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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

 

MÓNICA FARALDI

Merecido reconocimiento


Taller de escritura La ArgamasaEL NARRATORIO, web digital de narrativa, seleccionó el cuento UN RAMITO DE ROSAS, de Mónica Faraldi, para que integre la Antología Literaria Digital del sitio en su número 64. Asimismo, la publicación estará disponible en ISSUU para su lectura online, en MEDIAFIRE para su descarga gratuita a partir de este jueves 17 de junio de 2021, y en el Instagram de El narratorio.

Mónica Faraldi es tallerista de La Argamasa, el cuento que presentó a la convocatoria fue escrito durante la cursada del TIEL, y con sumo placer les dejo más abajo a los lectores su transcripción.

¡Que lo disfruten!


UN RAMITO DE ROSAS

Un calor abrazador se imponía en la ciudad. El cadáver yacía en el asfalto ardiente; sus ojos claros, suplicantes, miraban al cielo. El hombre era calvo y estaba vestido con cierta prestancia; su mano derecha era la prisión lívida de un ramo que contenía tres rosas; parecía haberse aferrado a él mientras caía.

Alrededor, la gente se agolpaba y, con cruenta morbosidad, hacía comentarios por lo bajo. La estridencia de sirenas azuladas anunciaba la pronta llegada de la policía.

-A ver, a ver, despejando. Los curiosos afuera. Liberen la calzada, dejen espacio…

-Sho vi cuando cayó, loco, no sabée… el ruido qu’izo.

-Reportando… sobre vía pública, occiso masculino, metro setenta, decúbito dorsal. Cortamos acceso, esperamos llegada de otros efectivos.

-Recibido.

-No pue sé, no pue sé, io conozco a l’hombre, no pue sé.

A los pocos minutos una ambulancia fragorosa comenzó a abrirse camino entre la gente con la torpeza de la urgencia. Velozmente, dos personas enfundadas en trajes protectores se acercaron al hombre fracturado y corroboraron el fallecimiento.

Por fin, el muerto desparramado en medio de la calle, despojado de toda intimidad, recibiría una manta para cubrir su tristeza acumulada; se acabarían las fotos de transeúntes desalmados y sólo restaría esperar que cerquen aquel círculo horroroso de sus últimos latidos.

-Acá, sólo pueden permanecer los testigo, circulen… a ver vo’pibe que decís que lo viste, sentate ahí en el cordón y esperame un poco. Y usted señora también, quédense por acá, los demá vía. Vamo, vamo dejen libre el paso.

El policía comandaba la operación con la tranquilidad profesional de la costumbre, del hecho diario, de la tragedia ajena.

-Señora, digamé de dónde lo conoce.

-Io soy l’encargá de l’edificio, die año nomá te digo que lo conozco. El señor vive solo, bueno, vivía. Un señor bueníiisimo, io catanto nomás loaiudaba cuando venía cargando la bolsa e las compra, se l’alcanzaba hasta el ascensor y él siempre muygradecío comigo.

-Pibe vo, a ver, decí lo que viste. Che… a vo te hablo, dejá de hacerte la estreya y vení paracá… ¿estuviste faseando? mirá que p’declará tené que tené todas las luce si no mejor ni hablés.

—¡Qué decí rati!

-Más respeto eh… mirá que me cuesta poco meterte en cana, hablá y no te hagás el boludo.

—Sho taba cá, ando siempre por acá tocando timbre pa’ver si alguien me tira un hueso; hola… tiene ropa, calzado, algo para dá… y cada tanto ligo alguna cosita como la gente, ando mirando la basura… acá me conocen todo, loco… es como si fuera d’elbarrio.

-Limitate a hablar del hecho si no querés hacerme enojar, y juntá esas porquerías que tenés ahí, porque de acá vamo derecho a la comisaría.

-No loco, sho a la yuta no voy, sho andaba por acá nada má… el tipo se cayó… o lo cayeron…, no sé, po´que allárriba habi’una minasomada en el balcón.

Los testigos exhibían la impiadosa tentación de hablar del fallecido como si lo conocieran. Y en cada palabra crecían la intriga, la sospecha irrespetuosa, el desamor.

-T’onces, señora,  la mujer que dice el pibe usté no la conoce.

-Io a l’unica que conocí fue a suhija, qu’en paz descanse.

-Mientras esperamos que llegue el fiscal, a ver si nos ordenamos. La víctima vivía acá, solo. Usted sabe si podía tener algún enemigo, alguien que quisiera…no sé…a ver… si tenía algún hábito… digamos… alguna cosita… usted me entiende.

-La verdá, la verdá… yo no sé ná. L’único que le puedecí que era un hombre bueno, siempre bien vestido, nunca tenía problema con lo vecino, nunca ná.

-¿Alguna mujer despechada?… algo…

-Io l’único que sé es lo que le cuento, no sé namá.

-Loco, sho te digo que en el balcón había una mina, una rubia, que andaría con el viejo, andásabé, porai lo empujó.

-Pero vos qué opiná, sos de la fuerza ahora, lo único que tené que decir es lo que viste y mejor que no inventés porque sabés cuánto te puede caer por falso testimonio, así que a no contar peliculitas.

Las horas pasaban y el muerto seguía ahí solo como de costumbre desde que su hija había fallecido de manera intempestiva y sin explicaciones después de varias semanas de exámenes agotadores y resultados inciertos.

Aquellos días habían sido interminables; temeroso por la salud de su hija, había vuelto a rezar, pero no vislumbró siquiera la posibilidad de un final, hasta que aquel lunes indeseable le comunicaron por teléfono que ella no despertaba.

-Usté me dijo antes que la hija murió, cuándo fue eso.

-Toavía no debe hacéunaño. Él siempre iba alcementerio, acá en la Chacarita, le llevaba rosas porque decía qu’a ella le gustaban. Era joven, pobre la chica, qu’enpádescanse, parece que tenía algo malo vió.

-Mirá sho te digo que a la rubia la vi, pa que voy a inventá. Capaz ésta no sabía y el viejito tenía una minita pa’matá las penas, loco, qué sabé. Uno pa olvidá hace cosas… no sé, fasea, birrea… porai el viejo se agarraba una piba.

-Agente digalé que no hable así d’elseñó, él no lo conocía. Ese sí qu’era un señó.

-Bueno, bueno, bue… a callarse los dó.

El tiempo transcurría, el calor aumentaba, las bocinas y los insultos de los automovilista por el corte de la calle eran intolerables.

Con una tiza blanca ya habían dibujado los contornos del cuerpo que, en poco tiempo más, alguien se llevaría; mientras tanto, por debajo de la manta que lo tapaba, aparecía el ramito de rosas ya marchitas que no habían llegado a destino. Tal vez el viejo también vio a la chica rubia en la baranda del balcón y decidió seguirla en su vuelo apretando en su mano las rosas que había comprado para ella.


©Mónica Faraldi.

Todos los derechos reservados.

 

 

Patricia Tarallo

La Argamasa, junio 2021