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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo X  Pasajes y fronteras

Consigna veintitrés Elegir una de las siguientes consignas (alfa o beta). En ambas se requiere “jugar” con el punto de vista o focalización y con el saber del narrador. Estos recursos suelen ser de vital importancia en muchos relatos de pasaje, como en todos los incluidos en este módulo. Extensión máxima: 1 página.

Veintitrés alfa Imaginar la descripción de un canguro, un oso hormiguero o un ornitorrinco realizada por el cronista de un viaje a las Indias Orientales durante el siglo XVI. Habiéndose detenido la expedición en las actuales Australia o Nueva Zelanda, el cronista describe un animal que ve por primera vez en su vida y lo sorprende.


DUGONG (Dugon dugong)

Hemos podido distinguir sobre las aguas costeras tropicales de los Océanos Índico y Pacífico a una especie viviente de cuerpo ahusado, flotando y sumergiéndose de a intervalos entre diez a quince minutos. Pertenecen a la familia de los sirenios, no caben dudas.  La parte anterior es corpulenta, pero va decreciendo y estrechándose hasta la aleta caudal que se bifurca en dos aletas simétricas. Esa cola gruesa, bifurcada y resplandeciente a la resolana de la tarde, fue la que más sorpresa nos causó. Alentó a la tripulación a reforzar las creencias sobre los relatos marinos acerca de mujeres mitad humana, mitad pez.

Ya anclada la expedición al norte de Australia en tierra de Papúa Nueva Guinea  dimos con varios de estos especímenes, a los que extrajimos del agua por medio de   redes. Viéndolos tan voluminosos, algunos marineros desistieron de la fábula. Sin embargo, pudimos razonar que no éramos los únicos en la creencia. Circula entre los nativos la certeza de que los Dugondugong, nombre que reciben los sirenios,  son esas mujeres que no vuelven del bosque cuando van a la recolección de frutos o de leña. Esto se debe a un dogma instalado entre el grupo de salvajes. La leyenda indica que si una  joven mujer ha alcanzado la madurez sexual y no es elegida para  esposa, se constituye en la hembra de cualquier integrante del clan. Como consecuencia, los embarazos no deseados las convierten en personas rechazadas por la tribu. Algunas deciden quedarse, otras no. Así, las mujeres que no toleran la dominación abandonan la tierra y viven con sus crías en el mar, sin alejarse demasiado de la costa y dentro de las aguas cálidas. Son conocidas también con el nombre de señoras del mar.

Al observar de cerca una hembra de Dugong he comprobado que las aletas pectorales  son anchas,  redondeadas, y se sitúan muy en la punta hacia la cabeza a modo de brazos. Estas adultas, que miden  hasta casi cuatro metros, sacan la cabeza y los hombros fuera del agua y abrazan, por así decirlo, a sus crías cuando dan de mamar de sus dos pezones.

Es por esa razón que he comunicado al capitán para que disuada a la tripulación  y no  se hable de sirenas y fábulas similares durante los entretiempos de descanso y en las sobremesas. Noto que la marinería, ávida de contacto con señoras, sobredimensiona sus deseos con esas narraciones. Debo confesar que he escuchado comentarios referidos a los Dugong de los más obscenos con respecto a los grandes labios de esta especie herbívora, los cuales el superior está desarrollado y engrosado y presenta pelaje muy reducido.

 


Consigna veinticuatro Elegir uno de los tres sintéticos y apretados argumentos que siguen (alfa, beta y gama), para escribir la línea argumental de un posible relato. Se trata de contar, a modo de resumen, los hechos que llevarían a cabo los personajes de la historia, en el orden en que se presentarían en el relato, situándolos en un espacio y un tiempo. Extensión máxima: 1 página.

Veinticuatro alfa Un hombre, en la vigilia, piensa bien de otro y confía en él, plenamente, pero lo inquietan sueños en que ese amigo obra como enemigo mortal. Se revela, al fin, que el carácter soñado era el verdadero.


PRESAGIOS

Arturo era un hombre retraído, apocado y silencioso. Su presencia casi siempre era imperceptible. Tenía una constancia en el cumplimiento de sus obligaciones, en cuanto a la puntualidad y a la asistencia, que era tomado como ejemplo por la gerencia ante el resto. Era poco usual verlo sonreír o que hablara sobre otro tema que no fuera los estados contables de la empresa. Se sabía que vivía con su madre y que tenía una novia mayor que él. De vez en cuando ella lo pasaba a buscar a la salida. Tomaban un café en la confitería de la esquina. Elegían siempre  la misma mesa, la más alejada de las miradas. Era un noviazgo sin emociones ni sobresaltos, muy formal que aparentaba  concluir en matrimonio. Arturo trataba a su prometida Adela como a todos los demás, desde la distancia  y sin asombros.

Por eso llamó la atención que se vinculara tan rápido con Ernesto, el cadete nuevo que se sumaba a los trabajos mercantiles del cuarto piso. Ernesto lo esperaba cada mediodía sentado cerca del ascensor con su viandita, para ir a almorzar al Botánico. Se lo veía feliz a Arturo. Parecía haber encontrado un hermano menor. Muchas veces fichaban juntos a la salida  y caminaban para el lado de Salguero. Entre sonrisas y parloteos, entraban a la estación Bulnes del subte.  Hasta con la novia de Arturo Ernesto conversaba animadamente. Fueron varios meses de buena relación.

Sin embargo, cada mañana Arturo debía enfrentarse al recuerdo de los mensajes oscuros que veía entre sueños. Tenía pesadillas recurrentes en las que Ernesto obraba como su enemigo mortal.  En las alucinaciones más inquietantes, Ernesto se apoderaba de Adela, su novia, y atándolo a una silla lo obligaba a ver cómo la sometía.

Cada mediodía, durante el almuerzo en la plaza, Arturo le hablaba de Adela a Ernesto con la intención de hallar en la mirada de su amigo alguna respuesta, algún  dato que haga evidente la sospecha aparecida en los sueños. Era inútil. Ernesto era la persona más honesta y decorosa que él había conocido. Era su alma gemela, un ser incapaz de ofender a nadie.

De todas maneras las alucinaciones volvían cada noche y sufría de madrugada cuando despertaba y recuperaba las imágenes soñadas. La veía entre tules, desnuda a su amada Adela. A ella que ni siquiera se animaba a decirle cuánto la deseaba, la revivía ahí,  regocijante entre los sopores  del deseo junto  a su amigo.

Ernesto no comprendería si le contaba esos sueños, tal vez se reiría, pensaba Arturo.

Hasta que una mañana, aturdido por el sueño  de la noche anterior, decidió confiar en su amigo y esperarlo para contarle lo que le sucedía.

Ernesto se ausentó ese lunes. También al día siguiente. Y toda la semana entrante. Tampoco Adela pasó a verlo como lo hacía cada jueves, ni contestaba el teléfono. En el edificio de la calle Arenales no sabían sobre ella.

Una semana más tarde Arturo volvió a ser el hombre retraído, apocado y silencioso que era antes de que entrara el nuevo cadete al departamento de finanzas. El lunes siguiente a la ausencia de Ernesto, entre las cartas del correo que se recibían a diario, apareció una con su nombre en el destinatario. La letra manuscrita era de Adela. Se supo que Arturo jamás leyó la carta. Para qué leerla, el final se le había anticipado en los sueños.

 


Consigna veinticinco Elegir una de las consignas que siguen (alfa o beta). Extensión máxima: 3 páginas.

Veinticinco alfa Escribir un relato a partir del argumento desarrollado en la consigna anterior.


ADELA SE FUE CON OTRO

Mientras los dos camilleros la llevaban por el pasillo hasta la ambulancia, Adela vio que la pared celeste tenía un color más desgastado que el que recordaba, y que la Santa Rita había avanzado sobre la terraza. También el pasillo le pareció muy breve. ¿Cuánto hacía que no salía a la calle? Ya ni se acordaba.

La señora Chela, su vecina del segundo departamento, le apretó la mano y pronunció algunas palabras que salieron confusas detrás del pañuelito que sostenía arrugado sobre la boca. Tampoco pudo entender lo que le decía la enfermera adentro de la ambulancia mientras le acariciaba la frente y le tiraba un poco el cabello hacia atrás. Es cierto que estaba un poco sorda, pero nada adentro de su soledad requería buena audición. Lo único que lamentaba era no escuchar con claridad el canto de sus canarios.  Entre tantas desmejoras su cuerpo escondido en la última vivienda del condominio había pasado a ser parte del paisaje. Solo los que vivían más de un año allí, sabían de su existencia. Chela le cobraba cada mes un dinero de una  de caja de ahorro en el Banco Nación. Lo hizo por años. Le compraba alguna mercadería  y  le pagaba la luz y el gas. Adela ya no tenía teléfono y no le importaba tenerlo.

Ningún conviviente de esa propiedad horizontal conocía la historia  de Adela, ni desde cuando vivía en el lugar. Los inquilinos, excepto la señora Chela, lo hacían por pocos meses y cuando encontraban un lugar mejor se alejaban. Pocos aguantaban la humedad de las paredes y el deterioro que presentaba la construcción. Es por eso que nadie se preocupaba por mejorar el estado del sitio ni de controlar el crecimiento de las plantas. Las enredaderas crecían rápido, y si no fuera por el trabajo de mantenimiento de cables y redes que llevaba adelante la empresa de electricidad, el verde hubiera impedido ver la entrada.

Adela vio  al subir a la ambulancia que el clarín de guerra ya había invadido el balcón de la casa de al lado y colgaba enmarañado en la reja.  Fue como un saludo de despedida observar a un brazo lleno de campánulas coloradas que se sacudía con el viento como diciendo adiós. Los racimos tupidos disimulaban el mal estado del pasillo.  Todos los que atravesaban el ingreso reverenciaban  o debían cabecear para esquivar las flores al pasar la puerta.

En ese momento se acordó de la cara de Ernesto. Era el día de la primavera. Revivió su imagen entrando feliz con un gajo pequeño para enraizar en la tierra. Plantaron juntos el clarín de guerra en el cantero de entrada,  cerquita de una planta de ruda. La pobre vieja recordaba ese momento cada día. No le hacía falta ver crecer la enredadera. La presencia de Ernesto no la había abandonado por años. Sin embargo, después que cumplió los setenta y siete, un día se prometió no esperarlo más. No pudo cumplir su promesa, lo amaba desde el primer momento que lo vio salir  riéndose con Arturo, tenía  ese misticismo celeste en los ojos que arrastró entre lágrimas todos los días de su vida. Ver crecer el tronco grueso y leñoso de la trepadora, la hacía reflexionar sobre la espera inútil y su vida desperdiciada.

Se ve que las ensoñaciones del recuerdo o el efecto del oxígeno que le suministraban durante el trayecto hasta el hospital la hicieron sonreír. La enfermera seguía hablando cerca de su oído y también sonreía. Sin embargo, Adela apenas movía la cabeza adentro del cuello ortopédico  de  goma espuma en señal de no entender el mensaje. Estaba muy aturdida por el golpe, no sentía el cuerpo.

Esa mañana la señora Chela le llevaba una porción de pasta frola, como lo hacía a menudo,  y cuando empujó la puerta de entrada al patio, la encontró desmayada o muerta. Tenía el cuerpo rígido y frío. Había quedado  desparramada sobre el suelo damero de baldosas negras y blancas, como una pieza de ajedrez en mate. Tenía la pierna derecha girada hacia afuera y el cuello torcido, parecía un maniquí desarmado. A  su alrededor las jaulas vacías y un revuelo de pequeñas plumas y alpiste coronaban la escena y contaban la historia, del que sería el último día de Adela en el condominio de la calle Gorriti. Había vivido ahí los últimos cuarenta años de su vida, después  de que convenciera a Ernesto de volver.

Esa aventura precipitada a Ciudad del Este no había sido una decisión acertada. Nos les había ido bien en Paraguay. Gastaron sus ahorros en un negocio inmobiliario que terminó por dejarlos en la ruina. Lo único valioso que le quedó sin empeñar a Adela fue una pequeña vivienda en Palermo Viejo, cerca de Chacarita. Era ese el departamentito del fondo que había heredado de su padre. A ella no le agradaba esa parte de Palermo, por la  avenida Juan B. Justo,  decía que era una zona peligrosa y que en los antiguos galpones de las bodegas  todavía vivían marginales, que la preocupaban y le daban miedo.

Eran excusas, le daba vergüenza su condición de clase media baja y por esa razón se gastaba buena parte de su sueldo alquilando por la Recoleta. Aspiraba a igualarse entre los que allí vivían. Los edificios lujosos y los transeúntes de la Recoleta  deslumbraban a Ernesto. Era muy joven, osado y sin prejuicios. Estar al lado de un hombre así la desinhibía, le ponía alegría y perspectivas diferentes a su vida rutinaria. Fue por su intrepidez que engañó al pobre Arturo y, como consecuencia, perdió la estabilidad de una vida segura que alcanzaría por el  matrimonio. No ganó nada a cambio, solo obtuvo la locura de ir a vivir en la triple frontera con un aniñado Ernesto que solo le prometía ilusiones pueriles. Después del fracaso en  Paraguay, Ernesto quería volver a salir del país emprendiendo otro negocio en Río de Janeiro. Adela no lo acompañó. Era muy arriesgado. Él le prometió volver cuando su negocio se encaminara y, entonces, terminarían una historia de amor juntos en un lugar tropical y sin preocupaciones.

En la vida  volvió a saber algo de Ernesto. Nunca recibió una carta, tampoco una llamada. Ni siquiera sabía con claridad en que ciudad brasileña se encontraba.

Fue Arturo el único que se acercó a verla al condominio de Gorriti, después de haberse encontrado por casualidad en la Feria del Libro. Aún guardaba intacta una carta de ella que jamás había leído, y se lo dijo. Creyendo en su confesión, Adela justificó aquella repentina desaparición inventando una historia. Le contó entre sollozos que había debido  viajar de urgencia por una necesidad familiar. Un tío lejano le escribía diciéndole que tenía que hacerse cargo de los restos de su madre. Debió irse a Misiones. Agregó que esa noticia la había turbado, que no pudo confesárselo en su momento y necesitó alejarse de su vida ciudadana y volver a sus orígenes. Añadió que estando  allí había encontrado algunos parientes y tuvo necesidad de tener lo que no había conseguido en Buenos Aires, una familia.

Arturo se obligó a creerle y no volvió a verla. Guardó en su recuerdo los labios tersos de Adela dibujando las palabras de un relato mentiroso hasta el día en que murió. Archivó cada gesto  de ese rostro luminoso y  cada caída involuntaria de sus bucles surcándole la cara y ocultándole un ojo cuando movía la cabeza al hablar.

Fue desde ese día que por el respeto que reconoció en Adela de no herirlo contándole la verdad y por los cinco años de noviazgo que habían vivido juntos, que Arturo abrió una caja de ahorro en el Banco Nación. Había decidido que de por vida  depositaría el quince por ciento de su salario para la única mujer que había amado. Más aún, se había prometido que continuaría realizando la misma operación cuando estuviese jubilado. Adela nunca tuvo oportunidad de agradecérselo ni preguntó jamás en el banco quien era el que transfería mes a mes el importe, pero sabía que era él.

No hubo mucho que hacer con el cuerpo de Adela. El golpe había cortado la médula a la altura de las vértebras torácicas y los huesos del sacro se habían desplazado fuera de su lugar. Era un cuerpo con huesos débiles, desgastado, con una salud endeble, y en esas condiciones lo más esperable y humano que le podía ocurrir era una insuficiencia cardíaca que culminara con su vida.

El médico tomó el brazo casi inerte de la mujer vieja y le acomodó un mechón de cabello rizado hacia atrás que le cubría un ojo. Entonces Adela lo vio.  Era un practicante joven y en los ojos celestes del doctor  encontró los ojos de Ernesto.

El chirrido de la puerta hizo que mirara en esa dirección y para su sorpresa había venido a verla el hombre que esperaba hacía más de cuarenta años. Estaba radiante como siempre, lleno de esa luz que la trasladaba a la felicidad.  La tomó entre sus brazos y la apretó fuerte contra su pecho. La besaba apasionado y acariciaba su cuerpo con sus manos blancas.  Adela lloraba y sus lágrimas se mezclaban con las de Ernesto que le pedía perdón y le volvía a confesar su amor y su fidelidad eterna. Era todo lo que deseaba en la vida, volver a estar con él.

La enfermera que había entrado  a la sala de terapia le venía a informar al doctor que la mujer ingresada no tenía contacto alguno de parientes o conocidos. Justo en ese momento, el médico le estaba secando una lágrima a la pobre Adela y le cerraba los ojos, porque acababa de morir.

 


Copyright©Lidia Jaureguiberry

Abril, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.