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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

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EN OTRAS PALABRAS

Por Laura de la Peña



DOS CUADRAS

El disparo me sobresaltó. Vi el destello del arma. Vi correr a mis amigos.
Estábamos en la calle, en una esquina a un par de cuadras de casa. Lo cierto fue que en la otra esquina, en diagonal a nosotros se produjo un estampido. El arma apuntó hacia mí, en la misma dirección en la que nos encontrábamos nosotros, lo vi con toda claridad, y también vi correr a un sujeto que tal vez fuera el destinatario del plomo. Pude ver todo a la vez, al oficial, el disparo, claramente el arma, a un muchacho que corrió a toda velocidad y a todo el mundo huir en estampida en todas direcciones.
No recuerdo si me tiré al piso o si me caí. Tampoco recuerdo bien cuánto tiempo estuve en la vereda, poco, seguramente. Todo fue muy rápido. Cuando estimé que podía levantarme, lo hice.
No era extraño que todos se hubieran ido. El lugar quedó desierto al instante. No se veía un alma a mi alrededor. El pánico se apoderó de mí y dando un rodeo algo más extenso que si lo hubiera hecho en otra oportunidad, di vueltas a toda la manzana, para no ir en la misma dirección que la policía, y así llegar a mi casa por el otro lado.
Era la hora de la siesta de un día de semana. En el barrio, adormecido, aún se oía el eco del disparo. Pensaba, mientras caminaba,  que mi madre aún no había vuelto del trabajo y que mis hermanos andarían también por ahí con sus amigos. Eso me inquietó tremendamente.
Agudicé mis sentidos en el camino para percibir los sonidos que podían venir de las casas vecinas, y si fuera el caso, enterarme si estarían allí mis hermanos.
Había hecho un buen tramo y seguía sin cruzarme con nadie. Solo vi pasar una ambulancia y dos patrulleros, con las sirenas encendidas. Supe que habían atrapado al susodicho y que no la pasaría nada bien.
No me había dado cuenta antes, tal vez por la conmoción, pero notaba un agudo dolor en el costado izquierdo que bajaba por toda la pierna. Me toqué el punto de la molestia, casi por instinto, y noté que tenía el vestido mojado. Debo haber caído en un charco y el apuro y la situación no me permitió notarlo antes. Pero ahora me dificultaba el paso que, a la fuerza, tuve que aminorar.
Por suerte logré divisar casi al final de la cuadra a una vecina, era la mamá de mi amiga. Le hice señas (no pude recordar el nombre) pero no me vio, llevaba prisa, cruzó la calle, giró en dirección a mi casa y la perdí de vista.
Es común que mi papá venga a almorzar y se tire un rato a descansar antes de volver a salir. Si me apuro un poco tal vez lo vea antes que se vuelva a la fábrica.  ¡Cómo me dolía la pierna!
Al girar en la esquina, ya sobre la cuadra de mi casa veo que está aún estacionado el auto. Me puse contenta. Al menos no voy a estar sola cuando llegue. No sé, pero la pierna me duele mucho y a lo mejor tengamos que ver a un médico.
Tengo que detenerme sobre un zaguán. Ahora no solo me duele la pierna casi insoportablemente, sino que empieza a faltarme el aire. Es tan poco lo que me falta para llegar…
Mientras estoy sentada en el umbral vecino, veo pasar a mis amigos, que van muy apenados y tan apurados que no me prestan atención. Parece que aún no salen del gran susto que se pegaron. Pasan a mi lado, casi corriendo, muy serios. Los quiero llamar, juro que los quise llamar pero no pude. ¿Habrá sido por vergüenza para que no me vieran así? Tal vez.
Me esfuerzo nuevamente, me paro y me dirijo directamente a casa. Es lo único que veo, mi casa a solo dos veredas, infinitas, tremendas.
En la puerta me cuesta entrar. Por alguna razón hay demasiada gente que me dificulta la entrada al pasillo. Nadie se corre. No lo puedo creer. Yo a los tropezones y nadie me da lugar para pasar.
Ya en la entrada del departamento, en el medio del pasillo, veo a mi papá de espaldas que está hablando con su socio, de negocios seguramente. Yo necesito llegar a mi cama, ya podré contarle lo que me pasa apenas se desocupe.
Al pasar por el comedor, puedo ver hacia la cocina que llegó mi mamá y está preparando café. Es raro, en casa no se toma café. No me vio, y yo necesito llegar a mi cama. Apenas me reponga un poco, voy a contarle lo que acaba de suceder. Ahora estoy demasiado cansada.
Al entrar a mi cuarto veo a mis hermanos, qué alegría me dio verlos.
Están de espaldas, muy quietitos al lado de mi cama. Ellos sí me dan paso y me ayudan a quitarme las ropas ensangrentadas, a ponerme la mortaja y a descansar de una buena vez.

Copyright © Laura de la Peña.  Marzo, 2015
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