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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

 

Foto_Victoria_web_valeDE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES


Por Victoria Nasisi

 


Cuidado con lo que sueñas…


Llueve. Hace tres días que llueve y que Romeo no sale de su casa. Ha pasado horas apoyado en el alféizar de la ventana que da a la calle. A través de esos vidrios sucios, en los que ha abierto un hueco para poder espiar, hace tres días que observa el mundo.
Ha visto gente que camina apresurada hacia algún destino y que se cubre con algún balcón o reborde de las casas vecinas. Ha visto mujeres vencidas en una ardua lucha con el viento, con el paraguas, con sus tacones y su cabello. Ha visto otras más despreocupadas que chapotean junto a sus hijos y levantan el rostro sin maquillaje hacia las nubes, aceptando que el agua chorree por sus mejillas. Ha visto conductores impiadosos que pasan a toda velocidad por la esquina y hacen saltar el agua del badén hacia todos lados, mojando a cualquiera que esté cerca. Ha visto viejitos con bolsas en la cabeza y bolsas en la mano rumbo al mercado de la esquina. Ha visto niños que intentan llevar su pequeño barco de papel hacia algún puerto pero que invariablemente naufragan, a los pocos metros, porque la lluvia destruye el trabajo artesanal.
Romeo no va al trabajo. Ha llamado y balbuceado una excusa: “Estoy enfermo, no me siento bien, necesito quedarme en cama…”. Tampoco se mete en la cama ni llama a un médico ni toma una aspirina. Ni siquiera sabe bien qué es lo que le pasa. O sí, lo sabe pero no se anima a ponerlo en palabras. “Me pasa un sueño. Me pasa un desvelo. Me pasa una duda.”, piensa mientras toma el mate número cincuenta y ocho del día.
Deja el termo casi vacío sobre la mesa, se cambia las medias porque ya no aguanta su propio olor a patas y decide salir. “¿Tres días sin bañarme? Parece que sí, por el olor…” No le importa. No quiere perder más tiempo.
Sin preocuparse por el agua fría que cae desde el cielo, camina con los hombros apretados hacia su auto, que está estacionado a media cuadra. Sabe que ella lo espera y que no va a importarle si está sucio, oloroso, mojado, despeinado. Una mujer como la del sueño no se fija en esas nimiedades.

El auto tarda en arrancar. Debe insistir dos o tres veces hasta sentir el tranquilizador ruido del motor. “Viejito pero no me abandonás nunca, loco”, le dice y palmea el volante con cariño. Sin titubear, enfila hacia las afueras de la ciudad.  De reojo mira el relojito que marca el nivel de combustible. “No sé si alcanza para ir y venir. Pero sólo quiero llegar, después veré que hago.”, se dice impaciente y sin ganas de detenerse en alguna estación de servicio a perder el tiempo.
Al llegar a la última plaza del pueblo, levanta la vista y ve a su padre que la cruza. Envuelto en un impermeable amarillo, es una mancha de color en la mañana gris y desteñida. Cree ver que levanta un brazo y lo agita, llamándolo. Finge distracción y continúa su camino. No puede demorarse.
La ruta está casi desierta. Excepto algunos camiones, de esos que siempre puede uno cruzarse si anda por una ruta entre pueblos perdidos en medio del campo. Camiones que llevan vacas al matadero. Camiones que llevan leche recién salida de las ubres de las vacas. Camiones que van dejando un rastro de cereal que luego será devorado por las aves hambrientas de la zona.
Romeo se enfoca en buscar el camino soñado y que él ha visto tantas veces.  Ha recorrido en muchas oportunidades esa ruta, la conoce de memoria pero no puede dedicarse a divagar mientras maneja. El agua sigue cayendo a cántaros y su limpiaparabrisas no funciona muy bien.  Debe encauzar toda su atención y sus reflejos al estado del camino y del escaso tránsito con el que se cruza.
Al fin los ve. A mano izquierda de la ruta, tres líneas perfectas de pinos. Verdes, enormes, elevándose hacia el cielo, los únicos agradecidos ante tanta agua. Después de la intensa sequía, la lluvia para ellos era un regalo inesperado. Las tres filas de árboles, nítidas en su comienzo, se extienden hacia el norte, alejándose de la ruta. Romeo no sabe hacia dónde conducen ni logra vislumbrar más allá de los primeros metros. Desvía el auto hacia un costado y se detiene, algo nervioso. Abre la puerta y mete los pies en el barro. Tendrá que caminar.
Entre las tres hileras de pinos, dos sendas paralelas. Romeo da unos pasos, despreocupado. La vegetación está recortada de manera prolija así que excepto la incomodidad del fango que ya ha cubierto sus zapatillas azules y de la lluvia que se le mete por los poros, camina sin grandes inconvenientes.
A los pocos metros, el trayecto comienza a complicarse. Es evidente que los cuidadores de las rutas sólo se dedican a mantener limpios los alrededores de las mismas y los pinares se alejan cada vez más. Sin amilanarse por las raíces de los árboles que actúan como trampas “atrapa pies” ni por los yuyales que se empeñan en ocultar los pozos o las piedras que pueden hacerlo tropezar, Romeo va tras su sueño. Sabe que está allí y no va a cejar en su búsqueda.
Los pinos delinean el camino. Ni una curva, ni un milímetro de imperfección. Tres hileras inmejorables, como si estuvieran marcadas con una regla. Imperturbables reciben las gotas entre sus hojas perennes y tras gozar de ellas, las dejan caer sobre sus raíces que ansían saborearlas y sobre el cuerpo de Romeo que no siente frío, ni miedo ni dolor. Sólo ansiedad.
El barro ya se ha trasladado desde su calzado hacia sus medias (las que se había cambiado para no hacer olor) y hacia las botamangas de su jean gastado. Comienza a sentir un poco de cansancio pero nada de desaliento. Intuye que el final se halla cerca.
Al fin la ve. Sentada en un tronco que se advierte algo podrido. Tan etérea que su peso no alcanza para que esa podredumbre se quiebre y la haga caer. Luce una falda blanca y y una camisa roja, anudada en la cintura. Y de su cuello penden colgantes de diversos colores y texturas… caracoles, plumas de aves exóticas, piedras misteriosas… todo parece servir para realzar su belleza.
En sus manos, un libro que chorrea. En sus cabellos, flores. Y en su boca, una sonrisa. Romeo advierte que lo mira, que lo examina, que sabe por qué está allí. La mujer que ha soñado está al final de camino que ha soñado.
Es conciente de que para vivir el sueño del camino y el de esa mujer debe renunciar a todo lo que ha dejado atrás. Vuelve la cabeza y no puede descubrir los pinos, la lluvia, los dos caminos. Cae de rodillas ante ella y sin decir palabras, llora su desconsuelo. Ha olvidado detenerse a pensar antes de llegar a destino.

 

Copyright©Victoria Nasisi. Noviembre, 2014
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