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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Masacre en el puticlub
Victoria_seccinHay que ser tonta, ¿eh? Siempre fue una soñadora, lo hablamos mil veces pero recién ahora, ante las pruebas, me lo reconoce. Tiene diecinueve años y sigue creyendo en el príncipe azul, en la bondad de la gente, en que saliendo de donde sale tiene derecho a tener un novio de la alta sociedad. Claro que por estos lares la alta sociedad la forman las familias dueñas de campos sojeros y los que están metidos en política… clase alta, le dicen. Clase económica alta, en todo caso. Si se los midiera con otra vara y no con la del poder adquisitivo, la altura se les iría a la mierda.
¡Qué fuerte está la música! ¡Y cómo gritan las chicas! No sé si es para contrarrestar el volumen alto que se desprende de los parlantes o es el efecto de las cervezas. Las botellas se las fue llevando el mozo, ya perdí la cuenta pero por la cantidad interminable de cascaritas de maní diseminadas por la mesa y el piso, ya debemos haber consumido varias.

El rubio se sentó, con todos sus amigotes, justo en la mesa de enfrente. ¿Habrá sido casualidad? Por como nos mira, haciéndose el guapo por encima del borde de su vaso, no lo creo. Y mucho menos por sus carcajadas desafiantes, con los ojos clavados en mí. No pienso bajar la mirada, seré pobre pero el orgullo no me lo quita nadie.
Debo reconocer que es muy lindo. Alto, siempre bronceado, ropa de las mejores marcas. ¡Y qué ojos! Tan azules que hacen tambalear a cualquiera, sobre todo si sos una ilusa como mi hermana. A todas las del grupo nos gustó en algún momento pero siempre tuvimos los pies sobre la tierra: “el hijo del diputado es un imposible, para mirar de lejos, si ni siquiera nos saluda…”
¡Qué injusto! Romina, en casa, seguro que llorando abrazada a la almohada y él, pura diversión con sus amigotes. No hubo forma de convencerla, nos pasamos la tarde entera tratando de hacerla entrar en razones pero nada: tiene vergüenza. Es lógico, en este pueblo tan chico y tan mierda ya todos deben saber lo que pasó y no dejan de hablar sobre ello. Encima, andá a saber qué versiones son las que circulan… para agregarle sal y pimienta a las historias somos mandados a hacer.
¡Uf, qué alivio! El disc jockey cambió la música, ya no me bancaba más la onda bolichera, rock nacional viene mejor… me deja pensar más claramente. “Pidamos otra cervecita, el calor me está asfixiando”, dice Meli. Tiene razón. Las chicas saben que algo estoy tramando, sólo espero que cumplan con mi pedido de que pase lo que pase, no se metan. De todas formas, se las ve más relajadas, la única que sigue mis movimientos con atención es Lili, es la que más me conoce…
La imagen de este pibe ante el pueblo es impecable, además. Un verdadero maestro de la apariencia: colegio privado, va a misa todos los domingos, estrella de los deportes, participa de cualquier actividad solidaria… eso sí, sólo se junta con gente de su estirpe, no se lo ve mucho con el populacho. Pero la mayoría de la gente no se da cuenta, compra lo que él vende, una imagen de nene bien educado y atento a las necesidades de los demás.
Dos veces la sacó a bailar, ¡nada más! Dos veces que bastaron para que la ingenua de Romi caiga rendida a sus pies. Hija de costurera y barrendero municipal, escuela pública, la única tierra que tienen nuestros viejos es la que se junta sobre los muebles de casa cuando hay viento fuerte y ella se cree el verso de que puede ser una “igual” para él. La tendría que haber zarandeado un rato para que caiga en la realidad.
El viernes pasado, cuando la pasó a buscar por casa, sin arreglar antes una cita, yo sospeché que algo no andaba bien. La cara de desagrado de él ante nuestra calle de barro y nuestra perra pulgosa, no fue ocultada lo suficientemente rápido por su sonrisa perfecta. Pero fue imposible hacérselo entender. Sin dudar ni un segundo, se subió a la 4x4 y allá fueron. Hasta las dos de la mañana me quedé despierta, intranquila. ¡Cuánta razón tenía!
Las sonrisas del rubio ya se transformaron en carcajadas ruidosas. No pienso dejar de mirarlo hasta que tenga que bajar los ojos. Su inmensa seguridad avalada por “papá diputado” va a quedar debajo de la mesa de madera esta misma noche. No tiene ni idea lo que significa meterse con una mujer de verdad. Hoy se arma la “masacre en el puticlub”, ja.
Media hora llorando sin control e hipando como un bebé, hasta que se calmó lo suficiente para poder contarme. El galancete la había llevado a dar unas vueltas por las calles del pueblo, escuchando música y alardeando de lo buen conductor que era. Ella, embobada, claro. Hasta pararon unos minutos en la puerta de este mismo pub para saludar a su barra. Romi, orgullosa porque la presentaba a sus amigos…
Finalmente, con la excusa manoseada de buscar un lugar más tranquilo para charlar a solas, rumbeó para el monte. Cierto es que eso no es motivo para desconfiar, todos los chicos del pueblo nos llevan allí: oscuridad, silencio, la luz de la luna… es el lugar más romántico, cercano al pueblo para hacer propuestas amorosas. No la puedo condenar por acceder, todas queremos que el que nos gusta nos lleve a escuchar los grillos e intente robarnos un beso.
Un hijo de puta, eso es. Ahí se levanta para ir al baño y nos pasa bien cerquita, casi rozando mi brazo, mientras se sigue riendo. Lili me agarra de la mano y me dice al oído: “no te dejes provocar, tranquila”. Es muy buena mina, la petisa. Y sabe que estoy furiosa.
Romi dijo que cuando bajaron de la camioneta, enseguida supo que algo andaba mal porque escuchó ruidos extraños. Que desde atrás de los árboles salieron tres sombras que atacaron a Guillermo y que él empezó a pelear con ellos, para defenderla. Pero muy rápido se dio cuenta de que los atacantes eran los pibes de su barra y que sólo simulaban una pelea mientras se morían de risa. “Todavía escucho sus carcajadas siniestras, te juro que pensé que me iban a violar”, me dijo anoche cuando se despertó sollozando.
No la violaron ni le pegaron, gracias a Dios, aunque son muy capaces los muy mal nacidos. Guillermo la agarró del cuello y mirándola a los ojos le gritó: “Esto es para que aprendas que ninguna negrita como vos tiene opción a un novio como nosotros”.
Se subieron a la camioneta y la dejaron sola, temblando de miedo en medio del pastizal. Cuatro kilómetros caminó por la ruta desierta para volver a casa. Cuatro kilómetros de desengaño y lágrimas.
Y sí, puede que seamos negritas que no podemos acceder a un novio rubio y burgués. Pero prefiero quedarme sola antes que tener un novio como este, con el pelo desteñido y la maldad bien oculta tras su fina educación y sus verdes billetes.
¡Uh, qué bien! Suenan Los Redondos, buen clima para mi tarea. El pub está que explota de gente. Es el momento justo, que todo el pueblo vea su humillación y su pánico. Porque este pibe va a arrugar, no lo dudo. Allá voy… “chicas, voy al baño, ya vuelvo”.
Camino sobre mis tacos altos, sin vacilar, hasta su mesa. Me mira con ojos burlones, esperando que lo increpe para contestar algo mordaz e hiriente que me deje mal parada. No le voy a dar el gusto… agarro por el pico la botella de Quilmas más cercana y con un estrépito que deja paralizado a todo el pub, la rompo contra el borde de su mesa.
¡Epa, epa, qué cara de susto! ¡Qué placer verlo erguirse sobresaltado y moverse hacia atrás! De un salto, me acerco y le pongo el filo marrón de la botella en el cuello y presionando un poquito, nomás, le digo: “Vos me debés una explicación y a mi hermana un pedido de disculpas, ratita”. Tiembla como un pajarito, tartamudea, balbucea, está blanco como un papel.
Son sólo unos segundos. El disc jockey corta la música, sólo escucho los gritos agudos de mis amigas y siento que alguien se acerca y con cuidado me saca la botella de la mano. Con verdadera delicia veo que el señor del pueblo no es ya tan señor. Sus pantalones mojados así lo demuestran.
Victoria Nasisi


Copyright©Victoria Nasisi, Abril 2014
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