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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Crimen en Quilmes

Esa mañana me levanté temprano y me puse la ropa que la noche anterior había dejado preparada sobre la cama. No fue fácil la elección. Un jean azul no muy ajustado y una remera negra de cuello básico; busqué algo sencillo y discreto, la ocasión lo ameritaba. Estaba nerviosa, no era para menos, todavía tenía la venda que me habían puesto en el hospital antes de darme el alta. Solamente habían pasado diez días de la tragedia y me esperaban  en el juzgado para tomarme la declaración. Tomé un taxi, no quería llegar tarde, quería que todo terminara pronto, lo más pronto posible. Quería salir del infierno en el que estaba atrapada.
Me senté en la silla de madera lustrada, fría y dura como toda la habitación donde la fiscal y su asistente esperaban escuchar mi testimonio. Sin mediar ninguna palabra alguna, más allá del “buen día” que nos dijimos, comencé a hablar, casi a borbotones, sin pensar, sin dejar que ninguna pregunta interrumpiera el terrible relato de los hechos ocurridos en  aquella mañana nefasta.

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La cama

Tocan el timbre y mamá sale corriendo con los ojos llenos de lágrimas. Entra la tía, en realidad no es mi tía, es la prima de mi mamá, pero siempre le dije tía y para mí es como mi segunda mamá. A veces quisiera que fuera ella mi mamá y no mi mamá real. Las vacaciones en su casa en la pileta de lona, especialmente armada para mí, era la mejor época del año. Me consentía dándome todos los gustos. Sus hijos eran grandes así que yo era la preferida. Me escondo detrás de la puerta. No corro como otras veces a abrazarla. Nos vemos seguido, ella vive casa de por medio con mi tío, con mis primos, con su papá, don Tito lo llaman todos, para mí es el “tío Tito”.
Él ya está muy viejito,  muy simpático no es. A mi no eso no me importa, porque nunca está con nosotros, siempre está sentado frente a la ventana del comedor, quieto y mirando fijo para afuera, habla poco y cuando habla su voz suena poco amigable, así que yo no me acerco.

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El último conejo

Querida madre:
Te extrañarán mis líneas luego de tantos años de distanciamiento. Me han dicho que ya no estás tan prolífica para seguir sacando “conejos de la galera” que te permitan ocultar las verdades de los asuntos de familia. Ya la tristeza te va minando.

 

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El retorno del señor Tales

“¿Por qué te dejé ir? Ahora estás en el fondo del abismo. Y yo me siento solo, como nunca antes. Ya es tarde, ya nadie podrá rescatarte. Y ya nadie puede rescatarme a mí”.

 

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Trampa para 3

“Necesitamos hablar”, versaba la nota que Amalia encontró sobre su escritorio aquella mañana. Reconoció la letra, apurada, desprolija. La asombró. No era propio de Luis semejante desprolijidad. Esto la inquietó. “Te espero en el hotel a la hora de siempre”, esto sí era propio de su antiguo amante.

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