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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Iniciación a la Escritura Literaria

 

(TIEL) Módulo IX  Una escritura palimpsestuosa

Consigna veintiuno Elaborar un nuevo relato, cambiando el final, o algún otro elemento, de “Hombre de la esquina rosada” de Jorge Luis Borges. “La noche boca arriba” de Julio Cortazar o “El perjurio “ de  Adolfo Bioy Casares con el fin de darle un nuevo significado a la narración. La idea es que la nueva versión se oponga en algún aspecto al texto original elegido para hacer el trabajo. Extensión máxima: 2 ½ carillas.


LA MUJER DE LA ESQUINA ESTRELLADA

Detrás de la ventana de una de las doce torres del barrio, se escondían las caras asustadas de un grupo de chicos, buscaban refugio entre las sombras y se protegían contra las paredes. Las bandas se habían instalado en el barrio desde hacía algunos años y ya nada era lo mismo. Solo una palabra circulaba de boca en boca: miedo. Sonaba pastosa, agria, oscura, se metía dentro del cuerpo y te daba pinchazos que te hacían doblar, ya que por algún lugar o resquicio desaparecía toda la fuerza que tenías. A la noche se escuchaban los tiros, el silencio y la quietud eran parte de una vida pasada. Rosendo Juárez era el jefe de los narcos de una histórica banda, que llegó a nuestro barrio Padre Mugica para comerciar la droga.

El hombre andaba siempre calzado, ostentaba sus armas sin pudor, su presencia era intimidatoria. Usaba collares y tenía un reloj de oro brillante en su muñeca derecha que lo lucía como un trofeo, sus pasos resonaban en el piso y aquel que escuchara su voz no podía olvidarlo jamás. Manejaba todo el poder. Rosendo decidía todas las acciones. Los jóvenes soldaditos solo obedecían sus órdenes.

Los enfrentamientos eran parte del paisaje, se convivía con ellos, se respiraba ese aire viciado, mezcla de basura, pobreza, dolor, peligro, muerte.

Los clientes llegaban cada noche para hacer ese trueque misterioso, ese pase de mano que los transportaría a otro nivel. Algunos llegaban con el límite de sus fuerzas y otros solo eran parte de una cadena interminable de compra y venta de drogas. Las peleas más comunes eran entre dealers y ladrones. Todos debían estar atentos y controlar si había un infiltrado.

Yo me ocupaba de cuidar a mis hermanitos menores cuando volvía de la escuela, la vieja siempre me decía que no los deje solos, y que nos escondiéramos rápido si escuchábamos tiros. Esa tarde me quedé mirando cosas de toda la vida, la calle convertida en basural, el perro enflaquecido y mugriento escarbando entre los despojos, las rejas de la ventana cubriendo la vida, los chicos corriendo y pateando una lastimosa pelota que giraba, daba vueltas entre sus pies, y yo pensé que era apenas otro fantasma nacido entre las ruinas y las flores marchitas de la tierra seca. ¿Qué iba a salir de esta mugre, de esta porción de patria olvidada, sino un ser como yo, soldado de nadie, servil de la miseria humana, un eslabón en la cadena?

Una mañana cualquiera, de un día cualquiera, apareció de pronto como una figura imponente un tal Francisco Rearte, venía escoltado por un grupo de hombres armados provenientes del vecino barrio Bermejo. Metía miedo el solo mirarlos, lideraba una banda criminal más peligrosa y desafiante que la que pertenecía al barrio. Se perfilaba una guerra narco. Habían preparado un bunker donde se instalarían y desde esa base comandarían todos los operativos. Ya empezaba a circular el rumor que correría sangre, se vislumbraban brutales combates entre ellos.

Las peleas fueron aumentando, el terror cubría las calles, los aguantaderos se colmaban de bandas temibles. Los pichones, como los llamaban a los adolescentes, tomaban pastillas, aspiraban paco y vendían la merca que ofrecían los traficantes. Las amenazas a los chicos para convertirse en soldaditos eran un tema recurrente, pero todos los habitantes del barrio estaban paralizados, amenazados de muerte, nadie abría la boca, hasta que un día, alguien valiente, la Celsa, desafiando al poder los denunció. Por supuesto cuando se enteraron empezaron las represalias y se produjeron violentos hechos. El perro de la mujer se largó a correr y escapó de la casa, la Celsa salió a buscarlo y cuando lo encontró se cruzó con un grupo de hombres armados que sin mediar palabras le dispararon a la mascota y la hirieron. La mujer que siempre llevaba por las dudas un cuchillo de cocina entre sus ropas para usarlo por si acaso, lo sacó rápidamente y se lo clavó en un ojo a uno de los secuaces que cayó redondo frente a todos, en esa esquina donde la mujer siempre sacaba a pasear a su perrito.

La policía ingresó tras los tiroteos y las protestas. Los vecinos aplaudieron su llegada, se veían todavía tachos de basura y gomas prendidas fuego como señal de reclamo. Los policías recorrieron toda la zona, buscaron por todos los rincones, rastrearon todos los escondites, no había rastros de nada, todo había desaparecido, para eso estaban los pichones, eran los encargados de avisar si llegaba la yuta. La gente incrédula no podía entender que todo se hubiera hecho humo, que no hubiera señales, se había limpiado el escenario, como si un gran telón hubiera bajado y tapado todo, dando por finalizada la obra.

La policía permaneció cuarenta y ocho horas en el lugar, revisando, inspeccionando, dando vuelta todo. Los perros ladraban con un grito lastimoso, los chicos excitados se asomaban tras las ventanas y las mujeres y los hombres cuchicheaban y salían a dar información a la policía. Cuando consideraron que ya no había nada más que buscar, y pensando que habían huido del lugar, abandonaron la zona.

A los pocos días, ya con el barrio tranquilo, un grupo de chicos sale a jugar a la calle con la pelota, se sienten dueños del potrero de nuevo, de ese espacio que les había sido robado, volvían a ser felices, se escuchaban sus risas, y andaban a los empujones y a los brincos. De pronto la pelota se escapa de los pies de uno de los chicos, otro la patea fuerte, sale del límite de la cancha, va rodando hacia los pastizales junto al arroyo que circunda al barrio, y ahí nomás, ahí cerquita, con un olor hediondo se ven dos cuerpos ensangrentados, sin vida, los chicos salen disparados, corren a avisar lo que acaban de descubrir.

Confirman que son los cuerpos de Francisco Rearte y Rosendo Suárez, uno de ellos todavía tenía su reloj de oro brillante. Los investigadores coinciden en que fue un duelo con armas de fuego.

El fin estaba a la vista, Y yo, a partir de ahí, emprendí un nuevo camino.

 


Consigna veintidós delta Tomar un mito griego (Prometeo, los argonautas y el vellocino de oro, Fedra, Medea, Electra, Edipo, etc) y escribir una versión en la cual se “traicione” algún aspecto de su historia o de su ideología. El relato puede hacerse a partir de un solo punto de vista narrativo o de varios que polemicen. Por ejemplo, contar la historia de Jasón y los Argonautas desde la perspectiva de Medea que ya anciana recuerda las atrocidades que debió cometer obligada por la ambición de su prometido, y la de éste, Jasón, que pinta una Medea capaz de cualquier cosa debido a su locura. (Extensión máxima: dos carillas)


JASÓN Y MEDEA

Te vi apuesto, alto, de armoniosa belleza, con la fuerza poderosa de un héroe. Venías en busca del vellocino de oro, símbolo de autoridad y realeza. Querías ocupar tu lugar en el trono, tu tío Pelías había sido desleal, había usurpado el sitio que te correspondía y te había impuesto esa tarea como prueba para recuperarlo. Hiciste un largo camino, una gran epopeya para reconquistarlo, era una tarea imposible de llevar a cabo, pero tu coraje y decisión te trajo hasta acá.

Yo, Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquida, te digo que traspasaste mi corazón por los dardos de amor de Eros, te proporcioné pociones y ungüentos mágicos para que pudieras lograr tu misión. Te convertí en invulnerable al fuego y te doté de una fuerza sobrenatural. Tenía los poderes de sacerdotisa, había aprendido los principios de la hechicería junto a la maga Circe y deseé que pudieras cumplir con el desafío que te impuso el rey Eetes, que era uncir dos bueyes que exhalaban llamaradas de fuego y arar un campo con ellos y luego sembrar en los surcos los dientes de dragón que te entregó. De cada surco y de cada diente surgió un soldado esqueleto fuertemente armado y cuando fueron varios arrojaste una gran piedra y lucharon entre sí para hacerse de ella hasta la muerte. Tú, Jasón, acabaste con los que quedaron en pie. El rey se enfadó y se negó a cumplir con el trato. Los guié hasta el bosque donde se escondía el vellocino de oro y les dije a los argonautas que para evitar ser hipnotizados no miraran a los ojos del guardián, una serpiente enorme que jamás dormía; mediante unas hierbas especiales y a través de poderes hipnóticos logré dormirla y ahí pudiste tomar el preciado trofeo.

¡Cuántas cosas hice por ti Jasón! Pero no siempre me fuiste fiel, no siempre respondiste a mi amor. Prometiste hacerme tu esposa y llevarme a tu expedición, pero en el viaje una gran flota al frente de Apsirto, el hijo mayor de Eetes, comenzó a perseguirnos y cuando nos alcanzó, tú me traicionaste, acordaste con él entregarme a cambio de continuar el viaje con el vellocino.

Tú, Medea, en tu locura me obligaste a matar, usaste tus estratagemas para lograr tu cometido, asesiné a traición a tu hermanastro y arrojé su cuerpo en múltiples pedazos al mar. Tu padre recogió uno por uno los restos de su hijo, y nosotros pudimos escapar de su furia. Tus dotes de embrujadora me alcanzaron y en las noches convulsas, se me aparece una y otra vez tu figura de hechicera unida al cuerpo destrozado que lancé a las aguas.

Yo, Jasón, hijo de Esón y Filira, reyes de Yolcos, me arrojé a una aventura al alcanzar la madurez regresando al reino para hablar con Pelías, pero el oráculo lo había prevenido contra un hombre calzado con una sola sandalia y era así como yo había llegado. Tú, Medea, desconoces las distintas etapas que pasé y sufrí. Accedió a entregar el trono, pero antes debía cumplir una misión, traer el vellocino de oro. Es ahí cuando me dispongo a realizar la expedición y a construir la nave Argo en honor a su constructor Argos. Los argonautas y yo como jefe de la misma partimos. Pasamos por la isla de Lemnos habitada solo por mujeres, llegamos a Samotracia soportando tempestades, monstruos marinos que aparecían en las aguas, criaturas desconocidas, fantásticos pájaros de fuego, dragones, gigantes con serpientes en las piernas, alucinaciones que persistían de día y de noche, hasta que llegamos a la Cólquida, agotadas casi nuestras fuerzas.

Jasón, tú cuentas tus proezas, aunque te recuerdo que cuando llegamos a Yolcos de regreso y viendo que Pelías se negaba a entregarte el trono que tanto anhelabas, a pesar de que habías cumplido con éxito lo cometido, me caractericé como una anciana sacerdotisa y conspiré para que fueran los propios hijos de Pelías los que acabaran con él. ¿Te acuerdas que luego de ese magnicidio tuvimos que huir y partimos hacia Corinto? Allí vivimos diez años, sin embargo, otra vez me engañaste, decidiste abandonarme para unirte con Creúsa, hija del rey Creonte, y yo me vi obligada a cometer un acto cruel e hice que las llamas la consumieran en su propio manto junto a su padre, y me impulsaste por tu dolorosa traición a matar a nuestros propios hijos.

Medea, fuiste cruel, la locura te envolvió, tuviste que huir, buscaste refugio donde no lo encontraste, tu belleza se vio opacada tras errar sin rumbo buscando protección. Tus poderes iban desapareciendo, tus artimañas disminuían a medida que avanzaba el tiempo. Fuiste acusada de cometer horribles crímenes y de brujería. Huiste, ese fue tu destino, no tener paz. Cuentan que te vieron por Italia buscando amparo para tu cuerpo y tu mente alterada.

Medea, me estoy muriendo, he caído en el olvido, recuerdo viejas gestas de juventud, me siento por las tardes al lado del Argo que traje a Corinto. Pudimos ser felices, pero la ambición, el poder y la locura jugaron con nosotros. Ahora comprendo que todos los actos que cometiste fueron por amor, en todos ellos estoy involucrado, y sin quererlo fui responsable. Siento el fin, un trozo del casco cayó en mi cabeza, ya me voy yendo, ya se apaga mi vida, los recuerdos van desapareciendo, ya no existe Quirón, ese viejo centauro que me ayudó y me entrenó para ser un héroe Ya me vienen a buscar los viejos soldados, los argonautas me rodean y van con sus remos dibujando figuras en el agua y yo me mezclo en la espuma que levantan y un último suspiro me acompaña.

 

 


Copyright©Stella Maris Pardo

Junio, 2021.  Todos los derechos reservados por su autora


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autora.