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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
La casa embrujada
Victoria_seccinEl bar del Narigón debería haberse llamado así: Bar del Narigón. Nadie lo nombraba de otra manera, a pesar de que su dueño se había empecinado en bautizarlo Gasparín, quizás por sus ansias de evitar el apodo que, a pesar de sus negativas; le molestaba bastante o por el anhelo de emular el bar que tantas alegrías le había traído en sus épocas de estudiante en Rosario. No obstante, sus esfuerzos nunca dieron frutos para todos los pibes del pueblo, el lugar de cita obligada era “el bar del Narugón”.
Los sábados por la noche, cuando esa vieja casona remendada abría sus puertas y hacía tronar su música, se iniciaba el ritual. Las chicas eran siempre las primeras en llegar, con el objeto de encontrar la mejor mesa, aquella ubicada estratégicamente, que les permitiera observar con comodidad la barra donde se apostarían los jóvenes galanes y la puerta de ingreso por donde pasarían todos los personajes del lugar. Sin excepción, disimulaban sus rasgos adolescentes, aniñados en muchos casos, bajo una capa de cuidado maquillaje e intentaban mostrar sus mejores atributos físicos enfundándose en mini vestidos o jeans hiper ajustados que nada dejaban librado a la imaginación. El objetivo era la caza.

Los varones se hacían rogar. Empezaban su ronda de cortejo alrededor de la una de la mañana. Los más deseados, sabedores de su condición, se limitaban a apoyarse en la barra, pedir una cerveza y demostrar su hombría lanzando el humo del cigarrillo por encima del resto de los presentes. No se movían de allí y las chicas desfilaban, con la excusa de ir al baño y se acercaban para robarles un saludo o una sonrisa ocasional.
Los menos agraciados debían trabajar más... lo que natura no da... así que iban de mesa en mesa, saludaban con besos y abrazos efusivos, invitaban con alguna cerveza, las hacían sonrojar con halagos o reir con sus chistes.
El éxito del bar era tal que no entraba todo el que quería y no por una cuestión de “admisión y permanencia”. No alcanzaba el espacio disponible. Así que cientos de adolescentes terminaban sentados en el cordón de la vereda, a los gritos y carcajadas, situación que generó más de un conflicto con los vecinos del boliche. El más violento, y recordado por todos, fue el que protagonizó doña perla, una setentona gorda y malhumorada, que todas las noches de sábado se encargaba de tirar agua con lavandina en el banco de piedra de su vereda, logrando arruinar varias prendas de los jóvenes inquietos. La venganza se dejó sentir pronto: el jardín de doña Perla se convirtió en el depósito de botellas vacías, vasos rotos, restos de comida y hasta los vómitos de aquellos borrachines que se excedían demasiado.
Los domingos, otra era la historia. Las obligaciones de los adolescentes obligaban a las madres a oponerse a la salida nocturna. Salvo algunas excepciones, claro. Unas pocas progenitoras, a cambio de la promesa de que al otro día no habría quejas a la hora de levantarse, dejaban correr a sus hijos hasta el consabido bar. Demasiado permisivas, quizás. O hartas de escuchar a los jóvenes reclamar y pedir sin descanso...
Por ello, Gasparín mostraba un rostro más pacífico. Tan tranquilo que el Narigón saludaba a los escasos parroquianos y les daba la bienvenida a la “misa dominguera”. Nada ocurría en esas largas horas cargadas de hastío: charlas que se estiraban lo indecible, chicas que no se esforzaban en ser más bellas de lo que eran y se permitían intervenir en discusiones políticas “a lo hombre”, muchas cervezas consumidas al ritmo del nada por hacer... Incluso la música era otra: el Narigón dejaba de lado los hits de la temporada y obligaba a todos a saborear lo que a él le gustaba y que no salía de los Redonditos de Ricota intercalados con algún tema de Sabina, éste último cuando quería aburrir por demás a los presentes para poder irse a dormir o escaparse con alguna de sus novias.
Uno de esos eternos domingos, el bar contaba sólo con dos mesas ocupadas: una de hombres jóvenes y por supuesto, la rama femenina. “Esto es muy parecido a la época de Perón, sólo faltan los sindicalistas”, bromeó el Narigón... “Bah, cuando el General volvió tampoco los tenía...”, concluyó.
Las dos mesas terminaron unificándose y el aburrimiento los llevó a contar cuentos de terror. Según el Tanito, un petiso rubión y lengua larga, en la casa abandonada ubicada en el segundo camino que lleva hacia el río “había un fantasma”.
Todos conocían el segundo camino porque era el lugar destinado a los escarceos amorosos y al que ninguno se había privado de ir alguna vez.
“Dicen que en las noches de invierno, cuando vas a franelear al segundo camino y las ventanillas del auto se empañan, el fantasma aparece”, narró el Tanito. “No hace nada, sólo merodea el auto y deja sus huellas en el vidrio”, continuó.
Todos se largaron a reir estrepitosamente, incrédulos. El rubio, ofuscado, decidió callarse la boca.  Pero Pía, una morocha alta y timidona, confesó: “El invierno pasado fui con el que era mi novio al segundo camino. No me crean si no quieren, pero alguien, esa noche escribió en la ventanilla de mi lado la palabra “muerte”. Se imaginan el susto que nos pegamos”.
Las palabras de Pía fueron tomadas con más respeto que las del Tanito: Era una chica seria, nada dada a proferir mentiras. Incluso el hecho de que reconociera haber ido con un hombre al segundo camino era asumido como indicio de su veracidad... en otras circunstancias jamás lo hubiera reconocido.
Juan, no sé si por osado o porque quería deslumbrar a Martina, que hacía rato lo tenía enamorado,  planteó la encrucijada: “Bueno, ya que estamos tan aburridos y no tenemos nada mejor que hacer, propongo que vayamos todos al segundo camino para ver si encontramos al dichoso fantasma, ¿les parece?”
Risitas nerviosas de las chicas, gritos aguerridos de los muchachos. El Narigón agradeció la existencia de la leyenda y les obsequió la última cerveza... al fin podría cerrar el bar e irse a su casa.
Los siete intrépidos subieron al único vehículo con el que contaban: la desvencijada camioneta F100 del papá de Martín. Martín sería el conductor y las tres chicas se amontonaron a su lado: ninguna estaba dispuesta a viajar en la caja descubierta, a merced de los dedos fríos del espíritu que habitaba la casona.
Juan, el Tanito y Rodrigo se treparon a la caja, alegando valentía y fuerza suficientes como para hacer frente a cualquier aparición. Allá partieron, en medio de la oscuridad y la bruma que dejaba ver muy poco a su alrededor. El traqueteo que imponía el camino de tierra y el ruido del viento en la  arboleda tenebrosa eran los únicos sonidos que se escuchaban.
Cuando llegaron al segundo camino, lograron vislumbrar la silueta de la casa. Los tres valerosos del fondo saltaron a tierra firme, dispuestos a convertirse en héroes. Las féminas, bastante alteradas, se negaron a bajar. Tampoco querían quedarse solas así que imploraron a Martín que se quedara con ellas. Al imberbe, este ruego le vino de perillas... entre eso y la excusa de quedarse frente al volante por si era necesario un escape veloz, encontró motivos para mantenerse a buen recaudo.
Sin más armas que una rama añosa y algunas piedras que encontraron a la vera del camino, los chicos caminaron hacia la casa. Aterrorizados, sí. Pero decididos a no mostrarlo.
Pronto los moradores de la camioneta dejaron de verlos, ya que los aventureros fueron envueltos por la niebla nocturna. Decidieron apagar la radio para poder captar, al instante, cualquier sonido de alerta. Así, los habituales se transformaron en terribles: una rana que croaba a lo lejos, una ramita que se quebraba, el viento que agitaba los árboles... Escasos minutos se volvieron eternos... al fin los vieron reaparecer: corriendo, a toda la velocidad que sus piernas les permitían, al grito de “¡Arrancá, Martín, arrancá!”, levantando en el camino polvo seco y dejando, en la desesperada carrera, una zapatilla, que prefirieron dar por perdida.
Martín, preso del pánico y con los gritos histéricos de las chicas que nada colaboraban, falló dos veces al intentar poner en marcha la camioneta. Tuvo que desprenderse bruscamente de Pía, que lloraba estrujando su brazo derecho. Al fin logró arrancar y sin el menor cuidado se alejaron a toda marcha de la oscura y embrujada casona.
Cuando lograron surcar los cuatro kilómetros que los separaban del pueblo y llegaron a la primera calle iluminada, se detuvo jadeante. Descendió tembloroso y fue a ver a los tres compañeros que viajaban, ateridos e inmóviles en la parte trasera.
“¿Qué vieron? ¿Qué pasó?”, inquirió. Fue en ese momento que el Tanito, rojo de vergüenza susurró: “Absolutamente nada. Nos aterrorizamos por la oscuridad y los fantasmas que teníamos en la cabeza, uno empezó a correr y no pudimos detenernos...” Y viendo el rostro de Martín, que estaba entre indignado y divertido, le espetó: “No se te ocurra decírselo a las chicas...”.

Victoria Nasisi

Copyright Victoria Nasisi. Abril de 2013