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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
La camisa perdida
Victoria_seccinRolo se hacía el galán. Siempre usaba ropa de las mejores marcas, se preocupaba por mantener su lacio cabello rubio cuidadosamente desprolijo y piropeaba y sonreía, de manera irresistible, a cualquier chica que se cruzara en su camino. Siempre y cuando le cayera simpática, por supuesto. Si esto no ocurría no vacilaba en mostrarse cruel, muy cruel… y endilgar los peores calificativos que se le ocurrieran, desde gorda a narigona, pasando por una gama diversa de ofensas difíciles de olvidar.
Además de su cuidada belleza física, a la que dedicaba tanto tiempo para así contrarrestar su escasa estatura, era un joven divertido, simpático y siempre sonriente. Y como si fuera poco, durante los fines de semana, ejercía tareas como disc- jockey, oficio altamente redituable entre el público femenino.
Tenía una noviecita, la “oficial”, dulce y un tanto tímida, llamada Georgina. “La tonta de la Giorgi”, como le decían las chicas de otros grupitos, un poco menos dulces, un poco más arriesgadas, un poco envidiosas del novio que había logrado conquistar.

Lo de tonta, hoy lo veo mejor, era sinónimo de ingenua e inocente, dos cualidades que en lugar de ser valoradas como positivas eran motivo de burla.
Es que Rolo coqueteaba con varias a la vez, siempre con la mentira en la punta de la lengua: “Con Giorgi no estamos bien, estoy buscando el momento oportuno para dejarla”.
La prohibición de salir los sábados por la noche que los padres de Georgina mantenían en forma severa, a causa de sus pocos años, no jugaba a su favor.
Así que Rolo, de lunes a viernes hacía el papel de novio, visitando a la pequeña en su casa, bajo la atenta vigilancia de los progenitores y el fin de semana salía de cacería.
Tenía todo tan bien calculado que ningún rastro de su actuar llegaba hasta la novia angelical. Parecía que su vida transcurría entre dos mundos paralelos que nunca se cruzaban. Hasta que ocurrió lo imprevisto: al atorrante comenzó a gustarle una compañera de curso…
Su fría cabecita lo previno: “Cuidado… no te metas con Luciana… no te olvides que en el mismo colegio, sólo dos cursos atrás, está Georgina”.
No contó con el instinto femenino de la voluptuosa Luciana, que tardó sólo dos relojeadas del rubio para darse cuenta de la atracción que ejercía sobre él. Y como se trataba de una sirenita coqueta y con una pizca de maldad, decidió que Rolo le gustaba y que iría por él… Como en toda cadena alimentaria, el cazador, sin saberlo, se estaba convirtiendo en presa.
Rudimentario, como la mayoría de los hombres a esa edad, no lograba evadir las maniobras evidentes de la morocha: besos cada día más cerca de la boca, el guardapolvo entreabierto dejando ver un jean que ajustaba de forma casi obscena una cola perfecta, miradas interminables, fijos los ojos oscuros en él mientras intentaba recitar la lección del día, pedidos de ayuda con alguna tarea que no entendía apelando a su inteligencia… una mezcla de mujer fatal con pobre niña desvalida que lo empezó a volver loco.
De a poco, comenzó a relajarse y a intentar volver a su rol de cazador. Cambió su banco de lugar para sentarse más cerca de Luci y sufrió los desplantes de ella, que podía mantenerse firme mirando hacia otro punto del aula, sin obsequiarle ni una mueca. Y gozó cuando la ninfa decidía parlotear con él en voz baja y reírse de sus bromas, compartiendo los regaños del profesor de turno.
Y comenzaron a hacer las tonterías que hacen los que se enamoran en los pueblos pequeños. Pasar mil veces por la puerta de su casa, montada en la moto de alguna amiga, para intentar verlo… ella. Dedicarle canciones de amor en la radio, sin poner los nombres verdaderos para no ser descubierto, pero eligiendo los más románticos… él. Comprar un aerosol y acompañada por dos de las más compinches, ir a la medianoche a escribirle en la calle: “Rolo, te quiero”… ella. Enviarle un ramo de rosas rojas acompañado de una tarjeta con un poema hermoso, que recién años después ella descubrió que era la letra de una canción y no una creación del enamorado… él.
Pasaron muchas noches bailando en el único boliche del pueblo. Se abrazaron fuerte durante la hora de los lentos. Se miraron con ojos cargados de deseo. Pero ella no cedía: “Mientras tengas novia, conmigo nada”. Y él que insistía con la promesa de la próxima ruptura pero no cumplía.
Así las cosas, terminó el ciclo lectivo y los encontró egresando de la escuela secundaria. Dos días después del acto de colación de grados, que los vio inseparables pero separados, partieron hacia Bariloche. “El viaje de egresados es mi oportunidad”, se dijo Rolo y evitó, hábilmente que Georgina fuera lacrimosa a despedirlo. “Si la tonta de la novia no vino a saludarlo, es que al fin se pelearon”, dedujo Luciana.
Y una de esas noches heladas del sur presenció a la parejita volviendo temprano y tomados de la mano hacia el hotel que los alojaba. Ella, abrigada con el sweater que el caballero le cedió; él tiritando en mangas de camisa, una camisa que Georgi le había regalado para su último cumpleaños.
De esa manera, en una mezcla de besos ardientes y mentes nubladas por el alcohol, terminaron haciendo el amor, ese que tanto venían postergando, en la cama cucheta de uno de los cuartos que ocupaba el curso. Y se durmieron abrazados.
Cuando despertaron, el apuro por separarse para que ninguno de sus compañeros se anoticiara de los sucedido, hizo que Rolo corriera a su cuarto, olvidando la preciada camisa entre las sábanas de su joven amante, que pasó el resto de la noche abrazada a esa prenda, pugnando por seguir sintiendo, un rato más, el perfume de su hombre.
El muchacho supo mantener el secreto. No así Luci, que como buena mujer, necesitaba confiarle todo a sus amigas. En misterioso cónclave, relató a sus tres cómplices lo acaecido en esa noche de pasión, matizando la misma con promesas de amor y propuestas de noviazgo que no habían existido.
En ese aquelarre fue que, de la boca de la más cruel de las muchachas, confirmó lo que en su fuero íntimo más temía: Rolo no había terminado su relación con “la Georgi”.
No sabiendo si mostrarse triste o indignada, optó por lo segundo. “El orgullo ante todo”, pensó. Y en ese instante se juramentó no devolver jamás la camisa olvidada.
Cuando Rolo volvió a intentar acercarse se encontró con una gélida sonrisa y una negativa inflexible. Y cuando, irritado por lo que pasaba pidió explicaciones, sólo obtuvo un duro “No resultaste tan buen amante como imaginaba, prefiero no repetir”.
Con el ego lastimado, exigió la devolución de su prenda favorita. Luci, con ojos pasmados y ni un sonrojo que la delatara, negó tenerla en su poder.
Así volvieron al pueblo. Esta vez en un viaje de butacas separadas. Él, enojado y convencido de que había sido robado. Ella, apenada y con la camisa envuelta en un lindo papel de regalo destinado a su hermano, al que inevitablemente Rolo cruzaría alguna noche, luciendo su trofeo.


Victoria Nasisi

Copyright Victoria Nasisi. Mayo de 2013