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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
El bigote que no fue

Victoria_seccinFalcone, entró al aula, con su inconmovible ceño fruncido.  Nadie sabía los motivos pero el profesor de Física siempre parecía enojado. Piel blanca, impecable, con esa higiene obsesiva que suelen desarrollar las personas que en su adolescencia han padecido el flagelo del acné. Algunas pequeñas marcas en su mejilla izquierda confirman ese pasado de granitos inoportunos. Por lo demás, sólo penumbras: ojos oscuros, de escaso mirar hacia otros ojos; cejas superpobladas que llegaban a tocarse por encima de su nariz aguileña; cabello moreno, prolijamente arreglado y un bigote frondoso que ocultaba una boca que poco sabía de sonrisas… al menos, pocas compartidas con sus alumnos.

Los chicos de tercer año, conocedores del paño, habían dejado sobre su descascarado escritorio el último ejemplar de la revista “Muy Interesante”. Todo el alumnado sabía que si el profesor se encontraba con ese regalo y ellos colaboraban con algo de silencio, la hora de clases era sobrellevada sin evento alguno que pudiera sobresaltarlos. En realidad, sin evento alguno que los incluyera.
Ese miércoles de invierno, precisamente esa era la idea: el tiempo dedicado al análisis de fórmulas y leyes ininteligibles sería destinado a la lectura por parte del profe y a cualquier cosa excepto estudiar por parte de los chicos.
Más avezados en los cálculos relacionados con la personalidad de su maestro que con aquellos que incluyeran conceptos como masa, fuerza o aceleración, observaron con verdadero placer como Falcone se sentaba en silencio y con fruición se dedicaba a leer su revista preferida.
No contaron con “el factor Morita”. Pelirroja, altísima, sus piernas largas apenas cubiertas por el blanco guardapolvo que ella misma había cortado con esmero para mostrarlas; estrategia que no le había dado mucho resultado en vista a que su extrema delgadez no atraía a los muchachos. Ojos azules inmensos que observaban todo sin pudor, nariz respingona cubierta de pecas más anaranjadas que su cabello y una boca que nuca podía mantener cerrada. Si a Mora algo la intrigaba, algo la descolocaba, algo la enojaba… se lo hacía saber al mundo. Con furia, con curiosidad, con sorpresa, con llanto entremezclado, con carcajadas impúdicas… su voz se hacía sentir.
“Profe, ¿le puedo hacer una pregunta? Hace mucho que vengo pensando en este tema y de verdad, necesito saber”, inquirió, levantando su mano para mostrarle de dónde provenía la cuestión.  “Como si alguien fuera a dudarlo…”, pensó Juan Cruz, su eterno compañero de banco, que oscilaba entre las ganas de amordazarla y la ternura que le causaban Mora y sus eternos planteos.
“Es un tema personal así que, claro, si no quiere contestarme está en su derecho… su vida privada es suya, todos lo sabemos pero realmente la situación me incomoda y bueno…”, se explayó la jovencita, sin rubor alguno, a pesar del sombrío rostro del profesor que en forma tenaz, se negaba a mirarla a los ojos.
“Pregunte, Mora, no dé más vueltas. Todos sabemos que cualquier barbaridad puede salir de su persona así que no me asusta.”, gruñó mientras dejaba de hojear su nueva adquisición.
Un silencio expectante revoloteó sobre el salón. Y Mora se lanzó: “¿A qué se debe que usted esté siempre con cara de enojado?” Un murmullo apenas audible interrumpió la calma. Y Falcone, por primera vez que ellos recordaran, clavó su mirada penetrante en el rostro de la adolescente.
Contra todo pronóstico, contestó: “Les voy a narrar mi historia… para calmar la curiosidad que agobia a la alumna Mora y para que aprendan que todo tiene una razón de ser. Hace algunos años, seguramente muchos para su perspectiva, yo era un joven como todos. Alocado, impetuoso, rebelde… ríanse si quieren, sé que al verme hoy parece imposible pero así era. Al terminar mis estudios secundarios me apuré a recibirme como profesor de Física por una simple razón: estaba enamorado… me corrijo, estaba enamoradísimo. Alejandra era su nombre, la más linda del pueblo. Y por esos misterios que sólo lo explica algún refrán de vieja como aquel la suerte de la fea, la linda la desea, ella estaba enamorada de mí y quería casarse lo más pronto posible.”
La quietud del aula no era la habitual. Tampoco lo era el relato de Falcone, que cada tanto se peinaba el tupido bigote con una de sus manos. “Estudié mucho, trabajé a toda velocidad, sacrifiqué diversión con amigos y horas de sueño. Todo por ella, para convertirme en un profesional que pudiera trabajar y ofrecerle así una casa, un hogar, un lugar donde disfrutar de nuestro amor y formar nuestra familia. Y lo logré, por supuesto. El esfuerzo y el empeño siempre traen aparejados el objetivo que uno persigue, ténganlo por seguro. Así las cosas, organizamos la fiesta más espléndida que pudimos imaginar. Ustedes bien saben lo que es vivir en un pueblito como éste… creo que habíamos invitado al menos a un miembro de cada familia. Todos estaban pendientes de nuestra celebración, algunos con alegría y otros por el sólo vicio de tener algún evento sobre el cual cotorrear.”
“¿Y qué pasó?, cuente, profe, cuente…”, se entusiasmó Morita, con las mejillas rojas de placer. Sus compañeros no pudieron reprimir algunas carcajadas pero enseguida volvieron a la calma, tan ansiosos como ella por saber el desenlace.
Falcone, en un gesto inédito, le guiñó un ojo y siguió con sus recuerdos: “Alejandra fue la novia más bella del mundo y aún hoy, después de tanto tiempo sigo pensando lo mismo. Cierro los ojos y la veo, vestida de blanco, caminando hacia el atrio. O la vislumbro sonriente, en el salón que alquilamos para nuestra fiesta, bailando con todos los invitados y sacándose fotos, bien agarrada de mi brazo… Pero algo sucedió, ¿saben?, cuando uno cree que está en el mejor momento de su historia, algo puede pasar que lo arruine. Y pasó.”
El hombre cerró los ojos unos instantes y los chicos callaron respetuosos. No sabían discernir si estaba solazándose en las imágenes de aquella novia radiante o lamentándose por lo que vendría.
“Alejandra admiraba profundamente a los hombres con bigote, como éste que luzco hoy. Pero en aquel tiempo, mi extrema juventud me jugaba en contra. Sólo me nacían unos pocos pelos erectos que miraban hacia distintas direcciones. Una vergüenza para los bigotes…”, bromeó con desgano.
“Por ello y para sorprenderla, en el momento en que salimos a disfrutar del carnaval carioca pegoteé sobre mis labios un bigotón generoso, que la deslumbró. Mi histrionismo era tal por aquellos años que no dudé en subir a un escenario que habíamos armado y micrófono en mano, le dediqué una balada de amor. Canté, bailé, aullé… como quieran describirlo. La cuestión es que, en medio del espectáculo, el postizo se desprendió y se introdujo en mi boca, llegando hasta la garganta y ocasionándome un ahogo patético que a punto estuvo de matarme”, narró avergonzado.
Allí pudo escucharse un coro de risotadas que fue rápidamente acallado por Morita, que intuyó que no era comedia sino drama lo que estaban escuchando.
“Sobreviví, como pueden ver. Lograron extraer el peludo apósito de mi glotis antes de que me ahogue del todo. Pero Alejandra no pudo soportar el ridículo, el ver que todo el pueblo se reía de su esposo y el saber que reirían por siempre, cada vez que alguien recordara la historia. Así que al otro día pidió la nulidad de nuestro matrimonio y se fue a vivir a otra ciudad. No quiso escucharme ni verme nunca más. Ya lo sé, ni me lo digan… obviamente nunca me había amado como yo a ella, eso lo aprendí. Nunca más pude confiar en otra mujer. Nunca pude sacar de mi alma la tristeza y el enojo. Y este bigote, el de hoy, el natural, el que creció con la madurez es el que me ayuda a recordar que no debo volver a enamorarme. Porque el amor duele.”, concluyó, con la voz no tan firme y los ojos no tan secos.

Copyright©Victoria Nasisi. Junio 2014
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