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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

LITERATURA E ÍCONOS
Tarde de domingo

borges-5Tarde de domingo, cielo amenazador, lecturas varias.  Un libro me elige. En él hay un otro, no cualquier otro, sino aquel que escribió “yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”; el mismo que en una primera persona, sin eludir la autorreferencia, confesaba “[…] cuando la suerte nos desate de / la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.”.
Desde su muerte, se han multiplicado las reediciones de sus obras, le han atribuido declaraciones espurias o citas que jamás pronunció. Seminarios y conferencias se ocupan de analizar el Borges que sigue inquietándonos con sus textos. El otro Borges al que le gustaban los relojes de arena, las etimologías, estar entre otros para conversar, el paso del tiempo lo ha dejado en la memoria de unos pocos. Sólo aquellos que hemos conservado casi todos sus libros, anotaciones manuscritas, apuntes de sus magistrales conferencias –que semejan conversaciones más que acartonadas erudiciones- podemos rescatarlo y compartirlo con los lectores.
A continuación, leerán la transcripción de una entrevista que mantuvo Edit Tendlarz con José Andrés Rivas, quien fuera alumno de Borges en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

 

 

“-¿Cuándo conoció a Borges?
-Lo conocí en los años '60, cuando era nuestro profesor de literatura inglesa y norteamericana en las aquellas nostálgicas aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte. La primera vez que lo vi, me hizo recordar al médico de nuestra familia recientemente fallecido. No sé si fue por eso o porque de su figura emanaba una extraña dignidad que se me hizo de inmediato fácilmente imborrable ya por entonces se acompañaba de un bastón a causa de su avanzada ceguera, pero aún podía caminar sin acompañante por las calles. Avanzaba erguido, con la mirada hacia arriba, mientras corregía en voz alta algún fragmento de su obra memorable o recitaba algún verso de Walt Whitman o de Leopoldo Lugones. Ser su alumno en aquellos primeros años de la Universidad hoy me parece una experiencia increíble. Hacía muy poco que habíamos terminado las lecturas de la adolescencia y de pronto nos encontrábamos con aquél hombre de voz cavernosa, que nos llevaba de un lugar a otro de las diversas literaturas con la misma familiaridad con que nos haría recorrer las habitaciones de su casa. Otros buenos profesores (los únicos que recuerdo) nos enseñaron que la literatura es una experiencia viva. Borges no necesitaba enseñarla de ese modo: él mismo era la literatura como una experiencia viva.

-¿Cómo eran las clases de Borges?
-Hablaba como si meditara en voz alta. No lo hacía afirmando ni imponiendo juicios categóricos, sino manifestando sus vacilaciones y sus dudas. A veces recitaba fragmentos de los libros en voz alta y podía irse de una lengua a otra para mostrarnos cómo sonaban los versos en cada una de ellas. Pero lo hacía sin ninguna afectación, sino como un modo natural de acercarse a los textos. Inclusive años más tarde me dijo que, a diferencia de él, Néstor Ibarra era un hombre culto porque sabía griego, mientras que él, no. Pero generalmente usaba un lenguaje popular en sus clases. Recuerdo que un día intentaba decidirnos que en una tragedia de Shakespeare los soldados querían convencer a la Reina, pero no encontraba la palabra adecuada. Hasta que finalmente dijo:
-Bueno, los soldados se la trabajaron a la Reina...
Otras veces nos decía cosas desconcertantes. Recuerdo que en una de sus clases en que nos hablaba del doctor Jeckyll de Stevenson que se transformaba en Mister Hyde, nos dijo que el argumento del libro no debía asombrarnos, ya que todos en algún momento de nuestras vidas habríamos sentido el desdoblamiento de nuestra personalidad. Y agregó que a veces en alguna reunión, después de haber tomado alguna copa, pudimos haber tenido esa sensación. Que tal vez en ese momento nos escuchamos cuando estábamos hablando, y sentimos que aunque ésas eran nuestras palabras y nuestra voz, no éramos nosotros quienes estábamos hablando. Entonces nos dábamos cuenta de que había alguien más en nosotros, pero que no éramos nosotros:
-Yo mismo de tanto estar con Borges, he terminado por creer que soy Borges- concluyó.

-Dicen que prescindía de la bibliografía...
-Totalmente. Para él la lectura de un libro era una experiencia personal y única. Y siempre nos aconsejaba acercarnos directamente a ellos, sin otra intención que la del placer de la lectura. Le gustaba repetir un consejo de su padre si un libro te aburre, déjalo. Recuerdo una anécdota de una de nuestras compañeras, que se acercó, que se acercó a la mesa de exámenes con una caja de zapatos llena de fichas bibliográficas. Cada vez que Borges le preguntaba por algún autor o algún libro, ella le pedía que la esperara un momento, buscaba en su peculiar archivo seis o siete fichas sobre el tema y las comenzaba a leer: "Sobre este libro fulano dijo tal cosa, Mengano tal otra, etc.". Lo mismo hacía con el autor siguiente. Borges soporta al comienzo esta extraña ceremonia, pero cuando comprendió que todo el examen sería igual la interrumpió:
-Bueno señorita. Ya hemos comprobado que usted sabe leer. Veamos ahora si conoce la materia.

-¿Y después que terminó sus ciases en "aquellas nostálgicas aulas" de la calle Viamonte usted lo siguió viendo?
-Muchas veces; aunque hoy lamento que fueran tan pocas. Aunque ya había aprobado su materia, cuando podía me iba a oír sus clases. Hubo una época en que las daba en el Instituto de Literatura Inglesa en la calle 25 de Mayo. El Instituto estaba en el subsuelo de una casona antigua y tenía una atmósfera particular: Una mañana mientras estaba dando clase sonó el teléfono en otro despacho y apareció una empleada para llamar a su adjunto; el profesor Jaime Rest. Creo que era el agregado cultural de la embajada inglesa. Rest fue a la oficina y al rato volvió para decirle a Borges que ahora lo llamaban a él. Minutos después volvió Borges sonriendo y le dijo a Rest que querían hablar nuevamente con él. Un poco después se repitió la misma escena y Rest volvió para decirle a Borges que otra vez lo llamaban a él. Entonces Borges se levantó y cuando estaba por entrar a la oficina; se dio vuelta y nos dijo con una sonrisa cómplice:
-Si esto fuera una novela policial, yo ahora no volvía...

-Después se fue de la facultad...
-Sí, por esas cosas absurdas de la política; pero eso me sirvió para que yo lo visitara en su casa cada vez que "bajaba" de Santiago a Buenos Aires: Borges tenía una gran cortesía y siempre me recibía con amabilidad; pero no se acordaba de mí. Entonces yo iniciaba un juego que a él lo divertía y servía para que me recordara: le decía que yo me llamaba Rivas y que jugábamos a que yo era nieto del general Rivas; que había participado con su abuelo Francisco Borges en la batalla de "La Verde".
-Pero entonces usted es nieto del general Rivas- me preguntaba.
-No, Borges; es un juego-, le decía yo.
-Ah sí... ahora me acuerdo que siempre hacíamos ese juego... - decía sonriendo y comenzábamos a hablar.

-Era un hombre muy amable en la intimidad...
-Amabilísimo. Con esa educación de los viejos criollos, que lamentablemente se ha perdido. Algunos que no lo conocieron creen que era un hombre despectivo, autosuficiente. Nada más equivocado Borges era cálido, generoso y tenía una conmovedora modestia. Difícilmente escuchaba algún elogio por su obra sin que tratara de disminuirla. Más de una vez lo oí decir que a él, como a su padre, le hubiera gustado ser invisible. Recuerdo que una tarde lo visite en su departamento de la calle Maipú y le pregunte por que motivo había excluido de sus Obras Completas su poema "Vanilocuencia". Como él no lo recordaba (generalmente no recordaba aquello que había escrito y que despertaba ríos de tinta en las universidades), yo se lo recite" Yo lo conocía de memoria porque lo había enseñado en algunos de mis cursos sobre su obra, de modo que no fue difícil darle cierto énfasis. Borges lo escuchó con una sonrisa y cuando terminé me dijo una frase digna de Macedonio:
-¡Qué lindo que lo recita!... ¿Pero está seguro de que no es suyo?

-En cambio no le gustaba la actitud de aquellos escritores que estaban demasiado orgullosos de sus libros...
-No. Así como trataba de disminuir el valor de su obra, se burlaba de aquellos escritores que creían sin motivos válidos que la suya era una obra muy importante. Recuerdo algunas anécdotas sobre este tema. Una de ellas ocurrió en el Tortoni, el tradicional bar de la Avenida de Mayo. Borges había dado una charla en un pueblo suburbano y como los organizadores del acto conocían muy poco de su obra, me invitaron a que fuera con ellos para "salvarlos". Antes de entrar nos detuvimos para leer un mosaico de la pared del frente en donde están unos versos de Baldomero Fernández Moreno dedicados a aquel bar. Yo sé los leí y Borges moviendo la cabeza expresó:
-Era un buen poeta, sabe; pero lo más importante es que era un buen hombre.- Después dentro del bar la charla se convirtió en un diálogo entre nosotros dos, mientras los demás escuchaban muy temerosos) y con la secreta esperanza de no tener que intervenir. En cierto momento me callé y, como se produjo un breve silencio, alguien de la mesa le preguntó a Borges su opinión sobre una escritora de moda. Y casi al mismo tiempo, y antes de que Borges contestara, otro le preguntó su opinión sobre otra escritora, tan famosa y tan prescindible como la anterior. Borges abrió los ojos como si estuviera escuchando algo notable, movió la cabeza y finalmente respondió con maliciosa admiración:
-Fulana y Mengana... - dijo repitiendo el nombre de la escritoras.
-Pero ustedes me están hablando de dos escritoras diferentes... Pero, ¿no es que las dos son la misma persona? Bueno... al menos ellas creen que son la misma persona.
Otra vez me contó en su casa que un Ministro de Cultura europeo le había dicho que unas pocas semanas atrás lo había visitado la escritora más importante de la Argentina. Cuando Borges le preguntó el nombre, el Ministro le dio el nombre de una escritora menor. -y ¿por qué dice usted que es la escritora más importante de mi país?, preguntó Borges con extrañeza.
-Bueno... - respondió el Ministro confundido -ella me lo dijo.
-¡Ah!- dijo Borges sin variar el tono de su seriedad. -Si ella se lo dijo, entonces debe ser cierto.”

-En cambio, él decía que la belleza era algo bastante común...
-Sí. A pesar de su exquisita sensibilidad estética -o tal vez por causa de ella- lo conmovían profundamente las emociones sencillas. Decía que los años le habían enseñado que la belleza era algo mucho más frecuente de lo que sospechábamos y que la podíamos encontrar a cada paso. Eso también podía decir de las emociones. Una vez cuando le conté que una maestra de una zona muy pobre y muy boscosa había enseñado a sus pequeños alumnos el celebre "Poema conjetural", en donde Borges evoca la muerte a campo abierto de su antepasado Francisco de Laprida. Sus alumnos eran chicos que llegaban a sus clases a caballo o tras largas caminatas en medio de los árboles y ella pensó que no les había interesado mucho a los niños. Pero unas semanas después uno de los más pequeños le contó: -Sabe, Señorita, antes cuando había tormenta en el camino, yo rezaba el Padrenuestro; pero ahora recito el Poema conjetural y se me va el miedo. Me acuerdo que cuando se lo conté a Borges se quedó en silencio y se le llenaron los ojos de lágrimas.

-¿Cuándo lo visitó por última vez?
-Lo visité algunas veces más, pero en los últimos tiempos su departamento se había convertido en un lugar de peregrinación para gente de todas partes que quería conocer a aquel mito viviente. Lo vi por última vez durante el diálogo público que tuvo con el simpatiquísimo escritor mexicano Juan José Arreola en la Feria del Libro de Buenos Aires. Fue un dialogo chispeante entre dos hombres rebosantes de ingenio y simpatía. En cierto momento Arreola le preguntó a Borges su opinión sobre la poesía de César Vallejo y Borges admitió que no la conocía. Un Arreola incrédulo le recitó entonces los primeros versos del célebre poema vallejiano que comienza "Me moriré en París con aguacero... “ pero Borges volvió a admitir que lo desconocía. Arreola entonces se lo recitó completo y al concluir le preguntó qué le había parecido. Borges con una sonrisa pícara contestó:
-Me ha convertido usted en un devoto admirador de Cesar Vallejo- dijo, poniendo énfasis en el adjetivo."

 

Fuente de la entrevista: Los que conocieron a Borges nos cuentan. TRES HACHES, 2000. Buenos Aires, Argentina

 

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