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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EN OTRAS PALABRAS
¡AY, SANTÍSIMA MADRE!
(versión libre del cuento A LA DERIVA, de Horacio Quiroga)

Es la hora de las angustias y las penumbras. Al atardecer, el torrentoso Paraná prepara un escenario colmado de sombras agudas y amenazantes. Aún se cuelan los destellos dorados de un sol que languidece y cae lentamente; algunos rebotan y llegan hasta la canoa.
He jineteado estas aguas muchas veces. Son rápidas y traicioneras; bravas. Siempre me sobró temperamento para domarlas. ¿Será de Dios que hoy no pueda solo con esto?

Hace un par de horas nomás, mientras asestaba el machete en el cuerpo blancuzco de la yararacusú, en un feroz grito de dolor y de venganza le rogué clemencia al tata y a mis ancestros. Su mordida me dejó solo dos puntitos de sangre y una desesperada carrera contra la muerte.
Pude llegar al rancho, arrastrando la pierna entumecida.  Pero al comprobar la feroz hinchazón de toda la pierna y los punzantes dolores supe de inmediato que mis ruegos no habían sido escuchados.
“¡A lo de Alves, río abajo! Mi compadre tal vez pueda ayudarme”, me dije. ¡Qué iluso!
Mal hombre este compadre que no ha salido en mi auxilio. Si tan solo me hubiera tendido su mano, otra sería ya mi situación.
No hay tiempo para lamentarse.
¡Ay, santísima madre, como duele esto!
En un abrir y cerrar de ojos se ha hecho la noche; el cielo se ha cerrado demasiado rápido.
El río ha de llevarme solito hasta Tacurú-Pucú. En algo menos de una hora debería estar llegando.
Este cañadón ceñido y negro que nos envuelve con oscuridad de muerte, otrora habría sido algo a temer y a evitar por todos los medios. Ahora es todo lo que tengo y me entrego a su arrullo posesivo y sensual, mientras mi bote y yo vamos dando tumbos errantes.
El dolor es agudo. La inflamación, con su negruzca gangrena,  lo ha tomado todo. Mis ropas rasgadas exponen mi carne lacerada a un inclemente rocío. Mi respiración se dificulta y el olor a muerte lo invade todo.
Quisiera poder medir el tiempo. El que me resta de vida, el que he pasado ya tumbado en este bote. ¿Cuándo fue que nos vimos por primera vez? Dorotea, ¿estás aquí? ¿te acuerdas del compadre Gaona? ¿Cuándo fue que lo vimos por última vez? ¿Seguirá viviendo en Tacurú-Pucú? Dorotea, creo que ya estoy mejor, está pasando la fiebre y no siento tanto dolor. Tendremos que preguntar por lo de Dougald cuando lleguemos. Le debemos una visita. ¿Me oyes, mujer?
Laura de la Peña

 

Copyright ©Laura de la Peña. Abril, 2014
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