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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TEC El cuento. Técnicas de escritura

 

(TEC) Módulo V El cuento, su estructura

Consigna C1 Reescribir A la deriva en primera persona (desde el punto de vista de cualquier personaje) y observar cómo se altera la historia. Justificar. (Máx. 1 pág.)


Me contó Dorotea que Paulino murió en el bote, en soledad, bajando por el Paraná, cerca de Tucurú-Pucú. Qué desesperación ha de haber tenido el hombre, solo por esos lugares agresivos no se anda, y menos con la picadura de una yararácusu en la pierna. El veneno lo mató, calculo, en poco menos de tres horas.

Y yo que ando por estos montes salvajes con machete y pistola, igual que todos en la zona, igual que mi compadre Paulino; porque no es cosa de andar sin nada con que defenderse de los pumas, gatos, yacarés, serpientes, y hasta a veces algún que otro mono medio loco. Ya ves que de nada sirve todo esto, más vale tener unas botas de caña larga y no dejarse picar por una ponzoña, ya ves cómo mata, ya ves…

Me contó Dorotea que el hombre una vez picado pedía caña, y le daban caña, vaso tras vaso que él tomaba como si fuera agua, y la sed le secaba los ojos que ya le hacían presión saliendo de la cavidad, más el susto que tenía, se le deformaba la cara; y la pierna como una morcilla, lo negro de la gangrena lo hizo sacudir de la impresión y vomitó. Pobre Paulino, nadie está a salvo de estos peligros, Tupa Ñandejára no quiera esto para mí.

Ya la locura estaba metida en su mente, correr hacia la canoa, remar hasta el medio del río Paraná y abandonarse a la corriente río abajo con la esperanza de llegar a la ribera de Tucurú-Pucú antes de la puesta. Todo esto pasaba, la desesperación del hombre digo, mientras yo descansaba en el chinchorro que me había regalado míster Dougald, el patrón de la estancia donde solíamos trabajar juntos. Pobre Paulino, que orgulloso que es, que fue. Hacía rato que no nos hablábamos, distanciados por pequeñeces, tonteras que ocurren entre tragos de caña que aligeran palabras y se agotan en reñidas pasadas.

Me invade un pensamiento recurrente, que el hombre ha de haber pasado a la deriva por la costa de mi rancho, medio desmayado, asustado, terroríficamente asustado, mientras el sol tardío reflejaba el agua en ondas naranjas, y una de esas ondas, tal vez, era el bote de Paulino, y no lo vi, medio dormitado que estaba.  Si tan sólo me hubiera pegado el grito desde la canoa, yo lo hubiera escuchado y hubiera ido en su rescate.

 


Consigna C3 Escribir un relato que comience con la siguiente frase: "Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver". Dé predominio a los acontecimientos y que el comienzo sea el final de la historia (analepsis). (Máx. ½ pág.)


Cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver. Ya habían devorado sus partes blandas, no quedaban rastros de nada, excepto un trozo de la tripa descompuesta; estaba vacío por dentro.

La pericia no supo dilucidar la causa de la muerte, y como el viejo vivía solo, en una casa con sus perros, nadie reclamó herencia y quedó en el olvido.

Les voy a contar cómo lo hice. Era la hora de la siesta de un domingo de verano, entré por la puerta del patio, que siempre la veía abierta desde el tapial lindero a mi casa. Los perros no ladraron, estaban adormecidos bajo la sombra de un árbol viejo. Sin pensarlo y con la fiebre de una venganza caliente, hundí el cuchillo en la garganta del hombre dormido. No hubo forcejeo. Inmediatamente abrí su panza de punta a punta.              Los perros, hambrientos, hicieron el resto del trabajo y se lo tragaron completo. Llamé a la policía desde su teléfono fijo procurando no dejar marcas dactilares. Al cabo de un rato ya estaba en mi sofá, mientras escuchaba la sirena del automóvil. El policía entró por la puerta que da a la calle, que estaba abierta, y cuando se acercó, se dio cuenta de que los perros estaban junto al cadáver.

 


Consigna C4 Escribir un relato que presente alguno de estos conflictos (Máx. 1 pág.):

-Personaje contra el destino.

-Personaje contra su propio instinto.

-Personaje contra la máquina.


DESTINO DE UN TORERO

El morenito Vallejuelo, así es como le decían en las rondas de provincia, quería demostrar ser más valiente que aquel toro enfurecido y entrenado para matar.

En la tercera ronda, con la muleta en la izquierda y después de aguantar tarascadas y gañafones, el toro le clavó un pitón en la pierna izquierda y se lo echó al lomo con el esfuerzo de una pluma. La herida comenzó a sangrar a chorros gruesos mojando la media y la alpargata, el público gritaba desde sus gradas: “salven al torero”, mientras los charcos de sangre en la arena dibujaban penitas de gloria. El morenito, que de estas no tenía ninguna, se le transformó la cara de dolor y pensamientos. Si uno pudiera entrar en su mente, donde imperan otras reglas que el tiempo desconoce, vería un enredo de frases e imágenes inconclusas causadas por el temor a la humillante muerte, destino inoportuno en una demostración de gala. Él tendría que ser el matador y estaba siendo ajusticiado por el toro. Sucedían imágenes de toda su vida como descargas eléctricas continuas: la cara de su padre desde la cabecera de la mesa del comedor, de su madre cantando canciones de cuna, de sus abuelos maternos cuando le impusieron el destino de torero; otra imagen de su maestro en los años de entrenamiento siempre recordando que uno puede más de lo que cree; y Florentina, su amada compañera de vida, en el día que la conoció frente al escaparate de la heladería del pueblo, con su largo vestido de verano y sus zapatos de charol. Y entre tanto recuerdo la cosa se ponía tensa: salvarse de una fatalidad inminente pidiendo auxilio o demostrar el coraje que infunde el linaje de la sangre torera; más lo recordarían como un hombre que luchó haciendo lo suyo. Cuántas veces pensando que esto podía pasar y armando triquiñuelas piadosas para poder zafar. Pero nada de eso sucedió esa tarde.

Desde las gradas se veía al hombre lidiar con su fortuna, quitándose de encima a los compañeros que querían llevarlo a la salita de emergencia, era evidente que se negaba a dejar el ruedo mientras no matara al toro, solo pudieron colocarle un torniquete debajo de la ingle para que no se fuera en sangre.  Mientras tanto los picadores corrían al animal intensamente furioso para distraerlo de morenito, que ya se subía las medias encarando el ovalo central.

El hombre tiene veintiséis años y veinte minutos para salvar su vida antes de morir desangrado. La acción debía ser rápida y certera, para luego ser trasladado al hospital más cercano. Después la lucha fue reñida y dura, el toro topaba con todas sus fuerzas la muleta roja que el torero dominaba con elegancia, disimulando la renguera. El público volvió a agitar su orgullosa sangre española gritando oles tras oles. Al cabo de quince minutos la partida ya estaba domada. El morenito, a esta altura de restos pálidos, clavó la estocada final con el porte y la gracia de los expertos. El toro cayó muerto a sus pies. La ovación continúa hasta estos días.

Los aplausos retardaron la salida del pálido, que caminaba con los brazos levantados hacia el box principal donde lo esperaba una ambulancia.

El tiempo, que aquí es objetivo y realidad, no alcanzó. Morenito murió desangrado en el camino hacia el hospital. 

Al cabo de unos años ya nadie recordaba su muerte, pero sí la valentía con la que combatió para dar el mejor de los espectáculos que se tienen memoria hasta el momento. Por eso en su epitafio se lee: “Aquí yace un torero que decidió cómo quería ser recordado”.

 


Copyright©Federico Cura

Julio, 2021.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor.