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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EN OTRAS PALABRAS
FUEGO

Julio estaba visiblemente alterado. Desde la Olivetti con el papel anclado, aún zumbaban los sonidos de su caligrafía.
¿Era la trama o eran los personajes los responsables de su encerrona?
Influenciado por los designios del Cónsul y la fortaleza de Irene, intentaba mediar para que Sonia y Jeanne llegaran a un entendimiento, mientras sostenía la apatía de Ronald. La comunicación no fluía y los personajes se atascaba en una línea telefónica ligada a una fría sucesión de números sin sentido; respiraban su propio aire, lo estaban sofocando.

Nada. Empieza a sentir que ya no puede hacer más nada. ¿O sí?
Después de haber leído mil veces la trama todavía no puede asumir el inminente final.
Los hechos del pasado ya no son modificables, claro, eso lo sabe bien, ya son así, son del pasado, de un pasado escrito en sus palabras, con sus emociones. Así parecen haber sido. Los vuelve a repasar y se siente cómodo con ellos. Eso puede aceptarlo.
Pero lo inquieta la conducta de Sonia. Tiene la sensación que si no cambia algo se sentirá responsable de que la propia humanidad no cambie.
Tal vez Sonia se haya precipitado (es bastante común que las mujeres lo hagan). Sonia no es como la Maga y eso debió haberlo sabido desde los primeros renglones. ¿Cómo es que siendo ella tan previsible no haya podido anticiparse y detenerla? Puede que no haya querido hacerlo.
Desde el inicio esperó que la realidad lo sorprendiera, y sin embargo ve como tristemente todos se repiten, se copian, se imitan. Piensa que es una pena que ya no tengan el romanticismo y la magia de entonces, ni el ímpetu del Cónsul para decidir con agallas y con claridad sobre la vida de los otros.
Enciende el último Gauloises. Abolla la caja, juega con las cerillas, pita profundamente el cigarrillo y se reclina en la vieja Thonet.
En su cabeza siente las presiones de los diferentes tiempos. El humo negro del tabaco encendido lo aproxima a una realidad inexorable.
En la máquina lo esperan las últimas líneas. Los personajes se impacientan.
Estira su brazo sin levantarse de la silla y quita con violencia el papel del rodillo. Lo lee ligeramente y con la colilla del cigarrillo lo enciende por uno de los extremos.
El humo es profundo, negro, y huele a tinta. Las llamas aún pequeñas fascinan por su belleza.
Julio las mira, y suelta el último trozo sobre el escritorio, atestado de papeles.
Una belleza suprema se presenta ante sus ojos. El fuego ya es el todo poderoso.
Este fuego, como todos los fuegos, ahora sí es verdadero.

 

Copyright ©Laura de la Peña. Julio 2014
Todos los derechos reservados