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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

La Palabra en el Ojo - La Argamasa

LOS LIBROS Y SUS LÍNEAS OBLÍCUAS XXVIII
El corazón delator
corazn_delator"Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

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DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Victoria_seccinInsomnio

Laura caminó despacio los últimos metros que la separaban de la única farmacia de la ciudad. Observó, sin sorpresa, que aún permanecía cerrada. Suspiró, resignada y se sentó en el cordón de la vereda dispuesta a esperar. Metió sus manos delicadas hasta el fondo de los hondos bolsillos de su campera y cerró los ojos, intentando descansar un poco, en medio del silencio abrumador que la rodeaba. Ni el gélido aire de la mañana ni el cansancio la harían desistir de su propósito: necesitaba hablar con don Armando, el viejo y sabio farmacéutico del pueblo.
Movió la cabeza con pesar. No tenía muchas esperanzas de conseguir lo que venía a buscar. Ya varias de sus amigas habían pasado por situaciones similares y el boticario jamás había accedido a sus ruegos. Era inflexible. Pero Laura estaba desesperada y sentía que si no conseguía ayuda, no podría seguir viviendo.
Insomnio. Eso era lo que la torturaba. Había pasado los últimos cuatro días sin pegar un ojo. Recordó, apesadumbrada, el dicho popular que pasaba de generación en generación y en que el que don Armando creía fervientemente: “Si no puedes dormir es porque estás despierto en el pensamiento de otra persona”. Romántico, sí. Pero duro de sobrellevar cuando pasaban varias noches sin descanso... quizás con algún medicamento pudiera obtener, aunque más no sea, una leve somnolencia que le permitiera recuperar sus fuerzas.
Cuando don Armando asomó por la esquina del colegio y la vio, supo el motivo de su temprana visita. Y movió la cabeza a ambos lados, como anticipando su respuesta. Cubriendo sus delgados hombros con un brazo protector, la ayudó a tomar asiento en un banquito despintado, detrás del mostrador y calentó un poco de agua para charlar, mates de por medio.

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DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Victoria_seccinLlorona mata galán

Todos los años pasaba lo mismo: se acercaba el invierno y el miedo se apoderaba de todos nosotros. Sabíamos que cuando los días comenzaban a acortarse y las noches a estirarse, era mayor la probabilidad de que “ella” apareciera.
“Ella” era conocida como la llorona y era titular indiscutido de los diarios locales, temporada tras temporada. Titular de los diario y eje de cada charla entre los habitantes del pueblo; nadie sabía quien era, todos elucubraban alguna teoría y hasta algunos negaban su existencia y se mofaban del resto. Pero la llorona era bien real, claro que sí.
Las historias y rumores se entremezclaban y las versiones sobre sus características y su accionar eran diversas. Si uno escuchaba con cuidado lograba hacerse una idea bastante precisa sobre este personaje: persona al fin, no sabíamos de que sexo ya que siempre aparecía tapado con una especie de sábana blanca. Su forma de comportarse era extraña: en algunas ocasiones sólo se paraba ante las ventanas de los dormitorios de los vecinos y gemía y lloraba su penar, de allí el origen de su apodo. En otras, ya de madrugada, cuando los más tempraneros salían de sus hogares para ir a trabajar, se les aparecía de forma sorpresiva y los asustaba: a veces saltaba desde atrás de un auto estacionado, otras esperaba oculta tras algún arbusto o estatua de la plaza y las peores, se dejaba caer encima de su víctima desde el alero de alguna casa o desde la rama de un árbol. Casi todos los damnificados pertenecían a la clase trabajadora más esforzada: enfermeras, obreros de la fábrica de bolsas, empleados del molino, changos que trabajaban en el campo… los que sí o sí tenían que salir del cobijo de su casa antes del amanecer.
Los primeros ataques de la llorona fueron los que causaron más pánico. Con el paso de los días y tras la sorpresa inicial, el pánico se convirtió en una sensación constante, en algo que era parte de nuestras vidas: ni grandes ni chicos nos animábamos a salir solos de nuestras casas antes de que saliera el sol o después del anochecer. Aquellos que tenían que salir obligadamente en aquellos horarios recurrían al uso de un remis para que los pase a buscar por la puerta. Hasta los adolescentes comenzaron a pedir a sus padres que los vayan a retirar a la puerta del boliche, cuando salían de bailar.
La habilidad de la llorona era pasmosa. Siempre parecía saber quién descreía de su existencia y lograba encontrar el momento indicado para atacarlo y demostrar su real existencia e infundir pavor al incrédulo. Y para ser justos, no hacía mucho más que eso: asustar. Poco a poco fue logrando que una ciudad entera tenga tanto terror que la gente comenzó a cambiar sus costumbres.
Nada resultaba al momento de intentar detener sus avances: ni el aumento de la cantidad de efectivos policiales en horario nocturno pululando por todas las calles de la ciudad ni las amenazas del pequeño y rechoncho intendente proferidas a través de la radio municipal. Cuando arremetían con mayores controles, la sabia llorona desaparecía por unos días. Cuando esos controles y nuestro miedo parecían menguar, la llorona volvía a aparecer.
En mi grupo de amigos debatimos bastante sobre el tema. Para algunos sólo se trataba de uno de los loquitos del pueblo que se dedicaba a atemorizar gente sin importarle el frío que debería calarse en sus huesos mientras esperaba, con paciencia, a algún desprevenido. Para otros, la llorona era obra de algún grupete de muchachotes aburridos y con ganas de divertirse a costa de los demás. Hasta un par de delirantes llegó a avalar la teoría de que era un complot entre los padres y la policía para evitar que los adolescentes saliéramos a bailar hasta tan tarde. Sea cual sea la conclusión a la que llegábamos, nuestro miedo no era el suficiente como para lograr que nos quedáramos encerrados.
Todas las apariciones de la llorona eran ante gente bastante mayor, con pocos reflejos y energía. Que nosotros supiéramos, nunca se había atrevido a atacar a chicos de nuestra edad, quizás por temor a que le hagan frente o la persigan.

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LOS LIBROS Y SUS LÍNEAS OBLÍCUAS XXVII
Sorpresa

Muerto se quedó en la calle
con un puñal en el pecho.
No lo conocía nadie.

¡Cómo temblaba el farol!
Madre.
¡Cómo temblaba el farolito
de la calle!

Era madrugada. Nadie
pudo asomarse a sus ojos
abiertos al duro aire.

Que muerto se quedó en la calle
que con un puñal en el pecho
y que no lo conocía nadie.

Federico García Lorca

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LOS LIBROS Y SUS LÍNEAS OBLÍCUAS XXVII
Rayuela
rayuela_Maril(…) Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas. Con la Maga hablábamos de patafísica hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y tantas otras cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes. No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. (…)
Fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

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