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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo VI Focalización

Consigna cuatro Escribir un relato a la manera de Faulkner en Mientras yo agonizo. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos. Extensión máxima: cuatro carillas, aproximadamente.

 

LA HEREDERA


Leticia

Tener que volver a esta casa me repugna, agradezco que el cerdo, que mamá se atreve a llamar marido, se haya rajado con la retorcida de la vecina. Mi único consuelo es saber que una parte de la herencia es mía. A la vieja no se la ve bien, quizá es porque se fugó su marido, o porque el tiempo está haciendo estragos, ¡ah! murió la abuela. Pobre Teresa, mamá la quería. Sí, es verdad que estaba cansada de escuchar sus quejas, pero era su madre y ella su única hija, y eso, por suerte, nos beneficia. Mírala… sentada y agotada de pedir silencio, pobrecita. Marcela se cree que por ser una “Carmelita Descalza” es la heredera. No se cansa de decir que la abuela le dijo: “Al morir todo será tuyo”, y mamá la mira como desorbitada. Es cierto que “Mardescalza” se ocupó de todo, pero nadie la obligó, ella solita asumió esa responsabilidad. Además, legalmente eso no cuenta, somos cuatro hermanos y la vieja, así se repartirá, se acabó. Mirá a mamá tratando de apaciguar los gritos.


Marcela

No creo que sea tan difícil entender el sacrificio que me tomé estos años. Teresita, vieja y enferma. Y todo lo que implica, remedios, médicos, tiempo, mantenimiento de esa enorme casa, ¡comida! ¿Cuántas veces vinieron?, dije. ¿Cuántos llamados recibí?, dije. ¿Cuánta ayuda económica?, dije. Y mamá ahí, sin decir nada, mirando a la puerta fijamente, ojerosa, demacrada, pidiendo silencio, que la dejen escuchar; ¡él ya no va a venir! Después, todo el griterío de refutación y las evasivas de José, para variar. Seguro se fue al baño a fumar marihuana. Así se gasta la plata.


Georgina

¿Mamá mira a la puerta de entrada o a Marcela?, no lo sé. Tampoco pestañea, casi me animo a pensar que corrió el mismo destino que Teresa. Supongo que todos los desplantes de Marcela son motivo suficiente como para no pestañear. Yo la entiendo a Marce, casi diez años aguantando a la tana. Más aún cuando enfermó. Ni mamá le dio una mano, solo puedo agradecerle semejante esfuerzo. La vieja sigue pidiendo silencio, rogando que nos callemos porque no escucha, ¿qué cosa quiere oír?, si esto no tiene remedio. Un ruido… dio un salto y miró la entrada, otra vez, ¿o a Marcela? ¡Es José que salió del baño!, al ñato, de tanto nervio, le dio colitis. Cuarenta minutos se pasó en el inodoro, mamá lo mira y se vuelve a sentar. Pobre, seguro creyó que era la puerta de entrada, será que aún está ilusionada con la posibilidad de que regrese su marido. ¡Esta mesa es un desorden! Cenizas de cigarrillo, los platos del mediodía apilados en una esquina, unos boletos de quiniela, los planos de la casa de la abuela, las escrituras, y más atrás, mamá, apenas asomando, sentada como una estatua griega pensante, casi al borde del colapso. ¡Dios mío, danos claridad en el corazón! Y yo acá, adelantando las agujas del reloj con la mirada, que me toque lo que decidan y a otra cosa, ¡señor todo está en tus manos!


José

Mamá sigue pidiendo silencio; que no puede escuchar, que la Marce es una cotorra, que la Leti una interesada, que yo no valgo un pito, que a nadie le importa nada y no sé qué más. La única que se salva es Georgina. ¿Y ella? ¿No va a querer una tajada? Se queda ahí pidiendo silencio y sin aportar nada útil. Fingir una descompostura para ahorrarme cuarenta minutos de escándalo no es nada comparado al artilugio de “Yo la cuidé”. Vuelvo a la sala solo para simular un poco de empatía con mamá, que, en el fondo, algo de pena me da. ¿Se cae de la silla? Pobrecita, gritó hasta donde pudo y se desvaneció. La escuché pedir silencio inútilmente, una y otra vez. ¿No piensan ayudarla?, ¿no ven a mamá ahí?, tirada boca arriba igual que encontramos a la abuela Teresa. La sacudo y no responde, solo Georgina dio un revés en la mirada. Dale, ayudame, Geo, o estas rezando un padrenuestro. Bueno ahora ya somos cuatro zamarreándola, tratando de reanimarla, al tiempo que alguien golpea la puerta de entrada con la misma intensidad que nosotros a mamá. No despierta.


Mamá

El faber no viene y si pasó no lo escuché por el cotorreo de estas sanguijuelas que tomaron mi casa como base de operaciones hereditarias. ¿Por qué no fueron a la casa de mi difunta madre?, que en paz descanse. Pero el faber va a pasar de largo si no lo escucho, y yo, madrecita, te voy a ir a cobrar al más allá. Ya me agarró disfonía de tanto pedir silencio. ¡Y ahora se suma José que estaba calladito en el baño! Será la suerte… Fingir mi muerte no es cosa fácil, me sacuden como a un plumero para todos lados, pero finalmente se callaron, ¡lo sabía! La puerta suena y yo acá, muerta. ¿Está abierta? Sigilosamente voy a despertar un ojo, ¡qué no se den cuenta!, ¿es mi querido faber? Sí, por fin. Los cuatro lo miran estupefactos y me señalan como queriendo afirmar mi muerte. Antonio me conoce bien, jamás podría morirme el día de levantar juego. ¿Qué hijos son estos? Dale, Lidia, dice, te espero en la cocina.

 


Consigna trece alfa Relatar los hechos ocurridos en la tintorería de La casa de los relojes cambiando el punto de vista. El narrador, en primera persona, puede ser Gervasio Palmo, Nakoto, la maestra, la madre del niño o uno de los invitados a la fiesta. Es necesario instalar al narrador en una situación comunicativa que haga posibles sus palabras (por ejemplo, la madre cuenta a una vecina lo ocurrido, la maestra comenta la carta del niño a otra maestra de la escuela, uno de los invitados declara en la comisaría). Extensión máxima: dos carillas.

Consigna trece beta Escribir un relato en primera persona con un narrador deficiente. Las razones por las que el narrador no acaba de comprender los hechos pueden ser diversas. Es posible elegir alguno de los narradores caracterizados abajo o alguna otra variante no consagrada por la tradición. Extensión máxima: dos carillas. 

Por ejemplo:

-El narrador tiene alguna falencia o minusvalía: es tonto, loco, carece de algún sentido (es ciego, sordo, etc).

-Es un iletrado, un niño, o pertenece a un mundo cultural muy distinto de aquel al que pertenece lo narrado.

-El que narra es un testigo que solo puede referir lo que le han dicho o lo que ha visto.

-La falta de comprensión de los hechos narrados se debe al punto de mira u observación del focalizador y a los obstáculos con que se enfrenta su visión. Ejemplo: mira por un agujero en la pared.


Consigna elegida trece beta:

MÓLOTOV

Sí, pasó por acá. Sí, la mujer con rulos y gorrito marró, ¡ah! She, negro el gorrito. Como le decía, pasó ligero co… con una bitella de vino fino, ¡ja! Ya quisiera yo una desas, la chica, y… ¡hip! la botella vio. Prosigo, pasó rap… rapidito, sacudía la bitellita que madre mía. Le pedí un traguito nomá y me miró, me ra… rajó a puteadas la yubia y piró. Sí, despué volvió a pasá con la bitellita la desgraciada, ¡dame algo yubita! Le dije. Y no, no me quiso dar niun poquito. Algo dijo la muy pu… She, me gritó “Si te doy te mato”. No me va apresá por pidir vinito, que… que no es delito. ¡Si la viera!, una botella a todas luce. No, la cara niun poco. ¿Despué? Nada, me tomé la última gota del tetrita ete, vio. Ahhh, ¿de la piba? Nada, dio vuelta a la esquina y a lo do minuto sheventó ese auto en lasquina. ¿Qué otra esploción? No, nada oí. She, yo toy de dié. Gracia, un gusto. Sí, sí, payá ¡Oiga! ¿Si le da el vinito me lo trae, caballero? Rati pollerudo.

 


Consigna catorce Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero. Extensión máxima: dos carillas.


EL ARREBATO

Se acomodó tratando de meter el culo en el asiento, sus caderas rebasaban los límites de la estructura, pero igual trabó el amarre de seguridad lo más holgado que pudo; lo dejaron pasar sin miramientos, a pesar de que el pibe de la entrada se había detenido a observar cada detalle en la silueta de los participantes. A lo mejor, solo importaba el dinero. Se bamboleó en el asiento, tenía la expresión de un niño que ve un regalo por primera vez y la ansiedad característica por desgarrar el papel. Sin embargo, varias arrugas en la frente delataban algo más que sorpresa. Es probable que esa mañana haya desayunado liviano, aunque su enorme cuerpo dijera lo contrario; pensando, tal vez, en el desafío que implicaría ese paseo volador. Parece de esos que juntan lo poco que tiene para destinar en pequeños privilegios, tales como ir al cine o a una modesta cena; se detecta en su ropa, en su billetera curtida.

El movimiento se hace notar, así como él: lento y apacible. El pibe que maneja el juego tiene un aspecto descarrilado, de profunda necesidad de descanso. Lo miró por un rato hasta que el juego dominó la altura. Recordó qué cansado se sentía, qué hastiado estaba de que la gente se corriera de su lado y soltó el amarre. En cualquier momento va a girar con intensidad y podré rozar la cara contra el viento afilado. Se acomodó a esa situación: algo conocido envolviendo su gordo cuerpo. Cerró sus ojos y abrió los brazos en crucifijo para sentir la libertad y la condena. Arriba somos todos iguales, vulnerables al vértigo, a un terrible dolor de panza. Pronto las caras parecían derretirse, se sujetó con fuerza a la baranda y recordó a la rubia que le quitó la mano de la valla para adelantarse en la fila, “Permiso”, le dijo irónicamente, y ella lo miró de reojo. No respondió nada, no se disculpó, ni lo insultó, nada en absoluto. Así transcurren mis días, pobres, ausentes de palabras, apartado como una mesa para uno. Empezó a sentir miedo, adrenalina, todo en conjunto. Comenzó su día creyendo que un suicidio público lo haría visible por única y última vez. Ser el protagonista. Pero algo sucedía, de pronto, la velocidad empezó a aumentar estrepitosamente, los gritos inocentes se transformaron en terror; el juego en su totalidad crujía. Un niño salió despedido, la rubia lo miró, estiró su mano, pero su hamaca se desprendió junto con la de una señora de vestido azul. Él, ante esa situación, solo sentía pena por sí mismo, por no poder liberarse. Todo se desbarataba. Entonces, se resignó y se ajustó el cinto de seguridad hasta el sexto punto creyendo en otra oportunidad. Pero ya no tendría otra chance, ahora el destino le estaba arrebatando su último deseo.

 


Copyright©Natalia Belén Carballal Nogueira

Abril, 2022.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.