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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Taller literario La ArgamasaDE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES

Por Victoria Nasisi

 

 

 

NO TE PREOCUPES, PALOMA

Paloma caminó apurada, como siempre, por las calles sucias de Buenos Aires. El supermercado le había llevado más tiempo del que había previsto y todavía le faltaba preparar la cena y constatar que el enorme piso en el que vivía se mantiene impecable. Había dedicado toda la mañana a fregar pisos y a pasar la franela por los lujosos muebles que lo vestían pero la mirada de la señora era sagaz. Cualquier mota de polvo que se hubiera filtrado por las rendijas de los amplios ventanales sería detectada y su labor sería menoscabada, sin piedad.

Hacía sesenta años que cumplía con la misma rutina. Sesenta años que no habían alcanzado para que pudiera tutearla o sintiera la suficiente confianza como para pedirle algún favor sin sentir la familiar aprensión en el pecho, la sospecha de que la respuesta sería un no.
Hoy estaba distraída. No dejaba de pensar en aquellos primeros años en Santiago del Estero, cuando sus jóvenes dieciocho se habían lanzado a la aventura. “El primer error fue permitirle al Braulio que me desflore”, pensó. “Aunque mucho permiso no me pidió. Yo era una negrita de patas flacas a fuerza de hambre y de ideas cortas a fuerza de los palos que me daba mi padre y creí que irme a vivir con aquel hombre me iba a salvar de las palizas...”
Fueron casi tres años de horror. Limpiaba el rancho, preparaba algún guiso para tener al marido contento y soportaba que la montara, sin palabras dulces ni delicadeza alguna. No sabía bien si la lastimaban más las cachetadas que le daba cuando estaba enojado por las frustraciones que arrastraba del trabajo o la verga dura e implacable que le clavaba en las entrañas.
“De aquella mierda nació el Juan. Y ahí tuve que hacerme fuerte, sí señor. Una cosa era que me golpeara a mí y otra que le diera al cachorrito”, razonó mientras metía las bolsas en el ascensor.
Había agarrado una bolsita con ropa, los pañales y la mamadera del gurí y unos pocos pesos que tenía escondidos en el fondo de la lata de yerba y con su hijo en brazos había corrido a la casa de la doctora del pueblo, a pedirle ayuda.
El trato fue simple: “Yo te doy plata para el pasaje y hablo con una amiga de Buenos Aires para que te dé trabajo. Vos me dejás a Juancito y yo te lo crío. Vos sabés que no puedo tener hijos, Negra, así que lo voy a tratar bien. No te preocupes, igual le voy a decir que la mamá sos vos.”
Lo dejó, claro. Las opciones era crueles. Con su atado de ropa y el pasaje a la capital en la mano se dirigió a enfrentar el destino, jurándose volver cada vez que pudiera a besar al Juancito, que se quedaba con su mamá nueva.
Con esfuerzo —su espalda y sus brazos no eran los mismos de antes— se dispuso a guardar toda la mercadería en las alacenas. Desde su cuarto minúsculo, pegado a la cocina donde ella era la reina indiscutida, surgía algo de música. Se había olvidado la radio prendida. “Menos mal que los señores aún no llegaron”, suspiró. “No entiendo por qué les molesta escuchar melodías que alegran un poco la vida...”
Sobre la mesada, una nota: “Vamos a llegar tarde, fuimos a misa y nos vamos a quedar a cenar con el sacerdote.”.
Paloma sonrió. Un regalo inesperado. Hoy podría descansar un poco. No se iba a poner a cocinar para ella... con las sobras del almuerzo, se prepararía algo para picar y podría recostarse a mirar algo de tele hasta que volvieran. Ahí se tendría que levantar para prepararles el cafecito que todas las noches le exigían.
Enchufó el calefón eléctrico para calentar el agua y darse un baño caliente. Año 2014 y con calefón eléctrico en un piso de cien metros cuadrados en el corazón de Recoleta. Los servicios suficientes para el personal de servicio... Paloma ni se lo cuestionaba. Sabía el lugar que ocupaba y no le generaba ninguna inquietud.
Así que había quedado sin su Juan. Pero a cambio la vida le había dado cuatro hijos de la señora para criar: Juan Pedro, María Marta, Marcos y Raulito. Ya estaban grandes, todos casados, todos con hijos, todos profesionales exitosos. Seguían viniendo a visitar a sus padres y los respetan mucho, a pesar de algunas escaramuzas ocasionales en las que Raulito, el más rebelde, solía colar el reproche de siempre: “Ustedes no pueden opinar mucho sobre mi vida, la que siempre se encargó de mí fue Paloma.”.
“Es cierto lo que dice este chico...”, refunfuñó la vieja. “pero no debería decírselos así... la señora siempre estuvo muy ocupada atendiendo a su esposo y ayudando en la iglesia. Además, todos los años tenían que viajar a Europa. De los chicos me encargué yo y a nadie le faltó nada, che.”.
Años y años de lavar ropa, de restregar zapatillas llenas de barro, de llevarlos al pediatra cada vez que asomaba una línea de fiebre, de ir y venir al colegio, fútbol, catequesis y casas de los amigos, de sonar mocos y de abrazarlos por la noche, cuando se despertaban con una pesadilla. “Y ahora hago lo mismo con sus hijos que casi, casi son mis nietos...”.
Mientras se duchaba, se frotó las muñecas con energía. A pesar de los medicamentos, el dolor no aflojaba. Artrosis, había diagnosticado el médico. “No tiene que hacer fuerza, tiene que dejar de trabajar, Paloma”, la había retado.
Como si fuera tan sencillo. Tanto tiempo de trabajo y casi ningún ahorro. No es que hubiera despilfarrado, de ninguna manera. Había gastado lo mínimo indispensable para ella y el resto lo había juntado para viajar, cada tanto, a visitar al Juan y sacarlo a pasear y comprarle algún regalo y controlar que estuviera viviendo bien... con ropa abrigada, sano, bien alimentado, estudiando en un buen colegio, aprendiendo a ser buena persona.
Juan también estaba grande. Ahora vivía en el sur y trabajaba en YPF. Se había casado, tenía dos hijas hermosas y una mujer que lo cuidaba y acompañaba. “Por suerte no salió al Braulio. No toma, no se enoja, no grita...”, festejó para sus adentros.
La doctora que le hizo de mamá había muerto hacía varios años y Paloma la recordaba con agradecimiento. Estaba convencida de que los había salvado de morir en manos de su marido. Y había cuidado del niño sin negarle que se vieran cada vez que ella podía viajar a la provincia.
Mientras se ponía el camisón gastado y las viejas pantuflas sintió crujir sus huesos. Y las manos volvieron a mandar esas señales de dolor tan conocidas. “Estoy haciendo bien”, razonó. Pero los ojos se le llenaron de lágrimas.
Paloma se iba, al fin. Ya estaba decidido. La voz del Juan, que insistía e insistía con eso desde hacía muchos años, finalmente la había convencido.
“Ya estás grande, mamá. No podés seguir limpiando baños ajenos. Ni siquiera te pagan bien. Yo te voy a mantener. Fijate cómo tenés las manos, todas grietas y dolor. No te sientas culpable por dejarlos, no les debés nada. Vivís apurada, cansada, apretada en un cuartito diminuto. Los chicos ya son grandes, hicieron su vida, no te necesitan. Igual vas a poder venir a visitarlos cuando quieras...”.
Una cantinela sin pausas. Sin compasión, a veces. “Pero cuánta razón que tiene...”, se lamentó Paloma mientras se secaba la cabeza.
“La señora se enojó cuando se lo dije. Pobre, no sabe ni hervir una zanahoria... no sé cómo se las va a arreglar. Y tiene miedo, también. No le gusta que mi hijo esté con esos pibes de La Cámpora. Cree que una vez que me saque de acá la va a denunciar en la AFIP y va a tener problemas. Yo no dejaría que el Juan haga eso. Igual él dice que no quiere revancha, que sólo le interesa que yo empiece a vivir bien.”.
Masticó con desgano el sanguchito que se había preparado con la milanesa solitaria que había encontrado en la heladera. En una semana se iba a subir a un avión, el primero en sus ochenta años de vida, y volaría hacia el sur.
La esperaba su familia. Tenía mucho temor, no sabía vivir sin trabajar y era consciente de que iba a extrañar mucho. Especialmente a sus nietos del corazón. Pero no podía más. El Juan, en eso, decía la verdad. “No debo seguir haciendo que mis manos sufran. En algún momento hay que parar.”.
“El único que me va a ayudar con los trámites y las valijas, como siempre, va a ser Raulito.”, supo con claridad. “Él es el único que me quiere y que no le importa que sea una negra que limpia.”.
Cerró los ojos e imaginó la escena. Aeropuerto. Murmullos. Altavoces. El brazo de Raulito sobre su hombro, devolviéndole algo del consuelo y el amor que ella le había brindado. “No lo voy a mirar a los ojos. No quiero verlo llorar.”, se prometió. “Y yo tampoco voy a derramar lágrimas. Tengo ochenta años y estoy a punto de empezar mi vida. No me tengo que preocupar.”


Copyright©Victoria Nasisi. Octubre 2014
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