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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Te amo, te odio, dame más

Victoria_seccinDescubrí el amor hace veintiocho años. Corría 1986 y yo era un joven inexperto en esas lides pero mis pretensiones por disfrutar de esa sensación que me abrasaba por dentro no me permitió pensar con claridad. Supongo que a todos nos sucede la primera vez: la pasión nos pasa por encima como una avalancha imparable y claro, la ignorancia de lo que puede acaecer nos permite aferrarnos a ella sin miedo ni vacilaciones.

Recuerdo con claridad mi barba incipiente y mis músculos ejercitados a diario. Recuerdo mi capacidad para vivir con pocas horas de sueño encima. Recuerdo mis ojos asombrados que claudicaban ante su belleza. Recuerdo pasar horas acariciando mi barbilla mientras la observaba moverse con desparpajo.

Ella se divertía, lo sé. Bailoteaba de acá para allá, desplegaba su frescura y su alegría imperecederas ante mi mirada atónita. Transcurría mis días totalmente embelesado.
Fui testigo directo de su trampa. Un artilugio que, por descarado, hasta me sacó una sonrisa. Y que perdoné porque, en poco tiempo, logró embaucarme con una jugada plena de magia, de locura, de irrealidad... una maravilla que ninguna otra pudo igualar.
Lágrimas de emoción. Alegría inmensa. Euforia indescriptible. Mi primer amor logró hacerme pasar por estados de ánimo impensados que desbocaron mi mente analítica y mi corazón apagado.
Un romance que duró casi cuatro años y que me parió exultante, con ánimos para ir tras otro que me hiciera sentir lo mismo. Sabía, por aquellos años, que volvería a dejarme llevar por otra que arrebate mi corazón y lo deje en un estadio de taquicardia permanente que sólo un cuerpo enamorado puede sobrellevar.
Cierto día, la vi. Diferente a la primera pero tan igual... Ondulante, sinuosa, divertida. Y me lancé a sus brazos, sin pudores. Sin embargo, ella sí me hizo sufrir un poco más. Quizás porque a este nuevo amor lo comparaba con el primero, que había resultado perfecto, y en esa comparación, perdía.
Mi destino parecía ser el de presenciar sus tretas y quererlas, a pesar de ello. Sin embargo, vislumbré que esta mujer recurría con más frecuencia a sus tramoyas. Que no escatimaba trucos para socavar las habilidades de cualquir contrincante que se cruzara en su camino, rompiendo con todas las reglas establecidas.
“En el amor y en el juego vale todo”, me gritó cierta noche fría en que atiné a recriminarle su accionar amoral. Así se manejaba... con secretos, esquivando verdades que no le  venían bien a sus planes, haciendo tiempo cuando las cosas no iban por el cauce que ella deseaba y logrando su objetivo con algún movimiento imprevisto, que en el último momento, la salvaba.
La quise mucho, muchísimo. Pero sus arteros esfuerzos por ser la mejor no lograron retenerme a sus pies. Dos veces estuve a punto de terminar con esa relación. Dos veces que ella logró remontar, a fuerza de bravura y de la suerte, que parecía siempre estar de su lado.
Pero no alcanzó. Así las cosas, no logré salir indemne: mi corazón lució su primer magulladura.
En 1994 volví a apostar fuerte. Hoy, a lo lejos, la veo como mi peor experiencia. La vi venir, seductora como una sirena y no me mostré muy reacio a abrazarla. Sucumbí a esa ninfa y sus encantos sin tener la menor idea de lo que significa sufrir por amor. La seguí, la admiré, la elegí, la adoré. Era revivir la euforia del primer amor, el dejarme guiar por su gracia y su habilidad innata o aprendida, nunca lo sabré. Pero Cupido que en contra de lo que todos suponen sabe más de traiciones y sufrimientos que de amores para siempre, no jugó para mi equipo.
La dama que supo usurpar mi alma, también lo hizo con la propia. Lujuria, disipación, excesos. Anhelaba tener el mundo a sus pies, la gloria en sus manos, la exaltación infinita. Y recurrió a todo para cumplir sus deseos. La vi sumergirse en las drogas, sí. Drogas que nunca consumí pero que debo reconocer, a través de sus manos, me confirieron super poderes, me hicieron vibrar con un placer que parecía eterno. Hasta que ese placer se convirtió en enfermedad, ese goce se transformó en penurias y debí alejarme de ella. “Me cortaste las alas”, se enojó, al despedirnos. Y me dejó con la cabeza gacha y los ojos húmedos. Cuánto lloré ese amor roto... cuánto lamenté esa separación precoz... cuánto deseé tener la poción mágica que me permitiera torcer ese destino doloroso...
Sólo el Indio Solari puede explicar lo que sucedió entonces en mi interior y lo hizo a través de una canción, veinte años después: “Se me hizo piedra el corazón, respiro igual...” No sé cómo pero lo logré: seguí respirando... y viviendo, a medias. Quizás la palabra sobrevivir describa mejor lo que pude hacer.
Me volví reticente a enamorarme, por supuesto. Pasé por dos o tres ilusiones fugaces, enamoramientos que duraron un tiempo prudencial en los que tomaba los recaudos necesarios para no sentir el mismo dolor. En cada uno de ellos me permití gozar y sufrir un poquito. Sólo esa pizca que me alcanzaba para sentirme vivo y me evitaba la muerte imprevista, que ya sabía que en algún momento llega,
Escribo estas historias y me tiemblan las manos. La letra sale despareja y las palabras se enredan, revoltosas. Acá estoy, año 2014, con un cuerpo más gastado en el que siento los aguijones crueles que refrescan aquella sensación del principio.
“¿Otra vez?”, me pregunto, ensimismado. “¿Es posible?”
Sólo compartí con esta nueva mujer cuatro encuentros. Una hembra madura y esplendida y un hombre desencantado. Logra despertarme del letargo, lo siento. Me moviliza, me esperanza, me inquieta... me regala orgasmos explosivos que me dejan trémulo y anhelando el próximo encuentro.
Tengo miedo. Demasiado miedo. No sé qué hacer con este amor. Me debato entre entregarme a él o seguir reticente a su anzuelo. Pero cada nueva cita me tiene allí: pendiente de ella, como si nada más existiera... “Ya sufrí mucho por esto... no quiero volver a ilusionarme”, pienso taciturno. Y sin embargo, revuelvo todo el placard intentando decidir qué me voy a poner el sábado, cuando volvamos a encontrarnos.


Copyright©Victoria Nasisi. Julio 2014
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