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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Consigna diecisiete beta Amplificar las dos historias y contarlas según la técnica temporal de la “alternancia” de modo tal que cada una de ellas desarrolle una de las versiones del sueño Chaung Tzu. (Extensión máxima: 2 carillas).


LA EMPLEADA DOMÉSTICA

Esa mañana Juana se levantó contenta, plena, distinta. Mientras tomaba mate se descubrió mirando por la ventana con una sonrisa. Había tenido un sueño hermoso, colorido y tan real que aún perduraba en sus pupilas; podía cerrar los ojos y verse haciendo lo que tanto amaba, escribir.  La sacó de su abstracción el pitido de la hora en la radio, ya eran las siete y, si no salía, iba a perder el tren. Juntó las cosas que se llevaba, el bolso, un saquito, la comida del mediodía y salió a ganarse el pan. Cuando llegó a la estación el andén, estaba repleto de gente; anunciaban por altoparlante que la formación había sufrido un desperfecto; se suspendía el servicio por una hora, que seguro serán dos, pensó Juana, pero no quería que esto le arruine el día que había empezado tan bien, así que se dio media vuelta y fue en busca del colectivo.

Desde antes de llegar a la parada ya veía la cola que tendría que hacer, pero no tenía otra opción; otra vez llegaría tarde y debería soportar la mala cara de su patrona.

Cuando por fin pudo subir al colectivo, se ubicó en un asiento casi al final, colocó los auriculares sobre sus orejas para hacer más agradable el viaje y, poco a poco, empezó a dormitar.

Nuevamente estaba en la habitación luminosa con amplios ventanales que daban al parque. Su silla mullida y de respaldo alto la cobijaba y le otorgaba un apoyo placentero, daba gusto estar sentada allí, rodeada de una biblioteca enorme, llena de libros, fotos, objetos traídos de alguno de sus viajes. Su vida estaba allí. Era todo tan natural, tan apacible, sólo tenía que escribir. Sobre su escritorio se encontraba la carta de la editorial que había aprobado su novela, pero restaban algunos retoques, quería mejorar la descripción de los personajes y puso manos a la obra. Sus dedos se movían sobre el teclado con rapidez, exquisitamente, sin tropiezos.

—Permiso —dijo una señora—. ¿Me permite pasar?

Juana sacudió la cabeza y miró el reloj, recién habían pasado quince minutos; para ella había sido una eternidad. Mientras se corría para dejar paso a la señora cargada de bártulos, terminó de despegarse del sueño que la perseguía. Comenzó a mirar a su alrededor para ubicarse, estaba sentada en el fondo de un colectivo lleno de gente con cara de resignación y hastío, personas reales, trabajadores, estudiantes, oficinistas que salían, como ella, temprano y, seguramente, regresarían a sus casas finalizando el día. No quería volver a dormirse porque sabía que podía pasarse de parada y llegar a su trabajo más tarde aún. Así y todo volvió a entornar los ojos para sumergirse nuevamente en aquellas bellas imágenes.

La luz del sol atravesaba todo el recinto; el piso de madera brillante crujía a su paso, le gustaba caminar mientras elaboraba frases que luego volcaba en sus escritos. Para esta novela había investigado mucho, pero sentía que había cierta frialdad en uno de sus personajes, tenía que darle más calidez y le estaba costando. Llevaba días tratando de concebir a esa criatura rebelde, indómita y ordinaria que había construido. Sólo necesitaba saber un poco más de los sentimientos de alguien que trabaja limpiando la suciedad de otros, de alguien que sabe que depende de ese trabajo y tiene que soportar agravios o malos tratos del que se siente superior. Pensaba en las mañanas frías, en las manos ajadas, en la cintura que duele, en la paga mínima, en el horario extenso, en el colectivo lleno, en el tren que no funciona.

De repente se despertó. Todavía faltaba como media hora, era imposible el tránsito que había, las calles cortadas, los desvíos y después la patrona enojada. No quería dormirse de nuevo pero se dejó llevar por el encanto de ese otro mundo inalcanzable para ella.

Puso sus manos en el teclado y de una sola vez redactó páginas enteras de sentimientos encontrados, deseos incumplidos, resabios de olvido, de broncas, de promesas y de nuevo volver a empezar. Poner una sonrisa para decir, sí señora, y aguantar. Explicar que hoy llegué tarde porque el tren no funcionaba y tomé el colectivo y las calles estaban cortadas, y la señora con cara de no te creo, siempre te pasa algo, pero acá hay que estar a horario, cómo se ve que no te gusta trabajar, si te gustara cuidarías el trabajo, sabés cuántas como vos quisieran trabajar acá, así que mejor apurate, si no, no vas a llegar a hacer todo lo que hay que hacer y nada de hacer tiempo nena, mirá que yo las conozco a ustedes eh. Ojito, que a mí no me vas a pasar tan fácil.

Hizo fuerza para abrir los párpados, el sueño ya se estaba poniendo feo, pero por más que quiso no pudo abrir los ojos y comprendió que no despertaría. Comprendió que su realidad era la de un personaje de novela que una escritora famosa estaba creando y comprendió que el sueño había sido el otro, el de la mujer que se había despertado contenta por haber soñado que escribía una novela.

 


Consigna diecisiete gama El texto leído es una adaptación de los fragmentos finales de “La marca de nacimiento” de Nathaniel Hawthorne. A partir de esta escena final imaginar los antecedentes del suceso y escribir un racconto. (Extensión máxima: 2 carillas).


ESTADO DE ANSIEDAD

Poco a poco las drogas comenzaban a surtir efecto. La marca brutal y poderosa que ocupaba la mitad de la cara de Adela empezaba a doler un poco menos. Su cuerpo, grácil y pequeño, estaba envuelto en gasas y apósitos, su situación era delicada. Con todo lo que habían hecho hasta ahora, no se veía mejora alguna, pero los médicos seguían intentando salvarla. Había que esperar la evolución para poder dar un diagnóstico más o menos certero, cuarenta y ocho horas, decían.

La tarde de aquel sábado siniestro, Adela había llegado de hacer algunas compras alrededor de las doce. Según su costumbre, después de acomodar la casa  había salido a buscar las cosas que hacían falta para la comida. Solía hacerlo por el barrio donde todos la conocían desde chica pero, ese día, decidió alejarse un poco, quería evitar las preguntas y los chismes, así que comenzó a caminar por la avenida hasta llegar a otro centro comercial. Fue primero a la verdulería, eligió algo de fruta y alguna planta de lechuga para la ensalada. Estaba inquieta, sentía un extraño nerviosismo, como si alguien estuviera observándola. Miró varias veces a su alrededor pero nada le llamó la atención, cada uno estaba en lo suyo. Sabía que tenía que calmarse, respirar, seguir las indicaciones de su terapeuta, no dejar avanzar ese estado de ansiedad, respirar, respirar.

Caminó unos pocos pasos, compró milanesas y luego se detuvo en una vidriera colorida, cuánto hace que no me compro ropa interior, pensó. Le encantaban esos conjuntos rojos, con puntillas, extravagantes, pero de solo mirarlos le daban miedo, así que se apartó del escaparate con prisa. Más de una vez había escuchado a Raúl decirle puta por la ropa que usaba, si bien ahora ya no estaban juntos, todavía sentía el peso de sus apreciaciones, se le habían grabado tanto las palabras que él le decía que antes de hacer algo lo pensaba varias veces; con un pensamiento aterrado, rumiante, obsesivo.

Decidió tomar un camino diferente para volver, observando con cautela antes de dar cada paso, respirando profundo con intención de calmarse; así llegó a su casa, intranquilamente transpirada. Dejó la bolsa en una silla, se sirvió un vaso con agua y pensó que era la cuarta vez que realizaba la denuncia y siempre lo mismo; Raúl volvía a hostigarla.

No tenía hambre y menos ganas de cocinar para ella sola, los chicos estaban con la abuela ese fin de semana y ella desacostumbrada, se sentía rara. Por momentos, triste,  sin saber qué hacer; entonces, se recostó y con el televisor encendido,  poco a poco, se fue quedando dormida; no supo cuánto tiempo había pasado cuando escuchó el primer golpe, después otro y luego la puerta que se abría. No tuvo tiempo ni de levantarse y ya lo tenía ahí, parado junto a la cama con los ojos desorbitados, enrojecidos, llenos de alcohol.

Estuviste paseándote por ahí, ¿no?, ¿creías que no lo iba a saber?, no te vas a deshacer de mí tan fácil. Y empezaron los golpes, la primera cachetada fue directa a la cara, con la mano abierta los cinco dedos quedaron estampados en la mejilla izquierda. Adela intentó levantarse pero la fuerza descontrolada de Raúl volvió a tumbarla en la cama. Lo pateó y eso lo enfureció más aún. Ahora los golpes fueron a puño cerrado, las costillas, la cabeza y otra vez la cara.

Al grito de puta, tirándole de los pelos, la sacó del dormitorio arrastrándola por el piso con una violencia irreparable. Se sentía todopoderoso, dueño y señor de las acciones de la mujer que le había dado dos hijos y que sumisamente había soportado sus ataques de ira. Finalmente, una vez en la cocina, la roció con alcohol y, con una sonrisa diabólica en el rostro, le arrojó un fósforo encendido. Sin inmutarse, esperó que empezara a arder, y luego, se marchó como si nada. Un vecino lo vio salir de la casa acelerando el paso para luego, casi en la esquina, empezar a correr. Después, todos fueron gritos, corridas, sirenas, llanto. Ahora estamos en la puerta de la UTI esperando el parte médico.

 


Copyright©Mónica Faraldi

Abril, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.