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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

EN EL ARROYO

Tendido sobre el pasto, descubierto, con frío y aún borracho, abrió los ojos. Desde el piso veía las ramas de los árboles entretejer figuras oscuras, doradas, informes. Mal comido y con la humedad del piso calándole los huesos se puso de pie. Hambre de una vida. Hambre. Pocas cosas conocía Jacinto más que el hambre.
Bajaba bruscamente la temperatura. Agrandado, rojizo y con una lentitud exasperante, detrás de una lejana hilera de sauces y de abetos, del otro lado del arroyo el sol iniciaba su descenso.
Sobre la orilla, con un cansancio compartido, las tres mujeres empezaban a juntar sus cosas. En el tacho, solo había un par de dientudos. Poca cosa para alimentar a la prole. Esta vez, el arroyo, bien mezquino, no soltó más presas.
Esa mañana, cuando despertó una de sus hijas, Dominga ya llevaba algunas horas de polvo en sus pies. Había acomodado los cacharros en los cajones de madera antes de juntar las hojas que el viento se empecinaba en esparcir por toda la pieza. Aprovecharía el arroyo para lavar la ropa de sus nietos. Un día como tantos. Uno más.
Dominga era de baja estatura, corpulenta, de piel trigueña y quebrada. De mirada oscura y distante, era una mujer sin abrazos, sin marido. Dios no había querido darle un hijo varón. Dios sabe por qué hace las cosas. Con un mate cocido y un pan en la panza, ella y dos de sus hijas habían cargado el tacho, unas cañas y lombrices como carnada.
Ahora, en el fondo del roído tacho, solo hay un par de dientudos. Ahora… ¿cuánto hace que es ahora para ella? Ninguna posibilidad de detenerse. Vivir en un eterno ahora. Ahora solo hay esto para comer… ahora somos muchos… ¿y antes? también. Mañana veremos, cuando sea nuevamente ahora.

Jacinto atravesó los pajonales con trancos desparejos, desequilibrados. A mano limpia, metido hasta el torso en el arroyo, intentó sin suerte encontrar algo para comer.  Ya no le quedaba casi luz. Como siempre daba tumbos a oscuras por la vida. Pensó en un trago, tal vez una buena hembra. Una hembra que le quite el hambre.

Creyó ver de frente, algo que se movía a la distancia. El viento le acercó  un murmullo y el olor a pescado fresco. Tendría que hacerlo de nuevo.
Dominga apuraba el paso. Sus hijas se le adelantaron cantando algo incomprensible.
Agazapado y en penumbras, Jacinto se escuchaba a si mismo respirar entrecortado. Se concentró como pudo para no espantar a sus presas. Detuvo hasta sus sueños.
Como un gato montés en celo se abalanzó al paso de la primera mujer. En el revoleo, las manos de la muchacha pudieron asirse de una rama. Se oyeron gritos como gruñidos feroces. Con la blusa desgarrada, la pollera levantada, herida y muy confundida, la joven no lograba asestarle ningún golpe. Jacinto la tenía fieramente con una mano por el pelo mientras con la otra tanteaba dentro de sus propios pantalones.
Dominga no lo dudó ni un segundo. Tomó la botella del agua, la quebró sobre una piedra, jineteó sus propios pasos a la velocidad de un pura sangre y se la incrustó de un solo intento en la yugular.
Dios lo quiso así. Ahora, había que encargarse de multiplicar la cena.

Laura de la Peña

Copyright©Laura de la Peña, 2014