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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES   
Los Juancitos

Taller literario La ArgamasaTodos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Quizás por ello, al momento de definir cual sería mi profesión, dudé entre dedicarme a la psicología o al periodismo. La decisión vino de la mano del placer que me provoca el acto de relatar: un analista debe guardar secretos, un comunicador puede reproducir lo que escucha.

Vi a Juancito, por primera vez, hace quince años atrás. Un nene de tres o cuatro años, con escasa higiene, zapatillas que le sobraban por todos lados y un pullover con algunos agujeros, producto del trabajo de las polillas o del desgaste natural tras haber sido usado quien sabe por cuantos niños antes de que llegara a él. La lana desteñida no alcanzaba a cubrirlo del frío del invierno ni la gordura infantil de sus cachetes ocultaba la tristeza de sus ojos de adulto.
Lo conocí al hacer una nota sobre trabajo infantil en la que quise plasmar situaciones similares a las que ese chiquito padecía: descansaba en una esquina, sobre un colchón sucio, sin más alimento que una mamadera de leche fría que jamás soltaba… su mamá, con voz lastimera, pedía ayuda y lo alentaba a acercarse a los autos para suplicar alguna moneda.
Recuerdo que aquel trabajo no resultó ser uno de los mejores que surgiera de mi pluma. Uno intenta imaginar la historia detrás de lo que se ve y transmitirla con palabras… uno finge que puede ponerse en lugar del miserable y entenderlo… es una farsa. Aún no logro comprender mi propia esencia, ¿cómo vislumbrar, siquiera, lo que puede sentir o pensar alguien que vive una vida tan diferente a la propia y que carece de lo mínimo que serviría para satisfacer sus necesidades básicas?
Anoche volví a ver a Juancito, a través de la fría pantalla del televisor que me acompañaba durante la cena. Otra vez en el papel de protagonista, esta vez de una de tantas noticias sobre “inseguridad” que a los medios parece causarles placer divulgar.
Sus cachetes habían adelgazado bastante… su pullover, había crecido de talle pero mostraba los mismos agujeros inclementes… su mirada de adulto seguía triste pero mostraba un ingrediente más: enojo.
Ni siquiera recuerdo cuál fue el delito en el que estaba involucrado. Lo que atrapó mi interés fue el terrible destino de Juan. De la mendicidad de sus tres años a la violencia de sus dieciocho. De víctima a victimario.
Una historia en la que de nada sirve narrar cómo empezó, qué batallas debió enfrentar, cuanta desigualdad y desinterés debió padecer… nada de eso parece indicarles mucho a los jefes de los noticieros ni al público que los consume. Un público que condena a Juan, desde el sillón cómodo, en un hogar confortable, con un plato de comida a mano. Y que el domingo va a entregar una limosna, en la puerta del templo, salvando así su alma del pecado…
Eso sí, cada día un poco menos conscientes de su propia incoherencia.

 

Copyright©Victoria Nasisi. Setiembre 2014
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