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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Focalización

Consigna cuatro Escribir un relato a la manera de Faulkner en Mientras yo agonizo. Pensar en una situación de la que puedan dar cuenta varios personajes, como protagonistas o testigos. La situación debe desarrollarse a medida que el texto avanza gracias a los monólogos de los personajes que alternativamente narran desde su punto de vista en primera persona. Por ejemplo: la lectura del testamento de una mujer ante sus herederos. La situación puede estar relatada desde la mujer que antes de morir imagina la escena, por el abogado que lee el testamento, por alguien que entra circunstancialmente a servir café y a retirar el servicio, por los propios herederos. Extensión máxima: cuatro carillas, aproximadamente.  

 

Hernán 

Habíamos acordado reunirnos a las ocho de la mañana en el centro para de allí marchar (así dice Pablo, para mí es caminar por la calle). Los estudiantes íbamos a sumarnos a los maestros cuyo lugar de reunión desconocíamos. Eso había explicado Pablo en la asamblea en la universidad: no hay que darle información al enemigo. Para mí era todo nuevo, era mi primera vez. Cuando llegamos con Silvia ya había unos cuantos chicos que traían carteles y banderas. Empezamos a caminar/marchar como a las diez y habrán sido casi las doce cuando llegamos cerca de la casa de gobierno donde una fila de policías cortaba el paso. Y ahí empezaron a calentarse los ánimos. Primero con cánticos: “yo sabía, yo sabía, que a Facundo lo mató la policía”. Después insultos y pedradas. Entonces vi que había muchos más policías que parecían salir de debajo de la tierra y se sumaban a los que estaban primero. Y empezaron los estruendos. Al principio no entendíamos qué pasaba; vimos gente que corría, otros se tiraban al piso, o se caían, no sé. Con Silvia corrimos tratando de alejarnos de los disparos, corrimos, corrimos, hasta que no tuvimos más aire.


Catalina

Éramos varias personas desorientadas, molestas, enojadas. No sabíamos dónde tomar el colectivo porque el tránsito había sido desviado de su trayecto habitual por causa de una manifestación. ¡Otra vez cortando calles los docentes! Y nuestros hijos a la deriva, sin clases. Maestros eran los de antes que iban a trabajar en lomo de burro, con frio, calor o lluvia. Y daban clase en escuelas rancho o debajo de un árbol.  ¡Esos sí tenían vocación! Yo no digo que no pidan mejoras o que les paguen buenos sueldos, pero que no dejen de dar clase. ¡Ahora por cualquier cosa hacen huelga y salen a la calle! Y los perjudicados somos los ciudadanos que pagamos impuestos y no tenemos los servicios.


Roberto

Por disposición de la Superioridad, fuimos convocados para el operativo de seguridad y para garantizar la libre circulación en los espacios públicos. Esta orden fue impuesta a raíz del anuncio efectuado por algunos sindicatos y organizaciones sociales, que convocaron a una movilización masiva. No se descarta, según la información aportada por la brigada de investigaciones, que haya elementos extremistas infiltrados que puedan provocar hechos de violencia. Según lo aprendido en la escuela de cadetes nuestra misión es el mantenimiento del orden público, la preservación de la seguridad y la prevención del delito. Por eso, esta mañana una gran cantidad del personal de servicio de calle fuimos trasladados en los móviles policiales a la zona del conflicto. En la primera línea iban los antimotines, pertrechados con cascos y escudos, los de infantería fueron ubicados formando un cordón doble siguiendo las órdenes del oficial a cargo del operativo. Los demás quedamos en las combis a la espera de nuevas instrucciones. Ya nos habían fijado el objetivo: lograr que se disperse el grupo de manifestantes más revoltoso y para eso disponíamos del gas pimienta, el camión hidrante y, si era necesario, disparar balas de goma. Las armas reglamentarias las habíamos dejado en la jefatura, no teníamos armas de fuego. Para el cuerpo a cuerpo teníamos que usar las cachiporras. El suboficial nos señalaría los cabecillas de la protesta y eventualmente daría la orden de detenerlos. Pero no nos dijeron que la mayoría de los manifestantes serían mujeres y maestras


Josefa

Después de nueve días de paro sin respuestas del ministro, sin siquiera habernos convocado a una mesa de diálogo para escucharnos, habíamos decidido instalar una carpa en la rotonda frente a la casa de gobierno, a modo de protesta alternativo al paro. Para ello desde los sindicatos organizados en el Frente Docente convocamos a marchar en forma pacífica, como siempre lo hemos hecho. Los cánticos no debían ser provocadores para la policía. “Docente, marchando, también está educando”, “Se siente, se escucha, docentes en la lucha”. Desde distintos puntos de la ciudad la marcha debía confluir en la rotonda. Pero nunca llegamos. En los alrededores de la casa de gobierno, la ciudad estaba literalmente tomada por la policía que tenía evidentes órdenes de detener el paso de los manifestantes. La columna que sufrió la represión policial más dura fue la que venía del centro encabezada por estudiantes y partidos de izquierda. Ahí hubo heridos con balas de goma y también de plomo que recibieron los primeros auxilios en el centro de salud y después fueron trasladados al hospital. A uno de ellos, que tenía un balazo en el brazo, le extrajeron una bala de plomo que misteriosamente se perdió. Ya anocheciendo, seguimos buscando algunos compañeros, cuyo paradero desconocemos, en los hospitales y las comisarías.


Oficial Sarapura

A ver, cabo Mamani, escriba el parte de prensa: “A fin de garantizar la seguridad de los ciudadanos, desde este Ministerio hacemos saber a la población que no se ha autorizado para el día de la fecha ninguna manifestación, marcha o acto en los espacios públicos; que, por otra parte, no han sido solicitados. Recomendamos a la población permanecer en sus hogares o lugares de trabajo y atender a las indicaciones de las fuerzas de seguridad”. ¿Qué le parece, cabo? que tengamos que perder tiempo en estos revoltosos en vez de ocuparnos de lo que realmente importa. Esos que vienen marchando desde el centro son unos pendejos que se creen que están haciendo la revolución; a esos hay que aplicarles un buen correctivo así van a aprender a respetarnos. Y esto no significa que seamos violentos; hacemos nuestro trabajo, cuidamos a la sociedad, a los civiles; ponemos nuestra cuota de sacrificio, de esfuerzo y como tal merecemos el reconocimiento de la sociedad.


Periodista de la agencia ADS

Los docentes salteños que intentaban llegar a la Casa de Gobierno sufrieron una violenta represión por parte de la policía este lunes. En el medio de un conflicto que lleva varias semanas, el gobernador se niega a recibir al conjunto de educadores. Fuentes del gobierno minimizaron el episodio en que resultaron heridos varios docentes.

Cabe recordar que cerca del mediodía comenzaron los forcejeos entre docentes y personal de infantería que luego respondió con golpes y gases lacrimógenos. Además, en medio del disturbio y concentración de docentes se escucharon disparos al aire. Mientras continuaba el conflicto, el jefe de la Policía manifestó en declaraciones radiales que el uso del arma “fue preventivo y correcto” porque está dentro del protocolo.

Ante las fuertes imágenes de violencia contra maestras, desde diferentes partidos, organizaciones sociales y de derechos humanos repudiaron el accionar de la fuerza de seguridad. «Reprimir a los docentes por peticionar un salario digno es un acto criminal y vergonzoso».

Con el correr de las horas se supo que había ocho docentes detenidas y un número incierto de personas heridas que habían sido atendidas en la guardia del Hospital Central; dos docentes varones y tres mujeres quedaron internados en observación con traumatismos de distinta gravedad. No se pudo obtener información sobre un presunto herido de bala.

 


Consigna trece Seleccionar una de estas alternativas (“alfa” o “beta”):  

Consigna trece alfa: Relatar los hechos ocurridos en la tintorería de La casa de los relojes cambiando el punto de vista. El narrador, en primera persona, puede ser Gervasio Palmo, Nakoto, la maestra, la madre del niño o uno de los invitados a la fiesta. Es necesario instalar al narrador en una situación comunicativa que haga posibles sus palabras (por ejemplo, la madre cuenta a una vecina lo ocurrido, la maestra comenta la carta del niño a otra maestra de la escuela, uno de los invitados declara en la comisaría). Extensión máxima: dos carillas.


EL BAUTISMO DE RUSITO

Sí, señor comisario, yo estuve en la fiesta del bautismo de Rusito. Estaba todo el barrio. Fue una gran fiesta. En el patio de la casa habían puesto mesas y sirvieron una variedad de comidas y sobre todo mucha bebida, vinos y licores. Estuvo muy animada; hubo bailes y cantos.

Pero el centro de la atención fue Estanislao Romagán, el relojero. Todos lo conocíamos en el barrio, muy buena persona. Arreglaba los relojes de todo el vecindario, muchas veces sin cobrar. Y se bancaba las bromas de los chicos que siempre buscaban tocarle la joroba. Dicen que da buena suerte, ¿vio?

Bueno, parece que él llegó muy temprano y se ofreció para ayudar en los preparativos de la fiesta. Digo parece porque esto me lo han contado; yo llegué después. Se ve que Estanislao empezó temprano también a probar las bebidas. Cuando fuimos llegando los otros invitados, a todos les prometía arreglarle sus relojes. Cada uno que le pedía arreglar su reloj le convidaba una copa. Y así se fue poniendo alegre. No solo él. Muchos de los invitados estaban alegres.

Bueno, resulta que cuando Estanislao había bebido ya unas cuantas copas empezó a disculparse porque su traje estaba arrugado. Se ve que era un traje viejo que había desempolvado. Tantas veces repitió su disculpa que Gervasio Palmo, el dueño de la tintorería de la vuelta, se ofreció a plancharle el traje, lo que fue aceptado por Estanislao. Hubo aplausos y festejo por la iniciativa. Así fue que unos cuantos invitados, todos muy jaraneros, fuimos tras de Gervasio y Estanislao a la tintorería. A Estanislao hubo que ayudarlo porque tropezaba a cada rato y peligraba caerse en la cuadra de trayecto entre la fiesta y la tintorería.

Tras un amontonamiento de borrachines que pugnaban por entrar todos juntos al local tintorero Gervasio y Nakoto, su socio japonés, ambos también bastante borrachos, se dispusieron para la tarea.  Gervasio le dijo a Estanislao que no se sacara el traje, que se lo planchaba puesto y que, de paso, le iba a planchar la giba también, ¿cómo se le ocurre? Esto fue motivo de risas y aplausos.

Bueno, la cuestión es que Estanislao se acostó en una gran mesa, la que usan para planchar sábanas y cortinas y, en un instante, se quedó dormido. Nos dimos cuenta porque roncaba como los dioses. Otra vez festejos y carcajadas. Mientras, Nakoto trajo unos botellones con rociadores y Gervasio procedió a esparcir unos líquidos sobre la humanidad dormida de Estanislao, salpicándonos a los que estábamos alrededor de la mesa. Al toque se sintió un fuerte olor a algún químico que no pude identificar, como amoniaco o algo parecido. Y todos empezamos a lagrimear y a desesperarnos por salir a la calle a respirar aire puro;  otra vez nos amontonamos en la puerta, unos tosiendo, otros lagrimeando, algunos vomitando y tapándose la cara con un pañuelo. Cuando estuvimos todos en la vereda, a medida que nos íbamos recuperando,  caímos en la cuenta que Estanislao no estaba. Gervasio se puso como loco, volvió a entrar corriendo a la tintorería y desde afuera lo oímos gritar “Despierta, Estanislao, despiertaaaa…”.

 


Consigna catorce  Reescribir el cuento “Las hamacas voladoras” a partir de la expresión “sexto punto”, cambiando el punto de vista. El narrador debe estar en tercera persona y el focalizador puede ser el viejo o alguno de los personajes que están en las hamacas: la chica rubia, el hombre gordo, la vieja del sombrero.

Extensión máxima: dos carillas.


EL PELIGRO DE VOLAR

Cuando el crujido de la máquina lo alertó, el viejo dejó de prestar atención a la venta de boletos.  Algo andaba mal. Las hamacas volaban demasiado rápido. Con una mezcla de bronca y fastidio, se estiró para ver qué hacía el chico en la palanca de velocidades; pero solo vio su espalda inclinada, flaca y huesuda. Con inquietud creciente, dejó la boletería para ir a ver qué pasaba en las hamacas. Por suerte la gente no mostraba preocupación y seguía disfrutando de los mareos y el vértigo, girando en el aire con la sensación de volar. Tampoco los que observaban desde abajo daban signos de alarma.

El viejo seguía refunfuñando. Tendría que volver a ocuparse él de controlar la palanca, este chico es un inútil, cuantas veces le he dicho que no pase del sexto punto. Su enojo iba en aumento a medida que se acercaba al chico. Empezó a preparar el cinturón, era lo que ese estúpido merecía. No bastó que lo rescatara de la calle, que lo criara como a un hijo, que le enseñara todo lo que él era capaz de enseñar: el manejo de la máquina, cómo hay que engrasarla y ponerla a punto, y cómo ganarse la vida con ese oficio. En definitiva, le había enseñado a sobrevivir. Si bien es cierto que alguna vez le había dado un cintazo, era lo justo y necesario para educarlo, para enderezarlo a veces, para que aprendiera a obedecer cuando se le daba una orden.

Y mientras estos pensamientos giraban vertiginosos en su cabeza, las hamacas volaban más y más rápido. Ya había caras de preocupación en la gente; en algunos de susto. Volar se iba transformando en algo peligroso. El viejo sabía que después vendrían las quejas y no quería eso.

Trataba de entender las intenciones del chico ¿Quiere probar si es cierto lo que le enseñé? Que es peligroso pasar del punto seis. ¿Quiere desafiarme y ver cómo reacciono? Como sea, ahora tengo que detenerlo.

Con el cinto en la mano, se acercó al chico y empezó a descargar su furia sobre la espalda inclinada. ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loco? ¡Soltá esa palanca! ¿Querés matarlos a todos? ¡Yo te voy a enseñar, pendejo de mierda!

La hebilla del cinto dejaba su marca en la espalda enclenque; la remera vieja y gastada se iba tiñendo de sangre. Sin embargo, las hamacas volaban cada vez  más rápido, los crujidos de las cadenas se mezclaban con los gritos de la gente. Gritos desesperados. El chico, lejos de soltar la palanca, seguía subiendo los puntos. Siete, ocho, un gran crujido y las hamacas casi horizontales. Ya estaba por alcanzar el máximo de diez.

En sus veinte años de ganarse la vida con la máquina de hamacas voladoras nunca, nunca ha tenido un accidente. No puede creer que este pendejo ahora lo arruine todo. Ya no es enojo, es miedo lo que siente el viejo. Miedo a que su propia vida acabe junto con el fin de la máquina voladora. De pronto lo invade un profundo cansancio y no encuentra fuerzas para seguir descargando el cinto sobre la espalda ensangrentada. Ya no puede ordenar que suelte la palanca. Ahora suplica, cuando una sombra cruza el aire por encima de su cabeza.

 


Copyright©María Lapasset

Diciembre, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.