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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo III Crímenes y castigos: pervertir el género

Consigna siete: Elija dos de las siguientes imágenes, escriba dos textos independientes que instalen una mirada sospechosa (extensión máxima: media carilla).

Taller de escritura LA ARGAMASA

 

 

 

 

 

Imagen 1


LA FAUNA DEL CADÁVER


Ha muerto, ¿cómo llega el hombre a esa conclusión?, ¿ha muerto?, me preguntaba esa tarde de enero mientras que el calor manchaba mi sweater bordó y el cigarrillo humeaba entre las moscas. Recapitulé los hechos, es cierto, algunos indicios parecían los típicos en estos casos; manchas de sangre, huellas por todo el lugar y el característico desorden producto de un asesinato por robo, quizá algún filamento de aspecto piloso podría inculpar a alguien, no sé. Un enfoque ordenado, la prolijidad del crimen, no puede ser de otro modo. Me pregunto: ¿Qué le sucedió?, quién querría asesinarlo, pocos sabían de su existencia, ¿quién era?, su vida parecía haber pasado desapercibida, salvo por sus enormes deudas, lo que arrojaría un posible ajuste de cuentas; otra posibilidad.  De lo que no había dudas es que tratar de esclarecer el delito traería varias volteretas y algunos dolores de cabeza. La pericia suponía un enorme desafío, sobre todo para este foráneo experto en muertes, ¡el nuevo!, eso dirían. Observé el piso, estaba adornado de larvas que a su vez se regocijaban en sangre que parecía no estar oscurecida, el olor nauseabundo y casi artificial se alojó en mis enormes fosas nasales y algunos gusanos en la suela de los zapatos, de pronto alguien me tocó el hombro. ¿Dónde está el cuerpo? Me dijo, ¿Ves? Le respondí señalando un grupo de insectos, esos, proseguí, podrían indicar que el cuerpo fue movido varias veces, de hecho, parece que alguien nos honra con su sadismo, ¿no lo cree? Pestañeé lentamente. ¿Se encuentra bien? Me interpeló el suboficial, se lo ve pálido, continuó. Lo miré queriendo mantener la compostura, pero me desplomé como un blatodeo queriendo esconder su vida. En ese estado, semiconsciente o semiinconsciente, puede usted llamarlo como quiera, logré escuchar al tipo informando sobre una enorme infección necrosante en el brazo del forense. Dos litros y la falta de atención médica fueron suficientes, de golpe todo se ennegreció... una sirena a lo lejos y… Cuando desperté vi a unos efectivos policiales custodiando la puerta de la habitación en el Hospital Regional. Inmediatamente entendí que no había muerto para ellos.

 

Taller de escritura La Argamasa

 

 

 

 

Imagen 2


HOY POR HOY


"Si alguno pasare por este puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna"

Miguel de Cervantes, El Quijote.


Permaneció callado, de la mesa de luz escurría agua y caían trozos de vidrio de un vaso que accidentalmente tiró al querer apagar el despertador. Cuando reaccionó, se levantó, el sol aún no asomaba y un fragmento desgarró su dedo gordo. Se dirigió al baño, prendió la luz, tomó un par de gasas con las que se enrolló el dedo, se puso la ropa, los zapatos y salió cojeando. Llovía estrepitosamente ese día y en la puerta, extrañamente, un vendedor ambulante le ofreció un paraguas a buen precio, pero se rehusó, negó con la cabeza y le dijo que no traía dinero. El vendedor lo miró con cara de desprecio y observó como de su bolsillo asomaba una abultada billetera. Enfurecido le gritó: “Por mucho que la mentira avance, la verdad la alcanza un día”, Oscar volteó, lo vio directo a sus ojos y siguió camino empapando su traje Burberry.

Cuando regresó, vio que el vendedor permanecía allí. Oscar detuvo su paso, miró a sus lados, hacia atrás, y se dio cuenta de que era tarde para retroceder. En ese momento el vendedor sacó un cuchillo… ¿Y usted dónde estaba? ¿Yo? En lo de Oscar, en esta misma calle desierta, es la pequeña con el banco verde en la entrada. ¿Qué sucedió luego? Siempre lo observo, a veces por horas, Oscar me asusta, no confío del todo en él. ¿Puedo tomar un vaso con agua? Por supuesto, prosiga. A estas alturas, empezaron a pelear, Oscar golpea al vendedor, lo tira al piso, le arrebata el cuchillo y lo arroja lo más lejos que puede. Al instante distingo que el vendedor es Noah, y él no vende paraguas, el asqueroso también mentía. A continuación, le dobla el brazo y se lo disloca, lo sujeta con fuerza, lo escupe y le impone que se aleje de mí, inmediatamente se pone a llorar, como suplicando. Nos vigilaba. Entonces entendí que ambos mentían. ¿Cómo fue que terminaron ahorcados? ¿Qué vio? Bueno, como usted sabe, la horca fue el medio de ejecución más utilizado por siglos, incluso en estos tiempos hay países que hacen justicia de esa forma. ¿Qué le sorprende, oficial? No fue sencillo, en la medida que los veía pelear crecía mi enojo, el éxtasis llegó a su punto crítico. Me rearmé, esperé que estuvieran desvanecidos, pero no lo suficiente, tenía que verlos agonizar, pagar por sus mentiras. Obscenos, pudieron besarse y tocar sus lenguas. El resto ya lo sabe; es un trabajo impecable, el dogal parecía hecho por el mismísimo Dios, el estrangulamiento resulto tal cual lo esperado y al cabo de unos minutos sentí que el mundo era un lugar mejor, ellos merecían morir.

 

 

Consigna ocho: Optar por una de las dos consignas (“alfa” o “beta”) que se proponen a continuación. (Extensión máxima: entre 1 ½ y 2 carillas.)

Ocho alfa

En la década de 1910, fue detenido R. S., un ingeniero alemán, soltero, de 29 años, por haber cortado un mechón de pelo a una adolescente, G. M., con unas tijeras durante un viaje en tranvía. Luego de reconocer que había cortado el cabello para satisfacer su deseo sexual, fue enviado a la Sala de Observación de Alienados donde entabló un buen vínculo con un médico que le pidió que pusiera por escrito lo que el mismo R. S. llamaba su “enfermedad”.

Construir el relato del paciente incluyendo en él algunos de los fragmentos originales que se tomaron de la Revista del Círculo Médico Argentino y Centro de Estudiantes de Medicina, N° 1, Buenos Aires, 1913 y se transcriben a continuación.

“Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho.”

“De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que me adivinasen por qué las estaba siguiendo”.

“En Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas.”

“Fui detenido por segunda vez en Hamburgo.”

“Habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando y besando los lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz.

“Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo

femenino.”

Ocho beta

Escribir un relato a partir de uno de los casos narrados por Enrique Sdrech en la entrevista inicial (el de la mujer atropellada por un tren luego de ser asaltada en un yuyal, el de los amantes baleados en Quilmes o el del hombre hallado muerto entre los hierros retorcidos de un auto).


Elección de la tallerista, la ocho alfa:


ASTRO

Le confieso, es un deseo irrefrenable, una emoción placentera, de gratificación, incluso de liberación. También es cierto que cada vez se vuelve más nociva; la mirada del otro me coloca en un lugar donde es mejor no ser visto. Mi incomodidad existe y en ocasiones puedo tener sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, pienso qué deslucida puede ser la vida sin el aroma y la delicadeza de una larga cabellera dorada. Otros, quizá, prefieran ver la vida desde un zapato o una fina lingerie.

Estar recluido en la Sala de Observación de Alienados no me satisface. Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y hermanos sabían que yo lo había hecho. Como es sabido, en las familias de mi clase, no se aceptan “inmoralidades”, por lo que mi madre se ocupó de enterrar muy bien el asunto. En ese entonces aún me encontraba en Alemania. En Berlín fui detenido por primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas. Nos encontrábamos allí en un viaje de negocios de mi padre, pero en realidad soy originario de Hesse, un estado que se encuentra en el centro-oeste de Alemania. Mi madre no tuvo forma de ocultar semejante aberración e inmediatamente después de este acontecimiento nos fuimos de Berlín. Fui detenido por segunda vez en Hamburgo, fue en ese momento que lo decidieron, me compraron un boleto de ida a este país. ¡Y qué gran dicha fue! Aunque tuviera que abandonar mi carrera de ingeniero por mi “enfermedad”, porque de otro modo no hubiese conocido a G. M.

De niño ya seguía las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre con miedo de que me adivinasen porqué las estaba siguiendo, y ante la primera oportunidad ¡Zaz!, mis tijeras cumplían su cometido.  Algunos días eran mejores que otros, y sin deparar en cantidades, al acostarme siempre tenía una sonrisa. En oportunidades, pensaba: habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando y besando los lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz. Como aquel niño descubierto por primera vez y, en este mismo momento al evocar el recuerdo, casi puedo sentir aquella sensación de excitación; el sudor escurriendo por mis genitales, y a la vida trascurriendo en esos cabellos incestuosos. También sepa disculpar, ya que en lo que escribo intento satisfacer aquel maravilloso cosquilleo. Solo un minúsculo mechón en el bolsillo puede hacer feliz a un hombre. Prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino, y ahora, bien adheridos a su cuero cabelludo, usted ya lo sabe, pero en estar condiciones…

Recuerdo a G. M., en realidad, a su abultada y larga cabellera rubia. La primera vez que la vi subía al tranvía de la línea a Villa Harding Green, su cabello abolió al atardecer ese día, entonces supe que estaba en el lugar correcto, nada en Alemania se le asemejaba, ni aquí en Argentina, era irreal. Bajamos en la misma estación, la seguí varias calles, el sol ya se había ocultado, y, sin embargo, su melena resplandecía como Helios conduciendo su carro por el cielo. Esperé que doblara por la calle de la vieja capilla, un lugar abandonado, y así lo hizo. En mi maleta traía las tijeras y otros artículos que diariamente trasladaba al taller de curtiembre en el cual trabajaba. Me saqué los zapatos y en la siguiente calle la arrinconé, la sensación en mis genitales se trasladó a todo el cuerpo, penetré su cabellera con mi nariz y tapé su boca con una bola improvisada de medias sucias, la até con unas sogas y me alejé para observarla, empecé a sentir que incomparable belleza no merecía ser cortada, entonces lo supe, mi “enfermedad” estaba curada. Me senté junto a ella, la mire, saqué una pequeña cuchilla y delimite todo el contorno de su cabellera.

 


Copyright©Natalia Belén Carballal Nogueira

Febrero, 2022.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.