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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

TIEL Módulo VIII. Espacios y travesías: viajar, ver, contar

Consigna dieciocho beta Seleccionar uno de los siguientes topónimos para describir imaginariamente el lugar y narrar la vida de sus habitantes. Los  topónimos, nombres propios de un lugar, suelen portar resonancias de ese espacio. (Ver recuadro “Las palabras y las cosas”.)


PUERTO ÁNGEL

Donde el océano se encuentra con la tierra, se forma una pequeña bahía en forma de herradura. Ahí los habitantes del pequeño pueblo vieron construir un largo muelle y más tarde un puerto. Los ojos mostraban sorpresa, las voces se unían y se alzaban entre los portuarios, los brazos cargaban las maderas para construir esa obra que dejaba asombrados a los viejos habitantes del lugar. Muchas mujeres quedaban con la boca abierta, sin poder hablar, desconcertadas frente a la visión que se les presentaba. Tantos años de espera, de ilusiones, tanto tiempo suspendido y ahora esa imagen que se presentaba frente a ellos, generando una nueva vida. Conmovidos, muchos se unían en abrazos, y los niños saltaban, jugaban, corrían, se mezclaban con la gente. Se había roto la quietud y la mansedumbre del lugar se vio alterada. Un nuevo mundo aparecía.

Fueron pasando los años y la zona fue desarrollándose, el puerto fue creciendo y los barcos pesqueros flotaban mansamente en las aguas verdes azuladas y las redes de los pescadores con sus brillantes colores amarillos y rojos jugaban una danza entre ellas meciéndose entre las olas.

Y junto con los barcos llegaron los pelícanos, luego las garzas y las gaviotas. Muchos de los pelícanos murieron ahogados porque se quedaban atrapados en las redes de pesca, o eran atropellados por los barcos cuando trataban de llegar a los peces. La mayoría de la gente tenía a uno como mascota en la familia. Los chicos disfrutaban de su compañía, pero luego emigraron de la zona en busca de temperaturas más templadas. Y las garzas llegaron luego para dar más belleza al lugar, con su presencia adornaban las aguas y se sumergían en ellas a poca profundidad para buscar su alimento, y también permanecían en las rocas que están por encima de las olas.

No siempre fueron tiempos felices, el pueblo soportó huracanes y terremotos, sin embargo, sus pobladores eran fuertes, tenaces, lograron reconstruir las ruinas y volvieron a empezar. A partir de ahí todo era calma, las tortugas paseaban por la arena de la playa y las gaviotas volaban alrededor de los barcos en grandes bandadas buscando calamares, cangrejos y restos de comida, mientras emitían fuertes chillidos para poder comunicarse; es un llanto largo y agudo que las acompaña de día y de noche. Sus vuelos rasantes son intimidatorios.

Los niños solían ir a ver ese espectáculo de barcos, redes, aves, hombres de mar vendiendo en la playa el producto de su pesca, el atún era el más común y el más vendido. Muchas veces se escondían en pequeñas cuevas aisladas y los más arriesgados buceaban entre los arrecifes de coral. El puerto era su vida, ahí habían nacido, ellos eran parte del paisaje, sus figuras se entremezclaban con las sombras de los barcos, con el vuelo de las aves, con el aullido de las aguas.

Un día ocurrió un hecho asombroso, todo el pueblo, jóvenes, niños y viejos se sorprendieron de la misma forma. Una mujer, la esposa del pescador más importante del puerto, había tenido un hijo, algo prodigioso había ocurrido, el recién nacido ostentaba unas hermosas alas blancas, puras, límpidas, suaves, traslúcidas. Su madre al verlo lo abrazó con todo su amor y le acarició esas alas que imitaban el movimiento y el vuelo de las gaviotas, las que ella cada tarde visualizaba cuando iba en busca de su marido al volver de su jornada. Siempre las contemplaba y se quedaba perpleja al observar sus movimientos y en la forma que se ponían agresivas para defender su entorno, aunque había una especial, que cada tarde la sobrevolaba, la seguía con la mirada, como si existiera una comunicación entre ellas. Un día se posó en su hombro y ante su sorpresa se dejó acariciar el suave plumaje.

Hoy lo tiene a su hijo con sus alas de ángel, lo retiene con un abrazo eterno, esas dóciles alas se mecen con la brisa que entra por la ventana y desde ahí observa a las gaviotas, pero una de ellas detiene su vuelo y se acerca; por su blanco plumaje la reconoce, es la que cada tarde esperaba junto a ella la barcaza del pescador.

 


Consigna diecinueve Describir subjetivamente un lugar real, haciendo un registro de impresiones.

(Extensión máxima: 1 1/2 carilla).


BUEN PUERTO

Entro en esta mañana insolente de verano a este lugar donde el río se convierte en protagonista, donde las calles, los autos, las bocinas, los ruidos de la ciudad se apagan. Cambian los olores, las personas ya no son las mismas, se mueven de otra manera, sus miradas se alejan más allá buscando el horizonte. Cuando entro y cierro la puerta del auto, me voy acomodando a este nuevo universo. Al llegar al puerto deportivo algo nuevo nace en cada uno de nosotros. Un mundo flotante me rodea ahora, barcos de gran eslora que se muestran ostentosos con su equipamiento de lujo, están juntos uno al lado del otro, son un grupo selecto, enseñan su poder desde un espacio de privilegio, se destacan por sus proporciones, su porte, son prestigiosos dentro de la náutica, son portadores de un sello, la navegación los señala como el símbolo del poderío. En ellos se asienta el mando, se goza, se exhibe con vanidad y presunción.

Ahí se ven los marineros atareados preparando las naves para cuando lleguen los propietarios, que vendrán cargados de nuevos y llamativos elementos que surjan en el mercado para divertir a grandes y chicos y sumergirse entonces en ese halo de fantasía y autoridad.

Al ir caminando por la marina, se van viendo todo tipo de embarcaciones: pequeños barcos, lanchas, veleros, botes a remo, motos de agua. Todos compiten en presencia, valor, tamaño, velocidad, nivel y precio. En el río no todo es lo mismo, el mundo de los veleristas es tradicional, deportivo, diferente al de los motores que aceleran y desnivelan el ecosistema, el andar es diferente, los retos son distintos, digamos que se mueven con variadas y muy opuestas características, casi llegan a molestarse cuando navegan en la misma dirección queriendo imponer sus reglas. Ya no sobresale el placer de escuchar el ruido del agua golpeando suavemente en el casco del barco, sino el placer de la velocidad, del momento, de llegar más rápido a algún lugar.

Mientras voy caminando, miro a un lado y a otro, en todas las embarcaciones hay movimiento, algunas han zarpado temprano en la mañana donde ahora se ven los sitios vacíos. Las defensas de los barcos los van protegiendo mientras golpean unos con otros e impiden que choquen con el muelle.

Los mástiles de los veleros se ven altivos y orgullosos, se destacan por su altura, su presencia no pasa inadvertida, algunos despliegan las velas. El viento acompaña la decisión de sus tripulantes, abandonan el motor para sentir el placer de ser impulsados por la brisa.

Un nene pasa corriendo, alguien lo detiene y le coloca el salvavidas, se resiste unos instantes, pero al final lo acepta, es la condición no negociable para salir a navegar.

Ya es mediodía escucho el ruido de los hielos en los vasos, parte inseparable, la copa en la mano y el brindis por un feliz día de sol, de amigos y de agua. Se perciben las risas y las voces, se siente el olor del combustible de los motores preparándose, mezclado con el perfume del río y de las plantas típicas del delta.

Alguien llega al muelle y amarra su lancha sujetando el cabo a la bita que la mantendrá fuerte y segura.

Ya se ven las maniobras de los capitanes listos para zarpar, el trajinar de los marineros se acentúa, todo se realiza con precaución y previendo los movimientos. Se ven partir las pequeñas y viejas embarcaciones que ocupan un tímido lugar, los majestuosos barcos con sus maderas brillantes, sus cascos relucientes y los dueños que van relajados, con actitud ganadora, fuertes, poderosos, decididos, marcando y dando órdenes. Zarpan, sueltan amarras, van portando su persistente carga.

Y yo me quedo aquí en este mundo que me pertenece, no sé si tengo ganas de navegar, hoy deseo quedarme en la popa del Grace que me está esperando como todos los fines de semana, para seguir contemplando todo lo que me rodea.

 


Copyright©Stella Maris Pardo

Mayo, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.