancio la harían desistir de su propósito: necesitaba hablar con don Armando, el viejo y sabio farmacéutico del pueblo.
Movió la cabeza con pesar. No tenía muchas esperanzas de conseguir lo que venía a buscar. Ya varias de sus amigas habían pasado por situaciones similares y el boticario jamás había accedido a sus ruegos. Era inflexible. Pero Laura estaba desesperada y sentía que si no conseguía ayuda, no podría seguir viviendo.
Insomnio. Eso era lo que la torturaba. Había pasado los últimos cuatro días sin pegar un ojo. Recordó, apesadumbrada, el dicho popular que pasaba de generación en generación y en que el que don Armando creía fervientemente: “Si no puedes dormir es porque estás despierto en el pensamiento de otra persona”. Romántico, sí. Pero duro de sobrellevar cuando pasaban varias noches sin descanso... quizás con algún medicamento pudiera obtener, aunque más no sea, una leve somnolencia que le permitiera recuperar sus fuerzas.
Cuando don Armando asomó por la esquina del colegio y la vio, supo el motivo de su temprana visita. Y movió la cabeza a ambos lados, como anticipando su respuesta. Cubriendo sus delgados hombros con un brazo protector, la ayudó a tomar asiento en un banquito despintado, detrás del mostrador y calentó un poco de agua para charlar, mates de por medio.

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DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Victoria_seccinLlorona mata galán

Todos los años pasaba lo mismo: se acercaba el invierno y el miedo se apoderaba de todos nosotros. Sabíamos que cuando los días comenzaban a acortarse y las noches a estirarse, era mayor la probabilidad de que “ella” apareciera.
“Ella” era conocida como la llorona y era titular indiscutido de los diarios locales, temporada tras temporada. Titular de los diario y eje de cada charla entre los habitantes del pueblo; nadie sabía quien era, todos elucubraban alguna teoría y hasta algunos negaban su existencia y se mofaban del resto. Pero la llorona era bien real, claro que sí.
Las historias y rumores se entremezclaban y las versiones sobre sus características y su accionar eran diversas. Si uno escuchaba con cuidado lograba hacerse una idea bastante precisa sobre este personaje: persona al fin, no sabíamos de que sexo ya que siempre aparecía tapado con una especie de sábana blanca. Su forma de comportarse era extraña: en algunas ocasiones sólo se paraba ante las ventanas de los dormitorios de los vecinos y gemía y lloraba su penar, de allí el origen de su apodo. En otras, ya de madrugada, cuando los más tempraneros salían de sus hogares para ir a trabajar, se les aparecía de forma sorpresiva y los asustaba: a veces saltaba desde atrás de un auto estacionado, otras esperaba oculta tras algún arbusto o estatua de la plaza y las peores, se dejaba caer encima de su víctima desde el alero de alguna casa o desde la rama de un árbol. Casi todos los damnificados pertenecían a la clase trabajadora más esforzada: enfermeras, obreros de la fábrica de bolsas, empleados del molino, changos que trabajaban en el campo… los que sí o sí tenían que salir del cobijo de su casa antes del amanecer.
Los primeros ataques de la llorona fueron los que causaron más pánico. Con el paso de los días y tras la sorpresa inicial, el pánico se convirtió en una sensación constante, en algo que era parte de nuestras vidas: ni grandes ni chicos nos animábamos a salir solos de nuestras casas antes de que saliera el sol o después del anochecer. Aquellos que tenían que salir obligadamente en aquellos horarios recurrían al uso de un remis para que los pase a buscar por la puerta. Hasta los adolescentes comenzaron a pedir a sus padres que los vayan a retirar a la puerta del boliche, cuando salían de bailar.
La habilidad de la llorona era pasmosa. Siempre parecía saber quién descreía de su existencia y lograba encontrar el momento indicado para atacarlo y demostrar su real existencia e infundir pavor al incrédulo. Y para ser justos, no hacía mucho más que eso: asustar. Poco a poco fue logrando que una ciudad entera tenga tanto terror que la gente comenzó a cambiar sus costumbres.
Nada resultaba al momento de intentar detener sus avances: ni el aumento de la cantidad de efectivos policiales en horario nocturno pululando por todas las calles de la ciudad ni las amenazas del pequeño y rechoncho intendente proferidas a través de la radio municipal. Cuando arremetían con mayores controles, la sabia llorona desaparecía por unos días. Cuando esos controles y nuestro miedo parecían menguar, la llorona volvía a aparecer.
En mi grupo de amigos debatimos bastante sobre el tema. Para algunos sólo se trataba de uno de los loquitos del pueblo que se dedicaba a atemorizar gente sin importarle el frío que debería calarse en sus huesos mientras esperaba, con paciencia, a algún desprevenido. Para otros, la llorona era obra de algún grupete de muchachotes aburridos y con ganas de divertirse a costa de los demás. Hasta un par de delirantes llegó a avalar la teoría de que era un complot entre los padres y la policía para evitar que los adolescentes saliéramos a bailar hasta tan tarde. Sea cual sea la conclusión a la que llegábamos, nuestro miedo no era el suficiente como para lograr que nos quedáramos encerrados.
Todas las apariciones de la llorona eran ante gente bastante mayor, con pocos reflejos y energía. Que nosotros supiéramos, nunca se había atrevido a atacar a chicos de nuestra edad, quizás por temor a que le hagan frente o la persigan.

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LOS LIBROS Y SUS LÍNEAS OBLÍCUAS XXVII
Sorpresa

Muerto se quedó en la calle
con un puñal en el pecho.
No lo conocía nadie.

¡Cómo temblaba el farol!
Madre.
¡Cómo temblaba el farolito
de la calle!

Era madrugada. Nadie
pudo asomarse a sus ojos
abiertos al duro aire.

Que muerto se quedó en la calle
que con un puñal en el pecho
y que no lo conocía nadie.

Federico García Lorca

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