Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo XI Historias de familia

Consigna uno Elegir a alguna persona conocida (no necesariamente familiar) que les resulte interesante o que tenga características destacables. Detenerse a pensar en ella y escribir, en columna, una lista de atributos de esa persona. Incluya atributos físicos.


LA PERRA PELUSA

-Y ahí me quedé, de la impresión,  me quedé pegada a la pared como una mosca en el techo, imagínate.

Yo miré para el  techo. Estaba  lleno de moscas medio dormidas en esta época de otoño.  También miré el  portalámparas de la cocina repleto de lunares chiquititos. Mi hermana seguía contándome.

-Doña María gritaba para que todos la oyeran “¡Fue el Muniagurria!, ¡fue el Muniagurria!, ¡qué bruto el vasco!, ¿cómo se ocurrió algo así?”, eso decía doña María, que es lo más inocente que te puedo contar. Estaba con la Juani.  Le tapaba la cara a la Juani para que no vea. Ella fue la primera en llegar. Después por el griterío imagino que salieron otros vecinos. No sé. Entré. No quería ver más.

Seguía contando Carola asombrada, con la cara transpirada y los ojos húmedos,  moviendo los brazos como un molino de viento.

Yo no entendía bien lo que pasaba, no contaba por el principio y mientras me desataba el moño del guardapolvo y me ayudaba con la cartera miré por la ventana de la cocina, a ver si había algún testimonio en el patio que me aclarara. Nada. Ella seguía diciendo:

-¿Y papi?, ¡no sé, eh!… ¡Capaz que lo eche!, pero no,  papi lo quiere, después de todo es su hermano. Mirá, no sé cómo le vamos a contar a mamá cuando vuelva.

Era verdad, el tío era un bruto. Tomaba la sopa haciendo ruido y se sorbía los dientes sin importarle si estábamos a la mesa o si había visitas. También se rascaba si tenía que rascarse. Saludaba así, moviendo la cabeza. Nunca lo habíamos visto reírse.

A mi tío lo conocían en el barrio como El Muniagurria. A mi papá no, a él le decían Don Muniagurria. Mi papá era el hermano mayor y había heredado de mi abuelo ese apelativo, pero a ninguno de los dos los llamaban por sus nombres. Eran conocidos en todos los hogares del barrio. Siendo chicos, el abuelo los subía al carro y lo acompañaban en el reparto, para no dejarlos solos en la casa. Él quedó viudo muy joven y ellos apenas fueron hasta el tercer grado.

Mientras el abuelo vivía, trataron de seguir con el tambo, pero después que se murió no pudieron. Las instalaciones  no  daban más y nos habían llegado algunos comentarios dañinos sobre denuncias. Chismes que van dando vueltas en las bocas de las vecinas. Con la venta de las holando argentina, que todavía estaban productivas, de los terneros y del tobiano pusieron a funcionar la herrería.

Con el correr de los años, del tambo solo quedó el recuerdo y algunos tarros lecheros en donde mi mamá apoya las macetas de  los rayitos de sol para que cuelguen. También quedó el carro del reparto, con las varas hacia arriba en señal de súplica.  Mi tío se negaba a venderlo. Tal vez por llevarle la contra a mi papá. Todo lo que mi papá decía él opinaba lo contrario. El carro era una muestra del carácter de mi tío. Siempre en el mismo lugar, molestando para colgar la ropa o sentarse al fresco en el verano. Pesado para sacarlo de su sitio.

Como no mostraba sus emociones, poco y nada sabíamos del tío. Una vez nos pasó algo que cada vez que nos acordamos nos volvemos a reír con Carola. Nosotras no sabíamos que mi tío se llamaba Osvaldo Eufemio. ¡Qué risa! Esa tarde  entramos a la pieza del fondo. Él siempre vivió ahí en ese lugar oscuro y húmedo que no se ventilaba nunca. Entramos porque íbamos a cortar mandarinas y vimos la puerta entreabierta. “Se le olvidó cerrar con llave”, nos dijimos,  y justo le encontramos la libreta cívica sobre la cama. El tío la había sacado de su baúl porque ese domingo se votaba. También había dejado cerquita un pañuelo de seda que se ponía al cuello cuando iba al banco una vez al mes y los zapatones acordonados de suela desnivelada, bien brillosos. Mi tío era rengo. Por eso tenía ese carácter. Porque ya lo dice el refrán: “No hay petiso que no sea agrandado, ni rengo que no sea hijo de puta”. Además tenía desde los cinco años una cicatriz que le surcaba la mejilla izquierda y le terminaba en la comisura del labio, tirándoselo para abajo. “Una mala costura”, decía mi mamá. Esa marca en la cara jamás le permitió mostrar una sonrisa. Tal vez de chico se reiría. Pero mi papá nos contó que desde que se había muerto la abuela el tío se llenó de odio y nunca más se lo vio feliz.

No tenía compasión por nadie. Nunca saludaba por los cumpleaños y nada de festejos para el suyo. Una vez le hicimos con Carola una tarjeta plegando papel glasé y escribiendo con brillantina  su nombre. Ni siquiera la abrió, ni nos dio las gracias. Él era así.

Por eso, me extrañó la actitud de Carola. Volvió a contarles a papá y a mamá con lujo de detalles lo que había ocurrido al mediodía, que doña María le había dicho bruto al tío y que ella casi se desmaya de la impresión.

Todo porque el camión de los basureros pasó ligero y no le dio tiempo a la pobre Pelusa a cruzar la calle. La perra estaba muy vieja ya, tenía casi trece años y no veía bien.

El tío viéndola así, descaderada y sufriente, le pasó una soga al cuello, bajó la vara del carro y ahí nomás la soltó. La pobre perra pataleó un poco, pero eso fue todo. Doña María le gritaba desde la otra vereda. También dice que mi tío dijo:

?A ver, doña María, cuando se le ocurra una idea mejor para la próxima, me la cuenta, ¿sabe?

 


Consigna dos Escribir el monólogo interior de un niño o niña en alguna de las siguientes situaciones. Intentar incorporar en él otras voces o discursos (extensión máxima: 1 carilla):

Consigna elegida: Un niño/a va al dentista. Está en la sala de espera con su mamá o su papá, aguardando que lo atiendan. En la sala hay carteles didácticos con dentaduras, cepillos, instrucciones de lavado, y una vitrina en la que se exponen dentaduras de yeso.


OLOR A PASTO

Ahora se hace la cariñosa. Me acaricia el pelo. Se da cuenta que tengo una sola trenza en lugar de las dos que esta mañana me hizo hacer con la señora Magda. Qué no le lleve la contraria, que haga caso, que no sea caprichosa, eso me dice la señora Magda, que me quiere porque me vio nacer y me crió.

Ella no.

Ella no me quiere. No es mi mamá, es la viuda de mi papá. Cuando está adelante de gente extraña, se hace la amable.

La boba de la secretaria tiene el diente pintado de rojo. Se ríe con esos dientes de plástico igual que ella, pero usa un labial barato, se ve.

¡Mi mamá le dice qué es! No, si no se puede creer…  Sí,  hacete nomás. Que ya soy una señorita, que ya soy una señorita.  Sí, más vale que sé que ya soy una señorita, que en cualquier momento se me viene la regla.

Doce, tengo. Todavía doce, no trece como dice ella. Le dijo que tenía trece. Ni sabe cuándo es mi cumpleaños. La señora Magda siempre le tiene que decir. Se quiere hacer la madre y no le sale.

La monja se dio cuenta, se da cuenta de todo porque las monjas están cerca de Dios, y Dios todo lo ve. Entonces ella cree que haciéndose la amable conmigo delante de la monja les va a hacer creer que me quiere como a una hija y que yo la quiero como a una madre. No. No la quiero. Cuando vivía mi papá al menos tenía con quien reírme, esta ni un chiste se sabe.

Aparatos me quiere poner porque dice que tengo los caninos deformados, los tengo para adelante y que me van a seguir levantando los labios, ¡qué sabe! Ella porque tienen postizos, se los lava con un líquido verde que tiene olor a espadol. Yo ni loca me pongo dientes postizos.

Asdfg ñlkjh asdfg ñlkjh a ese de efe ge eñe ele ka jota hache. Qu a zeta. Qu a zeta. Tengo la media rota en la rodilla. Si se da cuenta me va a decir algo. Me cruzo. Por qué nos pondrán a memorizar las teclas en ese cartón, ¿no?

Dientes de plástico en la vitrina. Moldes de yeso me dice la secretaria y se ríe y me muestra el diente pintado de rojo. Qué asco los dientes de yeso y los dientes de plástico de la secretaria. ¿Quién le va a dar un beso de lenguas con esos dientes asquerosos?

Andrea le dio un beso de lenguas al primo y le sintió olor a pasto en la boca. Él tiene aparatos, por eso.  Qué asco. Asdfg ñlkjh a ese de efe ge espacio eñe ele ka jota hache espacio. A mí me gusta mucho el primo de Andrea, pero ni loca le doy un beso de lenguas. A lo mejor le pareció a ella que tenía olor a pasto. O a lo mejor tenía una lengua de pasto como las vacas. Como las lenguas que la señora Magda preparaba en escabeche para mi papá. Ella no comía porque tenía ajo, y decía que le repetía. El ajo te hace eructar. A ella no le gusta eructar ni con ruido, ni con nada, porque dice que no es de señoritas eso.

Ella me mira así de cerca, para mí que no ve bien y no quiere usar anteojos, me saca los pelos que tengo pegados sobre los hombros del blazer o las pelotitas que se me hacen en el pullover. Lo único que falta es que me pongan aparatos y se me venga la boca con olor a pasto.

-Sí, la señora de Bermúdez, María Victoria. Soy yo. Paso con mi hija.

 


Consigna tres Elegir una de las dos consignas para desarrollar: alfa o beta (extensión máxima: 1 carilla).

Tres alfa: Buscar fotos familiares viejas u hojear sus álbumes de infancia. Dejar pasear la mirada sobre ellas, lentamente, dejando que aparezcan recuerdos, situaciones, anécdotas. En un papel, anotar imágenes o palabras clave que ayuden a recuperar los hechos recordados. Elegir una o varias fotos relacionadas y escribir el recuerdo tratando de ficcionalizarlo (siga los consejos del recuadro anterior para evitar hacer un texto confesional). Conviene decidir si en el texto producido se va a hablar de las fotos de las que partieron, de las huellas de la actividad misma de recordar, o, por el contrario, va a borrarse el origen de ese recuerdo (en ese caso, las fotos habrán sido utilizadas, simplemente, como fuente externa del recuerdo mismo y como una ayuda para construir detalles del lugar, la época, los personajes, y darle corporeidad a la representación.


EL CUMPLEAÑOS DE ALEJANDRA

Alejandra cumplía diez. La casa estaba llena de globos rosados. Parecían hechos de chicle. También había guirnaldas, algunas se despegaban por la humedad. Lo mejor es sostenerlas con chinches. Era un cumpleaños muy importante. Le pregunté a Carola por qué era importante cumplir los diez y ella me dijo que capaz porque te faltaban cinco para los quince, ese sí que es un cumpleaños importante en la vida de las mujeres. Carola tiene diecisiete y está en el último año de la secundaria. Ya no la invitan a los cumpleaños del barrio. Ella va igual, se hace la que me tienen que ir a buscar y se liga un pedazo de torta cuando todos los chicos estamos en eso de la piñata. También se toma como dos vasos llenos de coca cola. En mi casa nunca se compra coca cola, porque mi mamá dice que es como comer la comida con un caramelo adentro de la boca y mi papá que es una bebida imperialista.

Alejandra tiene dos años más que yo y es hija única. Me contó mi hermana que a la madre le costó tenerla y que la Ale tuvo meningitis de recién nacida. Estuvo muy enferma de fiebre y casi se muere.  Por eso le festejan mucho los cumpleaños. Es como que lo padres agradecen cada año que pasa con vida. Bueno, si vamos por enfermedad, yo tuve varicela y tos convulsa, que casi me internan, pero de cumpleaños así con globos rosados ni soñando.

Los cumpleaños míos son para olvidar no para recordar. Casi sé  de memoria lo que pasa en mis cumples. Mi mamá es muy organizada y siempre prepara con anticipación la comida. A mí me gusta cuando viene mi madrina y trae pastafrola. Mi madrina es mi tía Lina, que es la hermana más chica de mi mamá. En realidad yo digo que es mi madrina, pero nosotras no estamos bautizadas. Mi mamá tampoco se casó por la iglesia. Como mi abuelo era anarquista mi papá siguió su consejo, aunque no sepa muy bien explicármelo cuando le pregunto.

Mi mamá prepara unas galletitas criollitas untadas con paté. Son muy horribles. Pero como las hace  con tanta anticipación cuando llegan a la mesa parecen canoitas de lo arqueadas por la humedad. La mayoría de los chicos las prueban y las tiran debajo del mantel. La que la liga es la perra Pelusa. Ella de a poco se las come a todas.  También compra las tapitas de alfajores de maicena y les pone un poquito de dulce de leche en el medio. No parecen alfajores. Y la torta. La torta la hace ella. De vista se ve bien, pero solo porque tiene granas de colores pegadas con mermelada del lado de afuera. Sirve para ponerle las velas y sacarse las fotos. Nada más.

Los chicos van a los cumpleaños a jugar a la mancha y a tomar gaseosa. Como los invitados son siempre los del barrio, los cumpleaños no tienen fin. Pasamos de jugar en el patio a juegos pavotes, a  la calle. Ahí se pone bueno, porque como oscurece, la escondida es la preferida de todos. Pero en lo de la Ale no, ahí los padres están siempre en el medio de todo. Sacan el combinado al patio y ponen  discos de rondas infantiles por creen que a los chicos nos gusta. También le compran la torta en la panadería. Muy ricas esas tortas. Tiene cobertura blanca y perlitas y las velas esas que se vuelven a prender. Ahí soplamos todos. Siempre nos hacen ponernos para las fotos atrás de la torta. Después con los regalos y después en el patio. La Ale siempre en el medio, con esos vestidos que tiene de plumetí de nylon con cintas de raso y sus moños en el pelo haciendo juego. Y los padres dale con las fotos. Claro, los padres la cuidan porque es la única hija que tienen y no la dejan salir a la calle.

Lo que más me gusta de Alejandra es que te presta los juguetes y las muñecas y no se enoja si elegís a la mejor. A mí me gustaría ser hija única, o al menos haber tenido meningitis para que te hagan un cumpleaños como la gente.

 

 


Consigna cuatro Utilizando construcciones nominales que al modo de fotos o momentos detenidos de una escena den cuenta de una historia, relatar cualquiera de estas dos situaciones, cuatro alfa o cuatro beta. (extensión máxima: 1 ½ carillas)

Cuatro alfa: Los preparativos y arreglos de una mujer que va a salir de noche, desde la mirada de una niña pequeña.


CUANDO SEA GRANDE

Tarde de carnaval y bombitas. Noche de baile familiar con orquesta en el club. De corso en el centro, “pero le dije a papi que no íbamos a ir, porque si no llego toda despeinada”.

Carola, diecisiete,  piernas lisas, suaves, recién afeitadas. Mucho líquido autobronceante y parecen anaranjadas, pero no le digo. Aros dorados grandes y un collar parecido y brilloso que va arriba del vestido floreado. Maquillaje por demás en la cara.  Cejas finitas, sombra celeste, azul profunda, blanco para iluminar. Parece una bandera, pienso. Delineador y mucho pulso, como calcar un mapa con tinta china. Pestañas, rímel, arqueador, rímel, arqueador, rímel, pestañeo, pestañeo, pestañeo otra vez rímel. Ojo que parece mucho, pero es la mejor manera de tenerlas casi tan arqueadas como las postizas. Rubor. Esa brocha es parecida a la de papá. Labial. Mi favorito. Olor a frutilla. Rojo oscuro y rosadito combinado. ¿Me pintás? Olelo, nada más, ya vas a tener tiempo para pintarte.

Los ruleros grandotes corren por el piso. Los agarro y formo una torre uniéndolos con los piquitos. Pelo escalonado y flotante, rulos que parecen cascadas cuando cae. Dedos de rastrillo. ¿Querés que te pase el peine? Cara seria y  ojos fijos en los míos, desde su altura, sin decir palabra. Yo siempre la entendí a Carola sin que me hablara.

Perfume como una nube: en las muñecas frotadas, en la nuca, en el escote, atrás de las rodillas. ¿Para qué atrás de las rodillas?

Y anillos. En la mano izquierda solo el de oro que le regaló papá para los quince. En la derecha uno en cada dedo. Pulseras tintineantes de colores y de cadenas. En la otra muñeca un relojito de mi mamá que no anda. Se pone las sandalias blancas de plataforma. “Parecen incómodas, pero no sabés qué bien bailo con estas”. Después que se cruza la cartera y se le divide en dos el pecho trasluciéndole el corpiño, se mira en el espejo y hace la cara como una modelo de revista. Si mamá la ve así le va a decir algo.  Saca un esmalte  y se retoca las uñas. Sopla y sacude los dedos. Yo también le soplo.  El ventilador sobre el piso le termina el anaranjado de las  piernas y el esmaltado de las uñas.

Afuera, Beto, el novio. Hace más de media hora, espera. Fuma debajo de la parra hablando de política con mi papá y transpira. La camisa beige se le oscurece en aureolas debajo de los brazos. Que se joda, ¿para qué es mi novio, entonces? Cuando sea grande me voy a comprar labiales con gusto a manzanas.

 


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Mayo, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.