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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Consigna diecisiete alfa Reescribir esta historia (EL ENCUENTRO) comenzando por el final y reconstruirla seleccionando una serie de escenas claves que se narren repetidamente desde diversas perspectivas, tal como hace Faulkner en Mientras agonizo y Absalon, ¡Absalon! (Extensión máxima: 3 páginas).


ENGAÑO

Dicen que por más de cuarenta años Wang Chu y Ch’ienniang vivieron juntos y felices. Pero el sostén de sus memorias es una embarcación fracturada.

Hoy la luz se desdobla desde la habitación contigua deformando todos los objetos en proyecciones mortuorias, Ch’ienniang descansa su cabeza sobre el féretro cerrado de su padre y a la distancia Wang Chu la contempla en omisión. El olvido de una promesa de matrimonio y el estado de no-tiempo al que se sometió lo hace pensar en Chang Yi como un traidor que quiso arrebatarles el amor. Pero no puede culparlo, ni siquiera estando muerto, el tiempo en los jóvenes tiene otra apariencia, ¿cómo podía esperar, entonces, que después de 15 años Chang Yi hubiese recordado un deseo de juventud?

Ch’ienniang sigue inclinada y el estrujamiento en sus rodillas desata la imagen de su padre entregándola en matrimonio a un joven funcionario, sus ojos violentan la solemnidad del tanatorio, recuerda ver partir a Wang Chu con los ojos consumidos. Fue en ese instante que su corazón se durmió. Solo quedó un cuerpo suspendiendo el tiempo. Un cuerpo petrificado y sin ímpetu que podía recordarle a su padre el gran error que había cometido. Se resignó a no ser y no hizo otra cosa más que esperar que Wang Chu le devolviera su esencia.

Desde el pasillo, Wang Chu la observa llorar mares que se escurren por la madera lustrada del ataúd, se siente desesperado, está tan desesperado que el recuerdo lo golpea como una enorme ola a un barco en la tormenta. Él también se ve marchándose del país para no ver a su novia en brazos de otro. Se embarcó en un pequeño navío y zarpó hasta que a unas pocas millas el cansancio derrumbó sus parpados. En ese momento, le solicitó al único marino que lo acompañaba que amarrase en el puerto más cercano. Por la noche, suele contar, ella apareció, Ch’ienniang, susurrando que no podía resignarse a la separación y mucho menos imaginarlo suicidándose por la tristeza. ¿Habrá sido su angustia dándole el valor de continuar, dándole una forma corpórea y confiable? Así creó su presente, figurando la silueta del amor en otro cuerpo, pero de un amor con culpa de abandono, de historia de fracaso. Después de cinco años decidió regresar, su ella necesitaba redención y anhelaba un perdón con sabor a juventud. Ch’ienniang se enteró del regreso de Wang Chu, despertó como si solo hubiese pasado un día, se levantó de su reclusión de sabanas y se dirigió a la embarcación. La vio y lo entendió, por lo que, en un abrir y cerrar de ojos se fundió con su ella navegante, sin quererlo, pero aceptándolo, como a sus hijos bastardos. Cuentan que se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron, sólo quedó una, la más vibrante y espléndida. La otra, entiendo, fue rebajada hasta el nivel de las sombras.

En la tumba, Chang Yi esconderá la cobardía de Wang Chu, la falta de coraje de Ch’ienniang, su vergüenza y autoritarismo, y afirmará el silencio obligado de ellos, sus criados. Solo hay una historia, la del encuentro amoroso de Ch’ienniang con Wang Chu, y la de su ser fragmentado por descuido y unido por amor. Eso es lo que el relato promete.

 


Consigna diecisiete beta Amplificar las dos historias y contarlas según la técnica temporal de la “alternancia” de modo tal que cada una de ellas desarrolle una de las versiones del sueño Chaung Tzu. (Extensión máxima: 2 carillas).


¿HAY SUEÑO O HAY VIGILIA?

Dio una sólida pincelada, otra, después otras tantas y por supuesto le antecedieron muchas más. El estudio relucía a blanco de albayalde. Su rostro era pálido, grisáceo, casi parecía una broma del destino, cuanto más pintaba, más se deshacía su paleta cromática cutánea. Se había fascinado con las mariposas, insecto curioso, sus alas membranosas cubiertas de escamas coloreadas surgen de su estado previo, la oruga. ¿Quién pudiera pensar en un cambio tan radical?, de la tierra al aire, de arrastrar su viscoso cuerpo a volar. Sentado frente al atril se observó en el espejo y vio un ribete de color pardo azulado en las encías, se imaginó mudando su cuerpo, preparando su capullo para ser otro, para aletear. De pronto sintió la presencia de cólicos abdominales, dolores espasmódicos difusos e intensos que concluyeron en un mareo que lo desvaneció. Se miró suspendido desde el aire, su enorme cuerpo derrumbado en el piso era como el capullo que lo retuvo pintando. Batió sus alas para despejar dudas y descendió hasta el espejo. Ahí estaba, reflejado, cerrando y abriendo esas delgadas membranas en un compás que rimaba con la muerte. Pensó que no tenía mucho tiempo, que si su vida comenzaba ahora, solo le restaban a lo sumo veinticuatro horas. Percibió un aroma rancio y se acercó a los óleos, se vio en cada pintura retratada como una reina del siglo XV, rígida e idealizada, le pareció aburrido, se posó sobre el canto de uno de los cuadros y se durmió. Para cuando despertó, la noche cubría de sombra la casa, pensó en cuánto tiempo había desperdiciado y comenzó a aletear, entonces notó cómo sus huesos crujían con cada oscilación, se palpó y su asombro la llevo a pensar que aún dormía, cerró los ojos y los volvió a abrir (pestañeó). Examinó cada uno de los cuadros dispuestos en el atelier y tuvo la sensación que alguien lo observaba. Apenas pudo despegar la cabeza del piso, sin embargo, ojeó cada uno de sus cuadros restándole valor estético, con desprecio. Debía renunciar a su obra, a siglos de tradición. De pronto, la náusea se apoderó de la garganta, desde su boca miles de mariposas ritualizaron los lienzos, y aquellas endurecidas pinceladas se desprendieron como estampillas al vapor. El lugar se transformó en una nube colorida de insectos. Abrumado dio una enorme bocanada, intentó girar, pero la pesadez de su cuerpo apenas lo dejó ladearse, con el brazo aún entumecido agarró un pincel y empezó a colorear el suelo. Un azul cadmio tiñó el parqué de lo que podrían ser unas alas imperfectas, o un manchón desparramado aleatoriamente por su rostro dormido. Soñar, fuera de contexto la palabra se vuelve abstracta y adquiere otro significado. Se reanimó, despegó sus patas del borde pegajoso del retrato, extendió sus alas y se alejó del cuerpo.

 


Consigna diecisiete gama El texto leído es una adaptación de los fragmentos finales de “La marca de nacimiento” de Nathaniel Hawthorne. A partir de esta escena final imaginar los antecedentes del suceso y escribir un racconto. (Extensión máxima: 2 carillas).

“La marca de nacimiento” (Fragmentos finales)

La droga comenzó a surtir efecto. La Mano Carmesí, que al principio se destacaba violentamente contra la palidez marmórea de la mejilla de Georgiana empezaba ahora a desdibujarse. No estaba menos pálida que antes, pero la marca de nacimiento perdía un poco de su anterior nitidez con cada respiración. Si su presencia había sido horrible, su desaparición era más horrible aún.

Aylmer reía de felicidad. Se sentía todopoderoso. Había logrado conjurar las fuerzas del cielo y de la tierra. Estas exclamaciones interrumpieron el sueño de Georgiana. La joven abrió lentamente los ojos y se miró en el espejo, que su esposo había dispuesto para tal fin. Una lánguida sonrisa flotó sobre sus labios cuando comprobó cuán borrosa era esa Mano Carmesí que anteriormente había fulgurado con tan desastrosa intensidad hasta el punto de ahuyentar toda su dicha. Pero luego sus ojos buscaron el rostro de Aylmer con una turbación y una ansiedad que él no pudo explicar de ningún modo y murmuró: “¡Mi pobre Aylmer!, Aylmer... Amadísimo Aylmer, ¡me estoy muriendo!”

Nathaniel Hawthorne (Adaptación de los fragmentos finales)

 

SÍNDROME

Aylmer se sentía todopoderoso. Había logrado conjurar las fuerzas del cielo y de la tierra. La droga había comenzado a surtir efecto; no estaba menos pálida que antes, pero la marca de nacimiento perdía un poco de su anterior nitidez con cada respiración. Georgiana abrió lentamente los ojos y se miró en el espejo que su esposo había dispuesto para tal fin. Una lánguida sonrisa flotó sobre sus labios cuando comprobó cuán borrosa era la mancha que anteriormente había fulgurado con tan desastrosa intensidad hasta el punto de ahuyentar toda su dicha. Inmediatamente buscó la mirada de Aylmer con una turbación y un nerviosismo que podía predecir la muerte… Amadísimo Aylmer, ¡me estoy muriendo!

No entendía cuál de esas opciones la liberaría, pero igualmente se sintió aliviada. Siempre había tenido convulsiones, pero su registro memorial la situaba en unos seis años de edad aproximadamente. Las burlas constantes y el miedo a la muerte la habían colocado en un lugar desierto. Un fenómeno, eso es lo que sentía de sí misma cada vez que estaba en contacto con alguien, esa mancha era algo más que solo una pigmentación. Recuerda haber tenido más médicos que amigos. Y estos, a su vez de ser escasos, también eran esporádicos. Todo se agravó a los diecinueve años cuando le diagnosticaron glaucoma, no bastó con unas gotas oftálmicas, unos enormes anteojos tuvieron que enmarcar la palidez de sus ojos claros y una graduación mal recetada le provocó fuertes dolores de cabeza. Fue entonces cuando cambio de hospital, cuando conoció a Aylmer. Sus primeras palabras fueron administradas con total especificidad:

ANTECEDENTES PERSONALES

- Fuertes dolores de cabeza

-Epilepsia desde los 6 años

-Niega uso de tabaco, alcohol y uso de drogas ilícitas

-Nunca ha trabajado, vive con su madre y su hermana mayor

-Niega antecedentes familiares

-Niega cirugías

-Niega alergias

-Medicamentos: fenobarbital* y carbamazepina* desde los 6 años por los episodios convulsivos. (*No recuerda la dosis)

No refiere otros datos adicionales a la enfermedad actual (síndrome de Sturge-Weber).

Ciertamente no podía imaginarlo fuera de contexto, de igual modo algo en su rectitud la mantuvo drogada, una sensación que conocía a la perfección. Pensar en su médico como su placebo la sonrojaba y la situaba dentro de un rango emocional que podía manejar. Aylmer la miró y miró su enorme mancha con distribución del nervio trigémino, se sintió atraído por su rareza, por el desafío que suponía tenerla de paciente. Aylmer era un médico investigador graduado de la Universidad Nacional del Sur (UNS), sus estudios, habitualmente eran publicados en las revistar científicas con mayor impacto a nivel mundial. Y como especialista en neurología, Georgiana, suponía la posibilidad de ampliar sus estudios sobre este raro síndrome. Ella era hermosa y Aylmer la veía con calidez e ingenuidad, las consultas se hicieron periódicas y no pasó mucho tiempo para que trastocaran los límites de la ética, ética que nos recuerda que la relación médico paciente es, ante todo, un encuentro clínico. Una tarde calurosa llegó a la consulta justo cuando los segundos marcaban su turno, traía una falda anaranjada que flotaba entre sus muslos y una blusa que dejaba ver sus pezones rosados. Aylmer la miró y supuso que por su condición visual ella no lo había notado, sea cual fuera la intención no pudo evitar que un calor inquietante se apoderara de sus genitales. Ella se sentó en la camilla, abrió sus piernas, deslizó su mano desde la rodilla hasta su pelvis y dejó en claro cuál era su deseo. Todo rastro de inocencia se disolvió y ambos olvidaron lo roles que ocupaban.

Se necesitaban, ¿cómo evadirlo? El eje de la profesión médica moviliza poderosas fuerzas humanas: fe, esperanza, confianza, fortaleza moral y aceptación de la adversidad.

Aylmer contaba tres ensayos clínicos en el mundo, lo equivalente a decir que son inexistentes. En la medida que su curiosidad aumentaba, su amor también lo hacía y su desesperada necesitad de encontrar una cura. Podría quedar ciega, podría sufrir una parálisis o una crisis agresivo-convulsiva que desencadene el peor pronóstico. Se obsesionó, desde ese momento su vida se centró en Georgiana y en todo lo que ella representaba. Se casaron, sellaron el compromiso y pasaron de la cama al hospital, del hospital al psiquiatra y de ahí a dar largos paseos por el parque, hasta que finalmente sus vidas se vistieron de ambo.

Se centró en tres objetivos: crear un círculo interdisciplinario que anime a otros médicos a crear redes de investigación. Instaurar un registro que lo posibilite y, por último, animar una investigación de la industria farmacéutica debido a los pacientes que pueden ser subsidiarios de determinados tratamientos. No le costó alcanzar lo requerido, su reputación lo precedía y muy pocos se negaron.

Al cabo de unos años fue difícil controlar las convulsiones con medicamentos, Georgiana parecía empeorar, para entonces residía en el hospital, recluida en una habitación con vista a la avenida principal adornada con un espejo oval. Aylmer mantenía largas reuniones con el centro de biotecnología, hasta que una mañana de otoño lo notificaron de que el tratamiento que venían probando había mostrado signos de reversión. El procedimiento prometía restaurar el crecimiento anormal de los vasos sanguíneos y reestablecer las alteraciones patológicas de la mutación del gen que provocaba la afección. Esa misma tarde enviaron todo lo necesario para el proceso, y en lo inmediato se le dio la aplicación. Aylmer reía de felicidad. Se sentía todopoderoso. Había logrado conjurar las fuerzas del cielo y de la tierra. La droga había comenzado a surtir efecto, la mancha se desdibujaba. Sin embargo, la vivacidad de Georgiana no se percibía. Ella lo miró y no hizo falta que le explicase nada, el entendió que ya era demasiado tarde, que la mancha estaba marcando el tiempo de su vida y esta ahora desaparecía. Entonces Georgiana le murmuró: “¡Mi pobre Aylmer!, Aylmer... Amadísimo Aylmer, ¡me estoy muriendo!”.

 


Copyright©Natalia Belén Carballal Nogueira

Junio, 2022.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.