Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo X. Pasajes y Fronteras

Consigna veintitrés Elegir una de las siguientes consignas (alfa o beta). En ambas se requiere “jugar” con el punto de vista o focalización y con el saber del narrador. Estos recursos suelen ser de vital importancia en muchos relatos de pasaje, como en todos los incluidos en este módulo. Extensión máxima: 1 página.

Veintitrés alfa Imaginar la descripción de un canguro, un oso hormiguero o un ornitorrinco realizada por el cronista de un viaje a las Indias Orientales durante el siglo XVI. Habiéndose detenido la expedición en las actuales Australia o Nueva Zelanda, el cronista describe un animal que ve por primera vez en su vida y lo sorprende.


LENGUA RÁPIDA

Aquellos hombres algo robustos se desplazan de un lado al otro, descargan cajas repletas de provisiones variadas: entre toneladas de carne de cerdo a cantidades diversas de quesos y frutas pasas, barriles de cerveza, aguardiente y ron. También trasladan un pequeño grupo de animales vivos e instrumentos necesarios para la exploración y preservación (?) de nuevos especímenes. Pero no perecen detenerse ante el impacto de una naturaleza pura e indomable.

El barco recaló en la costa al amanecer, la luz demarcaba el contorno de la isla filtrándose por innumerables especies de árboles, flores y plantas de todos los colores y dimensiones, tanto terrestres como acuáticas, fue abrumador. Entre ellos la llaman Isla Canguro. Es curioso que la robustez en sus brazos no les quite lo medroso y que la virginidad sea violentada por fervientes cristianos. Sin embargo, es necesario aclarar por precisión, que he presenciado otros viajes y he dedicado un buen tiempo al relato. Pero lo que aquí vengo a dejar plasmado es la reacción del hombre al descubrir un mamífero que pone huevos. Con rapidez la voz se adelantó al trazo. Qué denostable es aquella cosa (punto). Cubierta de pelo y púas, con un hocico angular y ligeramente alargado y una lengua veloz, casi obscena, que hace posible la ingesta de hormigas o termitas. Se mueve con sus escasos cuarenta centímetros de longitud solapándose con los de otros congéneres en un radio de ochocientos metros. Sería degradante relacionarse con un animal inferior, (… coma) animal que luego del apareamiento ova; transformándose de una cosa a otra, como una bestia infernal. Su visión parece de corto alcance, pero su audición detecta la caída de un fino escalpelo en la hierba. Sus ojos, que asoman como pequeñas bolas a los lados de su trompa son minúsculos y con una mirada temerosa o algo huidiza (punto final). La mirada de la evolución de la especie, el terror humano que pone en peligro sus reglas. Oculto sobre mí mismo, con la espalda protegiendo mi esencia puedo percibir a la distancia tal degradación de esa especie, bípedos cargados de armas enfrascando a la isla.

 


Consigna veinticuatro Elegir uno de los tres sintéticos y apretados argumentos que siguen (alfa, beta y gama), para escribir la línea argumental de un posible relato. Se trata de contar, a modo de resumen, los hechos que llevarían a cabo los personajes de la historia, en el orden en que se presentarían en el relato, situándolos en un espacio y un tiempo. Extensión máxima: 1 página.

Veinticuatro gama Un hombre escribe un cuento y comprueba que éste se desarrolla contra sus intenciones, que los personajes no obran como él quería; ocurren hechos no previstos y se acerca una catástrofe que él trata, en vano, de eludir. Este cuento podría prefigurar su propio destino y uno de los personajes es él. Sugerencias: para desarrollar los argumentos beta y gama, se recomienda leer Continuidad de los parques de Julio Cortázar. Al igual que en el cuento de Cortázar, en las consignas beta y gama hay dos mundos (el real y el literario o teatral), cada uno con su historia, y una fusión o pasaje entre esos universos, que al principio se plantean como separados o paralelos.

 


ARDID

Una mujer negra interrumpe la escritura de Bazil, toma su borrador y arranca las páginas dejando solo algunas en blanco, las arroja a la chimenea y se va. Bazil queda desconcertado, pero por algún motivo no puede responder al atropello, solo se cuestiona haber rentado una habitación en aquella hostería ordinaría en el alejado pueblo de Villa Lía. Se queda observando cómo el fuego hace cenizas sus páginas y escuchando el crepitar de los troncos que la dueña de la hostería había arrojado con desgano, cómo era posible que su trabajo estuviera perdido. Se siente confundido, la idea de rastrear a la mujer y reclamar tal injusticia se apodera de sus tripas, un deseo criminal lo eleva hasta el punto de perder la conciencia.

Una chispa alcanza su brazo y recobra los sentidos, entonces ve que la mujer está muerta a escasos siete pasos del sillón desde donde contemplaba la chimenea que arremolinaba sus ideas para una novela. Mira a sus lados buscando a alguien que pudiera desentrañar los hechos, pero se da cuenta que el lugar está completamente vacío. Entonces, empieza a sospechar de sí mismo, la imaginación lo atropella sin aviso, toma su birome y comienza a esbozar, pero solo puede redactar el final en una especie de hoja mental. El impacto de una muerte lo ubica una y otra vez en ese espacio de consumación, sin poder tomar posesión para un comienzo, sin que pudiera anclar el desenlace de tan atroz remate. Otra vez la mujer arrebataba cualquier intento de inicio. Su muerte guía escritura. Las brasas se van oscureciendo, así como el día va tomando posesión de la ventana. Se atisba en el reflejo y se desvanece junto con las gotas que en el vidrio van fragmentando su silueta. Finalmente, despierta y descubre que se encuentra en su departamento de San Telmo, ve la hoja en blanco. Se levanta, se aferra a la ventana y advierte que es de día, levanta su birome negra, la tinta se había agotado.

 


Consigna veinticinco Elegir una de las consignas que siguen (alfa o beta). Extensión máxima: 3 páginas.

Veinticinco alfa Escribir un relato a partir del argumento desarrollado en la consigna anterior.


ARDID

Ingresé a la hostería, miré a la derecha y vi que la chimenea estaba encendida, al instante el calor me devolvió el tono rosado característico de mis manos, había viajado por horas y apenas podía sentir la movilidad en las piernas, fue reconfortante. Me acerqué al buró de entrada y una mujer algo robusta me saludó, soy Bazil, le dije, y solicité una habitación. Ella, sin decir su nombre, me acercó la llave número diecisiete, me informó el costo por noche, que era la dueña y que no se permitían visitas. Le pagué con cambio y me dirigí al cuarto solo para dejar las cosas. Volví a la sala para disfrutar de la chimenea, hacía mucho tiempo que no veía una de esas, yo residía en la ciudad y casi todas se habían adaptado a gas, pero acá en Villa Lía el hogar a leña era cosa corriente. Caminé unos pocos pasos hasta una silla ubicada junto a una ventana, saqué la novela en la que estaba trabajando y la apoyé en una mesita tambaleante que pude afirmar colocando un rollo de papeles que traía en el portafolio, sujeté la birome y cuando me disponía al primer trazo una mujer delgada y de color me arrebató el borrador, arrancó todas las páginas y las tiró al fuego. No pude decir nada, el impulso me llevó a recoger el resto del cuaderno para comprobar el daño, solo habían quedado unas cuantas hojas en blanco, las dejé en la mesa, la birome rodó y durante ese lapso la mujer desapareció. Me aproximé al mostrador e increpé a la recepcionista sobre la mujer, pero su desinterés fue tan agudo como el enojo en mi pecho. Volví y me senté estampando las nalgas en el motivo floral ennegrecido del sillón ubicado justo delante de la fogata, vi como desaparecía el esfuerzo de ocho meses y casi podía distinguir las letras carbonizándose una por una. Ahora eran parte del calor que mantenía mis manos activas, qué ironía. La dueña de la hostería se acercó, se sujetó del lateral de la chimenea y mientras su pandero se meneaba empezó a remover la leña, finalmente se decidió, se soltó de los ladrillos que revestían el fogón, sujetó unos pequeños troncos y como remate los arrojó avivando la llama y abultando la furia. Me quedé atónito, no quería violentarme, sin embargo, cuanto más ardían esos trozos, más crecía el deseo de venganza. Mis párpados pesados me dibujaron en el entorno sujetando el frágil cuello de la criminal, un cilindro largo y negro que fui apretando hasta la asfixia. La veía intentando desprenderse de mis manos, pero el calor me arrullaba y las volvía activas y poderosas. Sus gritos ahogados se convirtieron en pequeñas e intermitentes respiraciones. De pronto sus brazos se desvanecieron y desdoblaron al costado del cuerpo. Su cabeza reposó en el respaldo del florido sillón, parecía dormida. Entendí que estaba liberado.

Una chispa saltó alcanzándome, no pude discernir cuanto tiempo había pasado, recobré la conciencia y poco a poco los sentidos tomaron posesión de todos mis extremos. La fogata seguía ardiendo y el silencio era un crujir constante de maderas. Me apoyé sobre uno de los lados del sillón y noté que la ventana estaba empañada, pude divisar que aún era de noche. Respiré profundamente al tiempo que dirigía la mirada al otro lado del salón, entonces vi que la mujer negra estaba muerta a escasos pasos de donde me encontraba. Enterré las uñas en el tapiz que rápidamente se rajó dejando salir lo que parecía lana apelmazada y polvo, no pude reaccionar instantáneamente, mi corazón se apelotonó, el sillón y yo éramos uno; sucios, rotos e inamovibles. Empecé a observar hacia los lados buscando a alguien que pudiera desentrañar los hechos, pero me di cuenta que el sitio estaba completamente vacío. Un terror de afirmación me caló los huesos, podía ser un asesino, uno que incluso disfrutó su gesta. La imaginación me atropelló sin aviso. En ese momento me decidí a buscar la birome, un pequeño instrumento perdido entre alfombras sucias y patas de viejos muebles de roble. La vi asomada, escondida entre algunos folletos de paseos a caballo y recorridas a estancias, se habían caído de una pila mal organizada dispuesta en el borde de la mesa ratona. Son unos pocos metros y no necesito levantarme. Intenté esbozar el frenesí del suceso, distribuir las palabras en forma lineal, adornando a la muerte como si fuera algún tipo de delirio esquizofrénico, pero algo sucedía. Nada me detenía y, sin embargo, solo podía redactar el acontecimiento final en una suerte de hoja mental. Otro intento y la respiración entrecortada relajaba sus brazos hasta la exhalación del último aliento. La muerte me ubicó una y otra vez en ese espacio de consumación, sin poder tomar posesión para un comienzo, sin que pudiera anclar el desenlace para ese atroz remate. El impacto de su muerte me estancó en el último lugar. ¿Cuántas veces la mujer negra me dejaría sin inicio? La observé con enojo, con la rabia característica de los amantes infieles que dejaron morir la pasión. Quisiera tocarla, alejarla de la escena y olvidar que alguna vez estuvo viva. No sabía cómo había llegado a mí, ni cómo había muerto, no podía ahuyentarla, ni ser dueño de las letras, me rendí ante el intento. Las brasas se fueron oscureciendo, así como el día fue tomando posesión de la ventana. Distinguí mi reflejo y me desvanecí al igual que las gotas que en el vidrio iban dibujando lianas.

Un sonido algo confuso me despertó, un bocinazo seguido de un insulto me pareció familiar. La saliva había mojado unos cuantos papeles que aún seguían en blanco, miré el escritorio de eucalipto y la taza de café que pasivamente me había preparado antes de sentarme relucía una borra densa y oscura. Apoyé la palma de mi mano sobre la pared y con la otra desplacé la cortina que moría detrás del velador, el vidrio estaba frío y la respiración lo empañó por completo, dibujé un círculo casi perfecto y advertí que el sol era el protagonista del paisaje de San Telmo. Bajé la vista y vi que algo asomaba entre las hojas, la vieja birome negra que había conseguido en el pueblo. La sostuve, me quedé viéndola, la tinta se había agotado.

 


Copyright©Natalia Belén Carballal Nogueira

Septiembre, 2022.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.