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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Taller lietrario La ArgamasaEN OTRAS PALABRAS

Por Laura de la Peña

 

 

 

LA CONDENA

Una mañana cualquiera despertarás y verás al lado de tu cama a los emisarios de la muerte,
comunicándote que estás detenido –aunque por el momento seguirás en libertad-.
Te informarán que se iniciará un proceso sobre ti y que conocerás los cargos a su debido tiempo.


Mi padre una vez me dijo que lo único que se persigue en la vida es la muerte, que vivimos simplemente para darle sentido a una eterna e incontrastable muerte. Que nos encontramos sumergidos en una existencia absurda, en el filo de la navaja entre la vida y la nada.
Claro, cuando supe de esa frase, aun con la virginidad intacta, mi sangre bulliciosa y caliente no me permitía comprenderla en toda su amplitud.

Los días por entonces se sucedían veloces, de frente, los sentía en el rostro como el viento que reciben los actores en esas películas de cine, cuando montan elegantes y costosísimas motos.
A poco de ingresar al mundo de los grandes, todos mis sentidos se fundieron en la mirada de Franc, un bohemio lleno de promesas y proyectos. Su música, aún nonata, bullía en su interior y brotaba de su cuerpo en forma de embriagadores  besos. Sus poemas, aún no escritos, los esculpía sobre mi cuerpo, y moldeaba cada una de mis palabras a su antojo.
Anestesiados y mareados por nuestros propios vapores y sudores, vimos nacer el primer hijo. Parirlo fue firmar al pie del contrato con la vida la garantía irrevocable de mi muerte. Tal vez en ese instante empecé a comprender aquella frase con la que me sentenció mi padre, aunque no estoy del todo segura.
Luego, los hijos se fueron sucediendo, a espacios temporales regulares cargados de angustia y de una espantosa miseria. Algunos crecieron entre nosotros como pudieron, otros no. A la cuarta, una niña regordeta y chillona, se la dimos a Hanna, a la que no le crecía ningún hijo y a nosotros empezaban a sobrarnos. Solo nos sobraran hijos, los que siguieron llegando y a los que tuvimos que ir ubicando.
Finalmente la música de Franc se hizo cierta y brotó de él ya en forma de sonidos y de acordes, pero se había vaciado de besos; sus manos ya no esculpían sobre mi cuerpo, se ocupaban de escribir poemas y canciones. Las horas de su tiempo eran solo destinadas como abono de su creación. Por las noches, en la cama, redimía sus ausencias y me anclaba a su costado con un poder asombroso.
Pero nada saciaba ni mi sed ni el hambre de los hijos, esos hijos que nos nacieron a los dos pero que solo a mí me obligaron a firmar ese pacto anticipado con la muerte.
Sus trabajos eran muy escasos, un par de alumnos y esporádicas presentaciones en bares y tabernas. La paga no siempre era en billetes, a veces canjeaba su música por panes o carnes para el almuerzo. Otras veces los hijos lo ayudaban con un número circense por el que pasaban la gorra. Mis manos fallaban ya desde hacía tanto tiempo que mis trabajos por hora ya no eran requeridos.
Una noche no volvió. Dicen que esa fue la mejor actuación que le habían escuchado, que una dama se le acercó y lo cubrió de pieles y promesas.
Los hijos que habían crecido flacos y con hambre se desparramaron por ahí. Se disolvieron en el aire, huyeron del espanto. Y no los culpo, ni los extraño, ni los siento, ni los quiero, ni los perdono. Se marchitarán en mi mente como lo hace mi propio cuerpo, como se pudre mi piel sobre esta sábana roñosa.

 

Copyright © Laura de la Peña. Octubre 2014
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