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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

 

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Entrevista a Iris Campo

Su primera novela, Las De Santis

 

Confieso que me cuesta escribir estas líneas. La razón es que me comprometí no solo profesionalmente con su novela, sino que también emocionalmente, tanto, que siento que me es difícil despegarme de ella. Sus evocaciones: lugares, tiempos, lucha, esfuerzo trajeron a mi presente otras historias, las de mi propia familia, descendientes de inmigrantes, como la suya, que la peleaban en un país extraño y nuevo para ellos, en algún punto, Iris y yo éramos la misma persona. Lo que es prueba de que si una obra está bien escrita, produce esas sensaciones personales.

El protagónico no es mío, así qué mejor que ella cuente todo el tránsito de su escritura, desde su decisión de escribir Las De Santis, hasta el día en que “nuestra” hija salió de la imprenta.


Patricia Tarallo: Tu experiencia con la escritura literaria no comenzó con esta novela, sino que ya escribías cuentos para tus alumnos cuando ejercías la docencia. Hablame un poquito de esta etapa que siempre recordás con tanto cariño.

Iris Campo: Imaginemos la escena. Algún año de “los ´70”. Veinticinco niños de cinco años sentados alrededor de su maestra, las cortinas corridas y en la puerta un cartel “estamos contando cuentos” Comienza el despliegue de la fantasía. Aparecen los personajes, cada uno con su voz y su gestualidad. La narradora y su público comparten la emoción. Hay tensión, suspenso, algo ocurre, se escuchan exclamaciones.  El problema se soluciona, hay sonrisas, a veces aplausos. Pero la narradora necesita material. ¿Y porqué no escribir cuentos para narrar?  El público más exigente estaba sentado a mi alrededor. Las primeras experiencias fueron increíbles. Enseguida sabía si algo no estaba claro, ellos preguntaban. Si un personaje era el preferido, las caritas lo expresaban. Y además, siempre tenía la oportunidad de corregir. En ese micromundo la complicidad lo permitía.


contratapaP. T.: ¿Cómo y cuándo surgió tu idea de escribir una biografía novelada acerca de un episodio trágico en tu historia familiar? Concretamente, el episodio que produjo un “antes y un después” en la vida de tu mamá durante su niñez, quien nunca encontró una explicación a porqué las cosas sucedieron así, y le dejaron una fragmento en blanco en su vida, que de un modo u otro vos completaste ficcionalmente.

I. C.: Yo siempre supe que mamá tenía un dolor. Mi casa era un lugar de silencio, digamos que algo triste. Pero… aprendí a leer a los cuatro años, y a partir de ese momento ingresé al mundo de la ficción. Una ventana a la frescura, a la risa, a la amistad. Entonces, cuando mamá estaba triste yo le contaba algo, inventaba. Mucho más tarde, ella empezó a develar el motivo de su pena. Sus recuerdos eran confusos, sólo una escena se repetía sin variaciones.  Ese fue el disparador para buscar qué fue lo que pasó en su infancia. Esto no fue posible hasta que ella falleció. Pero la tía Teresa estaba allí.


P. T.: ¿Cuántos años te llevó el proceso de tu novela Las de Santis, desde que comenzaste hasta que la finalizaste y publicaste?

I. C.: Me llevó más de diez años. Una primera etapa de investigación pura, luego la escritura y los viajes, en esa etapa tuve un accidente casero que me demoró más de un año y finalmente encontré a la persona indicada, que me ayudó a repasar toda la novela, corregir, organizar y sobre todo a sentir que era el momento de publicar.


Patricia TaralloP. T.: Me gustaría que cuentes un poco de qué se trata tu novela.

I. C.: Es la historia de mis abuelos, una pareja de jóvenes que se enamoran en Italia y emigran a Rosario, en la República Argentina en 1908. Tienen cinco hijos, trabajo, ilusiones. Entonces, algo ocurre, doloroso, que quiebra la familia, el padre no vuelve más.  A partir de ese hecho, la madre y sus hijos pequeños enfrentan la vida en esa ciudad tan especial, que por momentos se torna protagonista. Son las mujeres las que, a pesar del dolor, nos van mostrando sus fortalezas. De ahí el título “Las De Santis”


P. T.: En algún momento de ese trayecto temporal que hiciste, ¿pensaste en desistir del esfuerzo que te implicaba una novela?

I. C.: El tiempo de la escritura fue muy desparejo. El recorrido fue largo y debo decir que me sentí gratamente acompañada. Nunca desistí, sólo necesitaba contar con alguien que me de la mano y me ayude a corregir y a soltar.  Hay capítulos que me llevaron dos o tres días. Si consideramos el tiempo que conviví con los personajes, fue mucho más. La escritura fluye cundo uno los ha “visto” moverse.


P. T.: ¿Cuáles fueron los caminos formales de tu investigación que te ayudaron a  armar el rompecabezas de tu historia familiar?

I. C.: Consultas bibliográficas y fotográficas de la ciudad de Rosario a principios de mil novecientos, en Internet, en la Casa de la Provincia de Santa Fe y viajes a Rosario. Solicitud de partidas de nacimiento y defunción. Consultas en la Policía Federal. Cuatro días en la hemeroteca del diario “La Capital” de Rosario. Aprendizaje del idioma Italiano, viaje de estudios en la Scuolla Dante Alighieri en la ciudad de Camerino, Italia. Viaje a la ciudad de Lecce en Italia. Consulta grafológica sobre las firmas del abuelo en las partidas de nacimiento de sus hijos. Rastreos en internet de personas con el mismo nombre y apellido en Italia.


P. T.: Más allá de tus fuentes de investigación formales, tengo entendido que tu tía ayudó en mucho a que pudieras recuperar parte de esos espacios en blanco de la biografía de tu mamá. Contame un poco acerca de esa complicidad entre ustedes.

I. C.: Es raro que miembros de mi familia, o yo misma, podamos ser nombrados como personajes, pero, eso es lo que ocurría. En ese proceso tuvo mucho que ver mi tía y sus relatos. Ella me mostraba algún gesto o alguna palabra que me disparaba visualmente, auditivamente a cada uno. Cuando le pedí que me contara anécdotas de la familia, comenzamos por lo menos doloroso, su juventud, las hermanas, el trabajo. Reuní las fotos de esa época, las miramos juntas. Ella tenía entonces 98 años. Le pregunté que le parecía si yo escribía esas historias. Se entusiasmó. En algunas visitas nos reíamos mucho. De a poco fuimos llegando al centro de la historia, el dolor, la fuerza de su madre, mi abuela. Fueron muchos años, hasta sus 104. En el medio los viajes que ella compartía con mis llamados telefónicos. “Estoy en la estación de Lecce, tía”. Una mujer muy especial. Una cómplice invalorable.


Patricia TaralloP. T.: Saer pone en boca de uno de sus personajes lo siguiente: “Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje y la forma”, —observación a la que yo agregaría que sin constancia y sin tolerancia a la frustración ninguna de las tres se ponen en acto—, ¿vos qué opinás al respecto?

I. C.: La conciencia es básica, si el autor no tiene idea de cómo es la trama o cómo es el personaje, el texto es confuso para el lector, pero una vez que está definido esto, aparecen otros asuntos, no menos importantes: quién narra, en qué momento y lugar ocurren los hechos, etc. Un texto puede ser escrito y reescrito varias veces. Finalmente esas hojas, que fueron paridas con dolor y amadas, son puestas a consideración de alguien a quien uno respeta y valora… A veces, pasa la prueba.  Otras…

También debo decir que, en ocasiones, la escritura fluye como si algo, o alguien estuviera dictándonos, o como si el fulano ese al que le pusimos nombre, profesión, lugar de residencia, nos estuviera tomando la mano porque se niega a seguir lo programado. ¡Ese es un momento sublime!


P. T.: Esta pregunta deviene de la anterior, ¿qué consejos les darías a aquellos que tienen aptitudes para la escritura, pero cuando se les presenta alguna dificultad en la cotidianidad, aventan su autopropuesta de escribir? Una de mis hipótesis es que, en realidad, no hay un deseo, y que solo es un “amor de verano”, o “solo un flash de ego”.

I. C.: Todo depende de las expectativas que tenga cada uno. Y en ese terreno el ego pesa. Si lo que me mueve a escribir es el deseo de que me elogien, seguramente al primer comentario negativo, abandono. Si tengo aptitudes y quiero aprender, la primera condición es aceptar que hay un camino largo por recorrer contando con alguien que oficie de  guía.


P. T.: Me darás la razón que escribir es un oficio, que se construye reescribiendo borradores, y que la clave está justamente en esa tolerancia: reescribir y reescribir, luego recién llega el oficio. Según tu consideración, ¿al oficio se llega con esa metodología?

I. C.: Si mi papelero pudiera contestarte, te diría que sí.


P. T.: Ahora vamos a otro punto. Todos sabemos que el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar fue publicado en 1946, en la revista Anales que dirigía Jorge Luis Borges por aquellos años. Pues bien, Cortázar mismo contaba que luego de esa experiencia tardó casi seis años en escribir su antología Bestiario (1951), y que durante todo ese tiempo nada de lo que escribía lo conformaba. Desde tu punto de vista, ¿no opinás que esto prueba que armar una narración, hasta estar conforme con el resultado, puede llevar años, sin que esto implique que no se tiene aptitudes para la escritura?

I. C.: Cada experiencia es diferente, sin embargo, el tiempo permite que uno vaya comprendiendo mejor, adquiriendo nuevas miradas y algunos textos necesitan tiempo.  A medida que uno lee y escribe, se va dando cuenta, sabe cuando hay algo que no está del todo bien. Puede descartarlo, o puede respetarlo, con los intentos que hagan falta. Ahora recuerdo que hace poco aprendí a ponerle fecha a mis múltiples versiones.


P. T.: Recuerdo que luego de impresa la novela, esa “hija” de la que hablábamos entre nosotras, ¿qué emociones contradictorias sentiste una vez que ya el libro estaba lanzado y que, de un modo u otro, ya les pertenecía a los otros, a tus lectores? Algo así como el dolor del irremediable “adiós”.

I. C.: Cuando tuve el libro en las manos, sentí dos emociones contrapuestas. Estaba hecho, allí.  Podía tocarlo, entregarlo, participarlo. Era una alegría. Al mismo tiempo sentía un vacío. Ya no podría corregir. Ahora que lo pienso, creo que releer un texto para mejorarlo es protegerlo, cuidarlo amorosamente. Decirle “adiós” es dejarlo en manos ajenas. Siempre nos queda la ilusión de que podrá presentarse como un “niño educado”, y nos hará quedar bien.


P. T.: Una de las virtudes de tu narrativa es que sabés encontrar el registro de habla de cada personaje —lo que Gérard Genette dice que es la voz de un personaje—, ¿cómo encontrabas el registro, la voz de cada uno de ellos en tu novela?

I. C.: Los personajes tenían presencia, yo podía visualizarlos. Caminaban de una manera, se expresaban. En los momentos de vigilia, antes de dormir, con los ojos cerrados, en la oscuridad, convocaba a los personajes, repasaba la trama y allí encontraba las imágenes que luego me darían la base del texto.

Hace poco descubrí que esta necesidad de que cada personaje tenga su registro remite a mis experiencias como narradora en el Jardín de Infantes.

 

P. T.: Por último, qué quisieras agregar y no te pregunté.

I. C.: Sólo me falta hacer nuevamente referencia a la necesidad de contar con un otro, idóneo y generoso que acompañe en el camino de la escritura. Alguien  que sepa ingresar en ese mundo de ficción en el que se ha puesto algo de lo propio, con quién se pueda confrontar en la búsqueda de lo mejor para un tercero, el texto.  Me repito: a Patricia Tarallo.  Brújula y timón.

 

P. T.: Ahora a mí me gustaría decir algo que no me preguntaste. Y es que te agradezco haberme elegido para acompañarte, y por la amistad que nos quedó luego de tantos meses de trabajo.

 

 

Patricia Tarallo

Marzo 2018