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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES

No más

Victoria_seccinEl sol asomó entre las cortinas del cuarto, impertinente, y me despertó media hora antes de que mi rutinario reloj despertador sonara enloquecido.
Casi quince años abriendo los ojos en el mismo lugar, con el mismo rayo de luz, el mismo cantar de aves proveniente del jardín y el mismo bello rostro en la almohada contigua.
Terminé de recobrar la conciencia por completo y la miré. Estaba tan linda como siempre, con su largo cabello ondeado desparramado sobre la almohada, su boca de flor, su mejilla sonrosada apoyada tiernamente sobre una mano y una pierna interminable enredada con una sábana.
Bajé las escaleras, apurado, como casi todos los días. Era una cuestión de cálculo perfectamente estudiada: si ponía a calentar el café y a hacer las tostadas, tenía tiempo para despertar a mis dos hermosos hijos con mimos y besos. Si dejaba el tema de la cocina para después de despertarlos, nos quedábamos sin besos o sin desayuno.
Así las cosas, dejé todo en marcha y volví a subir para obtener los escasos minutos que Magui me dedicaba antes de recobrar la conciencia por completo para correr a decidir qué ropa se ponía, cómo se peinaba y qué color de vincha o de colita le convenía más para resaltar sus ojos... mi niña entraba en la adolescencia y yo ya dejaba de ser su príncipe encantado para comenzar a asomar como padre gruñón y “cuida”. Con Gero, otra era la historia: mi chiquito, de cinco años, todavía conservaba sus cachetes regordetes, sus ojos asombrados por el mundo y sus deseos de abrazosmatinales.

Un día más de nuestras vidas, encargándome del desayuno, de despertarlos, de preguntar si llevaban la tarea hecha, de recordarle a Magui que no olvide el mapa de Europa que dejó secándose al lado de la ventana y de meter en la mochila de Gero su alfajor preferido para que se sienta contento a la hora de la merienda. Siempre fui una excelente mamá. Y Karla, que seguía derrochando belleza entre las sábanas... bueno, siempre fue Karla: una hermosa mujer, independiente, sin límites ni obligaciones...

Los chicos habían crecido así, conmigo cumpliendo el rol de madre y con Karla entrando y saliendo, siempre risas, gritos y canciones. Brindando amor, a su manera, libre y sin ataduras.
La noche anterior había tenido como “obligación” el concurrir a la muestra de su más reciente amiga, una artista como ella, que buscaba triunfar desde los quince años y que corría tras el éxito y la fama noche tras noche. No supe el horario de su regreso a nuestra cama... no la escuché. Quien sabe si había ido sólo a la muestra de su amiga o si había agregado alguna cita posterior. Por primera vez el pensamiento no me hizo sentir el puntazo de angustia e incertidumbre al que estaba casi acostumbrado.
Las palabras, involuntarias resonaron en mi cabeza: “No la quiero más”.
Estupefacto, las escuché un instante y reservé su análisis para más tarde. Mis deberes maternales demandaban mi inmediata atención.
Apuré a mis hijos para que terminaran su taza de café con leche y corrimos una carrera hasta mi camioneta. “El que llega primero, elige la música!”, grité y se desbocaron como dos potrillos salvajes. Ganó Magui y nos vimos resignados a escuchar a Justin Bieber hasta la puerta del colegio. Tomé nota mental de no proponer más este tipo de desafíos musicales.
Me despedí de ellos con un beso y decidí tomarme el día. Mi repentina confusión (o claridad) mental, no lo sé discernir aún, determinó que no fuera al trabajo. Manejé sin ver nada a mi alrededor y sin percatarme de que Justin seguía aullando, sin vergüenza, a través de los parlantes.
“Una sola vez me engañó, creo...”, pensé, asombrado una vez más por lograr plasmar con palabras una idea que hasta hacía poco tiempo atrás, era un puñal en medio del pecho. “Cuánto dolor he sentido... cuántos años perdonando en silencio y conformándome con las migajas que ella podía darme”.
Sabía (ella) que estaba a sus pies, que podía hacer y deshacer a su antojo, era conciente de mi inmenso amor y jugó, sin piedad. Alguien tan bello por fuera no suele sentir compasión ni entrega genuinos, estaba acostumbrada a ser venerada.
Y sabía (yo) que estaba siendo maltratado, que vivía haciendo de padre, madre y marido, siempre con temor, con desconfianza, con una gran pena instalada. “Vivir con un revólver en la cabeza, eso fue lo que hice...”, lloré al costado del camino solitario, donde había estacionado porque las lágrimas ya no me dejaban ver.
Y otra vez el martilleo, cada vez más firme y empecinado, dentro de mi cabeza cubierta por rulos desordenados, que no había tenido tiempo de peinar: “No la quiero más”.
Y recordé los versos de Mario Benedetti, que pasaron ante mis ojos como un relámpago: “...desenamorarse es ver el cuerpo del otro como es y no como la otra mirada lo inventaba, es regresar más pobre al viejo enigma y dar con la tristeza en el espejo...”
Y me miré en el espejo retrovisor, los ojos bien abiertos y di con la tristeza en él. Pero también di con mi propia imagen, la de un hombre fuerte, lleno de amor para dar y con ganas de recibir lo mismo a cambio. Y supe lo equivocado que había estado viviendo hasta esa mañana, intentando que ese cuerpo hermoso, ese cabello fulgurante y esos ojos risueños no se escurrieran de entre mis dedos. Y supe que mi vida iba a empezar una vez más. Distinta, difícil, casi temblorosa al principio. Pero que empezaba. Y me dieron muchas ganas de vivir. 

Victoria Nasisi

Copyright©Victoria Nasisi, 2014