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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX Una escritura palimpsestuosa: la lectura como uso

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges, “La noche boca arriba” de Julio Cortázar o “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. (Extensión máxima. 2 ½ carillas)


LA CONFESIÓN

A mí no me la contó nadie, el finado Francisco Real murió por andar de guapo en parajes ajenos. Se lo confieso pa´liberar esta zozobra. Yo andaba de chiflada en la plaza fumando a desgano porque el Rogelio Pérez se rajó con la Aurelita, y no es que esté enamorada, ese sentimiento pasó de largo por Villa Santa Rita, acá todo es acomodo y juerga, pero el tipo es amable y me paga los puchos.  De repente entre pitada y puteada un barullo me paró las antenas. Un placero recauchutado con lo que parecían estampitas de hombres tambaleaba por la calle principal, ¡si no lo supiera yo! Se dirigía al salón de Julia, el galpón a dos aguas, entre el camino de Gauna y el Maldonado, en donde el hembraje es tan abundante como la caña y la música chorrea tanto como la transpiración. No me gusta andar de chisme, pero la curiosidad me ganó de mano y al medio minuto ya estaba en la puerta divisando al carro. Me metí en lo de la Julia como pa’disimulá y arribé al primer zopenco que vi, le tomé de la muñeca para bailar y le miré el bobo, las agujas me decían que la noche tiraba sus primeras cartas. El tipo era un lame suelas de Rosendo Juárez y mientras el tango nos guiaba las pisadas, lo alagaba sin restricciones. No me sorprendió, en la Villa todos le copian hasta la forma de escupir, y es que Rosendo, el Pegador, es el guapo de esta zona, ¡usted ya sabe!

Yo creo que el zopenco me advirtió como una compañera muy seguidora, que iba como adivinándole la intención, digamos. Pero no se percató que me tenía la oreja aburrida como acuario de almejas. No me importó pa´ser sincera.  El tango hacia su voluntá, desparramaba pisotones y arrimaba parejas por doquier, y mientras escuchaba las alabanzas a Rosendo, yo seguía adosada a su pecho y con la vista en la puerta. Al ratito el bochinche del carro alertó a los presentes, se apersonó un breve silencio e inmediatamente un repiquetear de golpes a la puerta. Nadie sabía quién era, un foráneo que irrumpe el bailongo y para rematarla con cara de pocos amigos. ¡Eso sí! Tan rudo como guapo, a tal punto que se me aflojó la falda. Una muchacha como yo se debe a cualquiera, pero el rápido rumor de hombre del norte me acobardó el deseo, sepa que un destino de cama es aceptable, más no uno de zanja.

Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro. Entró con su séquito de pintones. La puerta golpeó al zopenco, que por pura inercia, o para demostrar su hombría, se le fue al humo. No tengo que aclarar que tal acción provocó que terminara de culo en el piso, ni atinó a desenfundar el cuchillo que traía en el chaleco. El tipo se abrió paso a manotones duros hasta que la muchachada lo acorraló, le dieron una golpiza leve, como reservando una lujuriosa pa que el Rosendo se desquite. A rastras lo llevaron hasta el fondo, donde el Rosendo daba las últimas pitadas de un pucho que venía dilatando, y como pa ser más dramático lo apagó en el pecho del Francisco. ¿Vos quién sos? Le dijo. Soy el Corralero, repuso Francisco sin titubeos, Francisco Real, un hombre del Norte, continuó mientras sacudía su traje. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero, y de malo, y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista. Rosendo lo relojeó, y a mí, que no se me escapa una, me dio la impresión que ya lo conocía. Volví a agarrar al zopenco por si se armaba una grande, pero de irme ni loca, la intriga me tenía abotonada como perra en celo. En eso aparece la Lujanera, la mujer del Rosendo, miró al forastero aborreciéndolo, lo puteo tanto que parecía otro idioma, finalmente le dijo que no lo quería ver ni pintado al óleo y lo rajó a patadas, a él y a su grupito. Claro, Francisco Real no fue tonto, en la milonga abundan las minas, pero también las facas. En miras de la huida se da vuelta y lanza su cuchillo queriendo atinarle al Rosendo, pero sale disparado por una especie de ventanita alargada que mira al arroyo. Entonces, de bronca, creo yo, escupe direccionando el proyectil acuoso hacia la Lujanera, luego se va.

Yo creí que la cosa ya moría, se me dio por salir a la plaza pa fumar tranquila, pero en eso diviso al placero repleto, otra vez, pero no al Corralero. De lo de la Julia sale el Pegador, mira a sus lados y corre para el lado del arroyo, yo me empiezo a mover como un mosquito merodeador y lo sigo desde lejos. Veo al Corralero buscando su cuchillo en la oscuridad, en eso llega el Pegador, empieza un forcejeo que acabaría con la musculatura de cualquier ser humano, en eso se chantan un beso que el folletín de los viernes pasa a ser minucia. ¡Imagínese mi sorpresa! La que no parecía pasmada era la Lujanera, no se hizo esperar, apareció de pronto profiriendo palabrotas al Rosendo, levantó el cuchillo casi adivinando su ubicación y se lo ensartó repetidamente al Corralero. Yo seguía en la penumbra tomando nota mental de aquel cuentito. Cuando el tipo tiraba su última exhalación, la Lujanera lo tomó por las patas, cazó del pelo al Rosendo y lo sacudió para que le diera una mano. Él le puso su chambergo en la cara, se murió abajo del chambergo, sin queja. Y así, casi como bailando un tango de los del salón de doña Julia, se desplazaron hasta el arroyo, tambaleantes y a duras penas. Luego los perdí de vista, Padre Luis.

 


Consigna veintidós Tomar un mito griego (Prometeo, los argonautas y el vellocino de oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc.) y escribir una versión en la cual se “traicione” algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un solo punto de vista narrativo o de varios que polemicen. Por ejemplo, contar la historia de Jasón y los Argonautas desde la perspectiva de Medea, que ya anciana recuerda las atrocidades que debió cometer obligada por la ambición de su prometido, y la de éste, Jasón, que pinta una Medea capaz de cualquier cosa debido a su locura. (Extensión máxima: 2 carillas)


APUNTES DE UNA NINFA

Vi la miseria en sus ojos, lo miró y pude percibir la ira y el rencor. Me acerqué antes de que la fatalidad se desatara en aquella montaña. ¿No es acaso su grandeza tan cambiante como el oleaje en su himatión? Elevé mi mano y suavemente extendí el brazo al cielo. ¿Puedes ver que tu belleza no puede ser comparada con la inmensidad del cosmos? Hera respiró aliviada, entretanto, vi como la fiereza en su mirada se desvanecía, así como la ambigüedad en mis palabras. Tomó mi mano y se sentó en una roca dispuesta a escucharme. En las suaves y serpenteantes líneas de tu rostro albergan valles y ríos y una vegetación frondosa que contiene la vida, eres, sin duda, la representación de este mundo. En ese momento vi a Zeus marcharse con las ninfas, me compadecí de su dolor. ¿Cuánto tiempo más podría persuadirla? ¿Cuántas veces aquietaría su ira? Hera me miró embelesada y por un lapso de tiempo la idea de su belleza la distrajo de lo que ocurría. Días con sus noches le siguieron y en cada uno las palabras ocultaban el afán de Zeus por encontrar nuevos amoríos. ¿Cómo un don puede ser tu enemigo? Servirle con el único fin de reafirmar su hombría. Y la palabra, arrojada como un simple instrumento al servicio del hombre, el Dios.

Es nuestro hogar un lugar veleidoso, tocado con la punta de una espada incandescente. Era cuestión de tiempo para que se ensartara en las entrañas del monte Helicón. Entonces entendí que cuanto más hablaba, más atraídos se sentían hacia mí, veía a Zeus dejar sus conquistas y acercarse cauteloso para oír toda elocuencia expresada hacia Hera. Una mañana decidí huir, tracé un escape al anochecer. Esa misma tarde vi que Hera se acercaba, me aproximé y me senté en una roca. Ella desplazó su mano por mi cara hasta sujetar la trenza que rodeaba mi escote e inhaló el aroma del cabello, se alejó y reposó justo delante de mí. Conmigo o con nadie, dijo. No entendí en ese momento su declaración.  Comenzaba a exponer el relato cuando un cosquilleo se hace evidente en mi matriz. Hera me miraba y yo no podía disimular la congestión, el calor ascendía y un deseo sexual se arrebataba en palabras quejumbrosas. Me sujeto de la piedra al punto de que mis uñas casi se desprenden de la carne. Mi tórax se ensanchaba y contraía con una agitación recortada.  Hera lo percibe, lo ve, me toma del brazo y con fuerza me acerca a su pecho. Inhalo el perfume de sus senos, una mano indecorosa corre su vestido, la humedad de mi lengua tensa sus pezones. Es ese momento me lo dice: Es Zeus. Advierto su aroma repulsivo emanar de la piedra. Vete, Eco, corre, yo ocultaré tu don. Y lo hizo, cayó mi voz, solo dejó un rastro de lo que fui, un recordatorio.

 


Copyright©Natalia Belén Carballal Nogueira

Agosto, 2022.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.