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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo XII El archivo del escritor

Consigna trece Escribir un relato a partir de una frase que provenga del discurso histórico, una frase hecha del tipo de las que se transcriben a continuación y de las que ya no sabemos si se dijeron o si son un mito o una invención, pero que siempre se las repite refiriéndolas a la relación entre una situación actual y una remota o descontextualizándolas. O bien escribirlo a partir de una imagen histórica fuertemente convencionalizada. Extensión máxima: 4 páginas.

Si Ud. elige partir de imágenes, les sugerimos algunas a continuación:

-El reparto de las cintas patrias, realizado por French y Beruti, el 25 de mayo de 1810.

-La imagen de la madre de Sarmiento en el telar, debajo de la parra.

-La imagen de Manuel Belgrano sobre el fondo del cielo que le inspirara los colores de la bandera nacional.


ÑA PAULA, UNA MUJER

Doña Paula se mueve con soltura por la casa, su patio soleado y su huerta. Ya conocía todo el solar, desde muy niña había habitado esas tierras y era parte de la misma, de su historia, del barrio de Carrascal en su linda San Juan. Su infancia le pertenecía, rodeada de sus hermanas supo conocer el perfume del lugar que la cobijaría a lo largo de su vida. Desde siempre colaboró con su madre en todos los quehaceres, se destacaba por su dedicación y apego a las tareas cotidianas. Cuando quedó huérfana heredó la tierra y a ella le dedicó su juventud. Se convirtió luego en una mujer alta y delgada, esbelta quizá, con sencillez en el vestir y donde la pobreza se ocultaba en su delicada silueta. Construyó con sus manos su casa de adobe, techos de caña y palo, ayudada por dos esclavos que le habían cedido sus tías. A los veintitrés años ya mostraba su fortaleza y capacidad para realizar trabajos, que no eran propios de una mujer en esa época. Al poco tiempo conoció a Clemente Sarmiento con quien se casaría y formaría una familia, y con él se fueron a vivir a esa casa.

La higuera en el patio era la figura que se imponía, ella representaba la historia de doña Paula. Bajo su sombra estaba el telar y ahí se conjugaba la vida, donde sus hábiles manos, llevando la lanzadera de algarrobo heredada de su madre de un lado a otro, tejían las mantas, los ponchos, los que luego eran vendidos a vecinos y conventos del lugar para vestimenta de los monjes. Era el sitio que aunaba todos los esfuerzos y en esa sombra generosa se tejían sueños y con el fruto de las ventas se solventaban todos los gastos de la familia.

No estaba sola en esta faena, contaba con la Toribia, que era una zamba aliada y amiga, que había sido criada en la familia. A ella confiaba sus pesares y alegrías, era incondicional y sabía que representaba mucho en su vida.

La existencia de doña Paula no había sido fácil, Domingo, el único varón, era su orgullo y su amado hijo. Él sentía adoración por su madre y resaltaba siempre sus virtudes que la enaltecían, por su capacidad de entrega en cada acto de su vida. Pero quizá una sombra no visible sobrevolaba el interior de esta fuerte pero frágil mujer. Todos veían una parte de ella, la que demostraba coraje y poder, pero había una persona que supo verla en su verdadera condición.

Un día cualquiera, a la hora de la siesta, bajo la prodigiosa sombra de la higuera, sentadas una frente a la otra, y con unas sabrosas semitas para compartir, elaboradas por la mano eximia de la Toribia, se enlazan en un diálogo íntimo ella con doña Paula.

—¡Ay, Toribia! ¡Mi querida criada y amiga! ¡Qué hubiera sido de mí sin tu ayuda! Te confieso que mi vida fue difícil, he luchado mucho para mantener toda la familia y dejé mucho en el camino.

—Ña Paula, yo la conozco desde que no sabía ni caminar.

—He tenido quince hijos, solo cinco me han quedado, el dolor me ha atravesado muchas veces, pero lo he resguardado para que nadie lo viera.

—Ña Paula, yo le he secado las lágrimas más de una vez.

—No ha sido fácil la vida con Clemente, a él no le importaba si yo quería aceptarlo o no, cuando llegaba con su necesidad marital.

—Usté como yo tuvimos muchos hijos, sin que nadie nos preguntara nada.

—Sí, Toribia, yo tenía el cuerpo dolorido y mi corazón roto, por cada uno de mis hijos que iban partiendo.

—Ña Paula, yo sé de su dolor, cuando teníamos que despedir a cada angelito que se nos iba.

—Tengo una libreta de anotaciones con el nombre de cada uno de ellos y el día y la hora en que nacieron y nos dejaron.

—Yo estaba junto a usté en todos los momentos, pero usté quería a su marido.

—¡Clemente! ¡Clemente! No has sido un buen compañero, fuiste arriero, peón, nunca estabas en casa, esa que yo construí con mis manos, sé que luego fuiste un buen soldado, pero nosotros te necesitábamos.

—Sí, ña, yo le pedía a la virgencita, esa que usté me regaló, que lo traiga al patrón, pero ella no me escuchaba.

—Mis brazos usados con la lanzadera en el telar y con el trabajo de la huerta hicieron que mi pobre cuerpo, huesudo y gastado, ya no pudiera más, pero yo no me permitía que me vieran floja.

—Y su hijo, al que usté tanto adora, pero no lo tiene, no lo puede abrazar, siempre lejos.

—¡Él es un gran hombre! Y siento pleno orgullo de que sea mi hijo, fue mi obra perfecta y por él valen todos mis esfuerzos.

—¡Ña Paula! Cómase unas semitas, están recién hechitas, eso le va a hacer bien.

Ya empieza a caer el crepúsculo, el silencio va cubriendo el paisaje y el calor de la tarde va cediendo; un panorama diferente se apropia del espacio y un tinte dorado ilumina ahora las caras de las dos mujeres, que hasta hace unos instantes se mantenían tensas con la emoción y la nostalgia de la confidencia compartida.

Doña Paula se arropa con su poncho preferido y deja desfilar ante ella las imágenes de su vida, su niñez, su juventud, y quiere retener aquellos momentos perdidos en el tiempo, donde era feliz y deseaba inventarse una vida. Ella sabe de ácidas mieles, las que hieren y lastiman y que cubren de un falso manto de virtudes y alabanzas, pero que cuando se descorre el velo, queda al descubierto la verdad, la que no puede ocultarse, aquella verdad profunda que no está construida desde la apariencia, sino con el dolor y el peso de una vida gastada y de entrega total, donde la lucha diaria se valora y se destiñe y se desdibuja el deseo y la auténtica felicidad. La verdadera mujer queda oculta, escondida, bajo un manto de fortaleza, de falsa heroína, queda latente, esperando que la vida le dé la oportunidad para poder ser ella. Se pone de pie, estira su mano hacia su amiga la higuera, y alcanza con ella su fruto, que al llevarlo a la boca la colma de placer y deleite, espera que algo ocurra, hasta que los higos se conviertan en brevas nuevamente y que su vida al igual que ellos sufra también una transformación.

 


Consigna catorce Optar por una de las consignas que se proponen a continuación ("alfa" o "beta" o "gama"). Extensión máxima: 3 páginas. 

Catorce beta Escribir un relato a partir de las notas periodísticas que se transcriben a continuación. Al final de ambos artículos se ofrecen algunas sugerencias.


LA PIEDAD

Siempre le había interesado la historia, desde que iba a la escuela le atraían los personajes que libraban batallas y las epopeyas heroicas; se metía en la narración de los hechos y soñaba con ellos, se imaginaba ser uno de los protagonistas donde el valor y el coraje lo hicieran vencer en cada enfrentamiento. A medida que iba creciendo lo seguía acompañando ese deseo de saber más, de averiguar, de sondear en el pasado, de desentrañar las huellas que iba dejando el tiempo. Y es así como llega a ocupar un lugar en el Archivo Histórico, donde se cumplirían sus sueños de investigador, tendría acceso a la documentación y contacto con aquel material que tanto anhelaba. Su mirada curiosa vagaba y recorría todos los acontecimientos, yendo desde los episodios más cercanos a los más lejanos; es ahí donde se apasiona con la primera y segunda guerra mundial y se concentra en ellas. Buscaba textos, testimonios, fotografías, diarios, noticias, que trataran el tema, hasta que un día descubre un registro de notas de periódicos, donde lee un informe que atrae toda su atención, en él se hablaba de un tal Henry Tandey, soldado británico que luchó en la primera guerra mundial y que fue condecorado con la Cruz de la Victoria por su valiente participación. En la noticia resaltada, se daba cuenta de que este soldado sirviendo al Quinto Regimiento Duque de Wellington, en el pueblo francés de Marcoing, el 28 de setiembre de 1918, tuvo en la mira a un soldado alemán, herido y cansado, a tal punto que no intentó huir del rifle que lo apuntaba. Decidió no disparar en un acto conmiserativo percibiendo que al soldado alemán ya no le quedaban fuerzas. Con el tiempo se descubrió que ese soldado sin nombre sería Adolf Hitler. Esa noticia significó un desafío a todo su conocimiento y un único y persistente objetivo se instaló en él, tenía que desenhebrar el hilo de la trama, descubrir los intersticios del camino recorrido por los personajes que poblaban este suceso. En esta voraz búsqueda, descubrió casualmente un manojo de cartas dentro de una caja de documentos en un estante olvidado, habían quedado arrumbadas en un rincón, ocultas, misteriosas, como representando la vergüenza de aquello que no debería haber sido, que nunca tendría que haber existido; se vinieron a presentar como testimonio de un hecho verdadero, dejando constancia de la veracidad de lo ocurrido. Alguien anónimo las habría acercado al Archivo, algún descendiente o estudioso cronista tal vez, que no quisiera ser protagonista, pero sí dar validez a través de la correspondencia epistolar, cuyos sellos y fechas daban fe de su auténtica y dolorosa realidad. Con las cartas en sus manos, no podía creer lo que estaba leyendo, él era ahora una parte también de la historia, se estaba llegando a descubrir el entramado de su obsesión. Estas cartas desteñidas por el paso de los años olían a pasado, a espacios recorridos. Algo en su interior le hizo presentir que estaba muy cerca de encontrarse con grandes revelaciones.


Londres, 13 de mayo de 1965

Sr. Henry Tandey:

Usted no me conoce, pero me voy a presentar a través de mi historia personal, que no es más que la misma de millones de personas que vivieron situaciones similares a la mía. Rastreé durante años la vida de quienes me hostigaron, a mí y a mi familia, quise saber qué espíritu diabólico manejaba esas almas, quise saber qué era la crueldad, la maldad, qué era el odio, si se podía oler, palpar, si tenía color, si surgía espontáneamente o se preparaba en forma meticulosa con las peores armas que tiene el ser humano. Yo no lo conozco, nunca lo vi, pero sé de su existencia, de su acto de piedad que tuvo con un soldado al que le perdonó la vida, y ese acto de misericordia equivocada, que tuvo en ese instante, hizo que cambiara el mundo, modificó el trayecto de la humanidad, distinto hubiera sido el destino de los pueblos si ese gesto hubiera sido otro, el infierno no hubiera existido. Sr. Tandey, ese soldado al que usted perdonó en la primera guerra no tuvo piedad con el género humano, caímos en agujeros infinitos, quedamos convertidos en nada, solo éramos objetos de destrucción, no existía la compasión, esa que usted sintió por ese soldado anónimo, que luego se convertiría en ese ser temible que manejó el poder en una forma inhumana. Yo solo era una niña de diez años cuando junto a mi hermana, nos trasladaron al campo de exterminio alemán de Auschwitz, nos arrancaron de mis padres y nunca más los vimos. Yo sobreviví por la música, tocaba el chelo en la orquesta de niñas del campamento, ese fue el legado que me dejó mi madre que era concertista de piano. Pude sobrevivir pasando hambre, angustia, dolor, viendo la muerte como una forma de juego pertinaz. Hoy soy lo que quedó de ese hueco negro, soy sobreviviente de una guerra impiadosa, tengo los olores pegados a mi piel, y los sonidos no los puedo apagar, retumban todavía dentro de mí. Quiero que sepa que no tengo odio, el odio es un veneno, los flashes de la guerra hoy sé que me van a acompañar por siempre, pero también sé que debo dejar mi testimonio de lo vivido. Yo no estoy para juzgarlo, solo sé que un acto piadoso no siempre lo es, a veces puede convertirse en el peor pecado cometido.

Es necesario bendecir a Dios, tanto por el bien como por el mal.

Se despide.

Anita Laske

 


Coventry, 13 de julio de 1965

Estimada Anita Laske:

Deseo darle respuesta a su carta que tanto transmite y de la que yo he sido protagonista involuntario de su historia de vida. Le diré que no ha sido fácil mi camino, que mis días han transcurrido entre la culpa y el remordimiento. De aquel soldado joven, temerario, que tenía ideales y que luchaba por su patria, solo quedan vestigios. Mi mano no podía alzarse contra un ser desarmado e indefenso, y ese hecho ocurrido en 1918, cuando nos trabamos en combate con los alemanes, en Marcoing, en el frente francés, y en el que perdoné la vida a un soldado alemán, marcó mi vida. En ese momento creía en la piedad, decidí no disparar mi rifle y él no tuvo fuerzas tampoco para huir del mismo. Es recién en 1940 cuando descubro a quién había salvado. Ya en Coventry, trabajando en una fábrica de automóviles y viendo que la ciudad era bombardeada diariamente por las fuerzas armadas de la Alemania nazi, donde morían mujeres y niños, pedí perdón a Dios por haberlo dejado con vida. A partir de ahí perdí el sentido de la existencia, se acumulaban en mí sentimientos de odio, desesperación, desprecio, ira; recurrí a un amigo aliado, el alcohol, en él encontraba el refugio para calmar mi culpa. Una angustia pesada y caótica se me había instalado como un merecimiento de castigo. Fui culpable por un pecado cometido no a sabiendas y esa culpa con la que transité fue mi juez más implacable. Me autocastigué por no haber realizado alguna acción que debería haber hecho. Permanecí sujeto en el pasado, quería ser moralmente recto, intachable en mi actuar, pero quedé preso dentro de mí y me condené. Quizás suene excesivo, tal vez como forma excusatoria todo lo que expreso, pero sepa usted que yo también fui víctima de esta guerra.

“Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”.

Con todo mi arrepentimiento.

Henry Tandey

 

 

Una vez leídas las cartas, el joven historiador siente que cumplió su objetivo, que su investigación no fue en vano, que ya forma parte de este suceso, que ahora se puede cerrar una etapa que contaría con detalles aquello que pudo haberse evitado, que el infierno no hubiera existido si el soldado inglés no hubiese tenido un acto piadoso. Queda esta acción para ser juzgada por Dios y por los hombres.

 


Copyright©Stella Maris Pardo

Septiembre, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.