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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo VII El punto de vista o focalización

Consigna F 2 Completar el fragmento siguiente desde el punto de vista de un narrador en tercera persona, visión con o cuasi omnisciente. (Máximo 1 pág.) 

Tengo el defecto de distraerme cuando las conversaciones se prolongan alrededor de un tema que me parece agotado.

A Diana le gustaba hablar de sí misma, pero disimulaba esta disculpable tendencia disfrazando sus experiencias personales en teorías colectivas e irrefutables.

Historia de un amor, en Crónicas del amor, de Silvina Bullrich

Ella decía que el matrimonio hace infelices a las parejas, que todos en algún momento se separan o divorcian y eso solo les trae mayor infelicidad y preocupaciones, porque cada uno por su cuenta tiene que reinventarse sabiendo que aún existe el otro y que por cuestiones domésticas no pueden desembarazarse de ese otro por completo.

Que una parte de las parejas casadas siguen juntos porque se trata de personas tercas o fácilmente adaptables, que no sabe qué quieren demostrar o a quién, y "ni que les pagaran por eso". Decía también que los religiosos son los más propensos y los evangelistas los más intransigentes.

Ella se casó y se divorció, se juntó y se volvió a separar, y esto le otorgaba cierta autoridad sobre el tema.

Diana lo sacaba cada vez que podía, pero solo a los que, distraídos, la oíamos sin escuchar.

Este tema, unido a otros tres o cuatro que ella trataba siempre, se habían aglomerado en un bollo compacto e indiviso que yo le compré un día y ahora ya no me atrevo a devolver.

 


Consigna F 5 Escriba un enunciado en el que el narrador utilice la segunda persona e incorpore los siguientes personajes y acontecimientos: un obituario, una hija que se ha fugado de su casa, vive en una pensión y le escribe a sus padres reprochándoles los injustos castigos de que ha sido víctima cuando adolescente. (Máx. 1 pág.) Recuerde que generalmente el género epistolar o el diario es el más apropiado.

Buenos Aires, 22 de marzo de 1995

Madre:

Pretendieron que habitase la hipocresía que montaron, y lo hicieron porque papá ya no estaba en la casa, porque tú, madre, le abriste las puertas a ese monstruo despreciable y perverso de cabello entrecano y bigote abrasivo, cuya loción após barba me ocupé de orinar en su envase antes de fugarme, porque no quedaba intersticio de mi cuerpo que no oliera a ella, así de repugnante se había tornado.

Mientras tanto, tú haciéndote la dueña de la casa, con tus faldas cortas y las pecheras rebosantes, último rasgo físico que habría deseado heredar de ti. Quedarás a cargo de la peste, porque yo ya no pienso volver.

Ni Vero, ni preciosa, ni vení, como preludio del espanto.

Verónica, con punto final.

Verónica

 

 

Consigna F 6 Escriba un enunciado en el que el narrador sea testigo presencial. Incorpore los siguientes personajes: Paulina; hijo de Paulina (aproximadamente 35 años); Juan, el almacenero del barrio. (Máx. 1 pág.)

El hijo de Paulina desciende de la combi acompañadode una de las mujeres y camina hasta el negocio de Juan bajo custodia visual.

Hola lo saluda Juan.

Hola, Juan demora en responder.

Tu mamá todavía no llegó.

¿Mamá?

Sí Paulina.

¿Paulina?

Juan observa el reloj de pared y resopla por lo bajo. Seguidamente, recompone el gesto y recibe a un cliente que acaba de entrar.

—¿Sigue con el ayudante, don? pregunta el cliente, señalando al muchacho.

El hijo de Paulina ha colocado algunas latas en el suelo y repasa los estantes con la manga del buzo.

Dejá, querido, no hace falta.

¿Ayudo-Juan?

No; “ayudo-Juan”, no, gracias.

¿Ayudo?

Juan termina de atender al cliente, a quien parece divertirle el espectáculo. Después, se acerca al muchacho y tomándole el buzo por el puño, le levanta el brazo y le muestra la suciedad que juntó. No hace falta “ayudo”, basta de “ayudo”, sentate ahí que tu mamá ya debe estar por llegar le indica mostrándole una silla.

La silla es baja y el muchacho comete un error de cálculo por el que se desploma en el asiento de paja. La estantería próxima a él, se tambalea y dos latas caen y ruedan.

—¿Ahora qué? se exaspera Juan. Se dirige al muchacho, tropieza con una de las latas y patea la otra, que va a parar debajo de la estantería.

El muchacho se tira al piso y tantea con la mano debajo del último estante. La manga del buzo se le llena de tierra y pelusa. El rescate no prospera, entonces se levanta y comienza a forcejear de la estantería como para separarla de la pared.

—¡Cuidado, pibe! le advierte Juan con tono desquiciado.

El muchacho tiene medio cuerpo detrás de la estantería. Juan lo llama, le dice: -vení, ¿qué hacés?, ¡esperá!, ¡salí de ahí! cada vez más alterado. Embiste la estantería con el pecho, toma distancia y arremete una, tres, siete veces más.

Paulina entra a las corridas en el local, aparta a Juan a un costado y tironea infructuosamente de la estructura metálica para removerla. El cuerpo de su hijo cae de costado y puede verse su cabeza ensangrentada. No respira.

Paulina levanta la vista hacia Juan, con expresión transfigurada. —¡¿Por qué?! — le grita — ¡si ibas a cuidarlo!

—Shhh —la acalla Juan posando dos dedos sobre sus labios.

—Aaaaaaaajjjj —le vocifera ella y luego frunce los labios con fuerza para no dejarse besar.

—Paulina, ¡Paulina!, ¡fue un accidente!, ¿lo entendés?

Paulina, inmutable.

—Paulina, como sea, ¡no importa!, ¡te libré de ese lastre! —le chilla.

Juan se exaspera y Paulina lo hace aún más; comienza a arrojarle latas con poca puntería y cuando la estantería parece más liviana, la corre con facilidad y se escabulle por detrás, implorándole perdón a su hijo por no tener otro remedio que pisotearlo para lograr su empresa. En la decadencia de sus fuerzas, empuja la estantería y logra precipitarla sobre Juan. Salta sobre ella con frenesí durante un largo rato. Bajo el ruido ensordecedor de las chapas, Juan exhala un último estertor.

 


Consigna F 7 Escriba un enunciado en el que el narrador omnisciente narre desde lo psicológico. Máx. 1 pág.)

A la madre se le llenaba la boca hablando de su hija; especialmente cuando se cruzaba con aquella otra chica que había cambiado de carrera universitaria al poco tiempo de comenzar a cursarla a la par de su Verónica. Siempre medía el éxito o el fracaso por contraste: su hija estaba, incluso, por conseguir trabajo. En cuanto a la chica, tenía inteligencia suficiente como para no dejarse llevar por tan pueriles intentos de sabotaje.

En el 4535, depto. 2, el timbre lumínico anunció a Verónica con un discreto parpadeo. La entrada por la puerta de servicio le despertó una ligera sospecha y nerviosidad a las que intentó sobreponerse para que no afectasen la firmeza de su voz. El secretario llenó una ficha de datos personales, y de allí la acompañó hasta la sala de testeos cosméticos. A Verónica le pareció bien, y para cuando confirmó su próxima concurrencia, la desconfianza inicial le resultó infundada.

Postergó su regreso a casa con una recorrida de compras. Más tarde, en su cuarto, observó las prendas con la sonrisa plácida que sabían esbozarle aquellas adquisiciones compulsivas. Pensó en su nuevo empleo y garabateó cálculos mentales que la decidieron a empacar todo lo que había comprado y algunas pertenencias más. Para huir de casa; su madre leería la carta.

En el 4535, depto. 2, el timbre lumínico anunció a Verónica con un discreto parpadeo. Se la veía tan natural y espléndida que sin proponérselo suscitó una fuerte atracción en el secretario. Al notarlo, se apenó por él y procuró disimular su efusión.

En la sala, su sala, la esperaban tres cápsulas termoselladas cuyo contenido cosmético Verónica debería probar en su piel. Si le hubieran preocupado los efectos secundarios de los productos, preocupación que nunca existió, habría sido un sinsentido, ya que las muestras, en apariencia auténticas, eran apenas cremas neutras que rozaban lo inodoro, simples preparados de ingredientes naturales e inocuos.

Con dedos refinados, destapó la cápsula rosada y posó sus yemas en la sustancia. Aguzó el oído para constatar que el silencio era absoluto, y sobre el dorso de su mano esparció una fina capa con pensada ligereza. «Esto voy a hacerlo bien», se dijo, y lo pensó como un punto y aparte tras el pasado infausto de su vida. Deslizó el tacto por los bordes del detallado encaje de su ropa interior, aquel que ocultaba su femineidad vulnerada, y tuvo miedo de su doble en el espejo. Pudo oír una tos lejana e imaginó una figura masculina agazapada tras el cristal. Instintivamente se cubrió el busto con sus pequeñas manos, el pulso acelerado le agitó el cuello y las sienes como en aquellos otros aborrecibles tiempos de los que había creído huir, hasta ahora.

Durante algo más de un cuarto de hora, Verónica fue incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo. Presa del pánico, se limitaba a deglutir con dolor su propia saliva y a pensar si su vida no estaría predestinada a ese estado vegetativo de no-agente, donde prevalecía el placer de los otros sobre el de ella. Una lágrima se escurrió por la blanca exuberancia de su escote e inundó la cicatriz umbilical, infundiéndole un ardiente deseo de venganza. «Esto voy a hacerlo bien», se dijo, y fingió ignorar que la observaban, para explorar el placer de su cuerpo, ahora inalcanzable y mezquino, visible pero incorpóreo, un placer que dolía ver.

 


Consigna F 8 Escriba un enunciado en el que el narrador protagonista tenga el punto de vista del protagonista (soliloquio), monólogo interior directo. (Máx. 1 pág.) 

Fulminación fulminación fulminación, eso les voy a hacer a todos, aniquilación, miseria, satisfacción espuria y maldita detrás del cristal es lo único que tendrán, y siempre tendrán que venir por más y si vienen por más yo voy a llegar al diez, sí, llego al diez y antes también porque seguro que me adelantan para que vuelvan por más, para pagarle a doña Emilia y que me aguante, que me aguante en la pensión deplorable esta que ni colgar mis prendas a ojos vista puedo, son mis prendas doña Emilia, mis prendas de trabajo, ¿qué tal si le dijera eso?, ¡me raja! me raja lo mismo que si las descubre pendiendo de los elásticos de la cama abajo del colchón mientras se secan. ¿Qué tal si lo supieran ellos? Que Dios no lo permita, aunque mejor que Dios no se entere, me muero ¿qué estoy haciendo? No hay camino por Dios, Dios lo va a entender, peor sería quedar en la calle, Dios no querrá que me quede en la calle, pero si llego a saber que él lo sabe, si siento su olor nauseabundo y esto sí… apenas lo sienta, me visto completa y me largo, me largo antes de que entre y salgo antes de que me vea salir, porque me voy corriendo de la sala y ese día… ese día que nunca llegue, que nunca llegue, por Dios, pero si llega, voy a tener que escribirle otra carta y ahí sí huir más lejos donde nunca más pueda hacérmelo.

 


Copyright©Marina Falces

Abril, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.