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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EN OTRAS PALABRAS
UN PEQUEÑO PASEO

Aquella tarde me había dado por revolver fotografías viejas. De una caja bastante desvencijada tomé una foto al azar. Me quedé pensando “¿cuánto habrá de azar si siempre miro la misma foto y es esa siempre la que queda por encima de las otras?”. Pequeña, como las copias de antes, con los colores envejecidos, la imagen lograba hipnotizarme: entre un grupo de chicas, yo adolescente y enamorada.
Extrañaba mi casa, mi barrio, mi infancia.

Me tentó regresar. Así nomás. Ponerme las botas, el abrigo encima y salir de inmediato. Desandar el camino y coquetear con la máquina del tiempo.
Y así lo hice.
Ni bien bajé las escaleras del puente de avenida San Martín tuve que liberar mi alma. Como cuando uno suelta al perro para que corra por el parque. Se me salía del cuerpo, no pude contenerla.
Me arrastraba como si estuviera atada a ella. Tiraba con tanta fuerza, que hacía que me agitara.
Una vereda tras la otra; de un lado al otro en una calle todavía adoquinada y siempre vacía. Mis pasos hacían eco. Las mismas casas; los mismos árboles y nuevos amores tallados en sus troncos.
Más o menos a la mitad de la cuadra pude detenerme. Mis pies latían dentro de mis botas. Mis manos transpiraban. Tuve que quitarme el abrigo. Mi ropa estaba húmeda.
Del bolsillo de mi chaqueta saqué la foto. Estaba muy borrosa y bastante arrugada. Me reflejé en ella como lo había hecho tantas veces, sin embargo esta vez fue diferente.  
En la foto estaba parada, frente a mi casa de entonces,  con el gabán en la mano, con botas y la ropa arrugada. Me vi como en un espejo sucio. Tal como me vería si hubiera tenido uno en ese momento. Mi rostro, difuso, dejaba ver algo de asombro y una increíble claridad en la mirada dirigida sin piedad al foco de la cámara. Me miraba profundamente. Comulgamos unos segundos.
Una ráfaga de viento me la quitó de las manos. La vi planear unos metros entrando por el pasillo de mi casa. La corriente la elevaba y la volteaba casi como si jugara con ella. Estiré mis brazos y avancé para poder retenerla. Se me escapaba. Di un par de pasos más largos y finalmente lo logré. La tomé bien fuerte con mis manos.
Sorpresivamente al agarrarla el viento la elevó aún más. Sentí el cuerpo más liviano. Comencé a despegarme del piso. Al principio fueron solo unos centímetros. La brisa nos llevaba de un lado al otro por el pasillo. ¡Era fantástico! Y con el siguiente aire nos elevamos un poco más. Pude ver por encima de la medianera el patio de mi casa, la parra de uvas chiche, las azaleas de mi madre increíblemente en flor, las alegrías del hogar de todos los colores.
Volteé la cabeza y desde esa posición podía ver la calle y la puerta de entrada desde donde había ingresado. Y me vi allí, parada, de botas altas, con el abrigo en la mano y una foto en la otra, viéndola como extasiada.

 

Copyright ©Laura de la Peña. Mayo 2014
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