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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

ELEVACIÓN EN PAZ

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

En paz - Amado Nervo


Aún llegaban los sonidos de afuera. Pasos apresurados, risas escandalosas, el canto desafinado de señoras achispadas. En la radio repetían tozudamente las eternas predicciones de una lluvia que se resistía a inaugurar un año algo más fresco. Juan se había preparado para flirtear con esa noche presumida.
De un envoltorio de papel de seda, extrajo una bata de raso azul, exquisita. En el ángulo superior izquierdo aún brillaban en hilos dorados sus iniciales. La extendió frente a sus ojos y con sus pupilas humedecidas y la mirada borrosa traspasó la tela y surfeó el tiempo.

En instantáneas de luminosos colores se remontó al encuentro de aquel recuerdo, cuidado con el mismo esmero que al envoltorio de seda. Angélica había sido muy clara en su dedicatoria: “… la estrenaremos juntos. Feliz año, amor…”.
Fue lo único que pudo salvar aquella noche. La explosión lo había arrojado varios metros tras la ventana. No lo recordaba, pero cuentan que no podían abrirle los brazos para quitarle el paquete, que de milagro estaba intacto y apretujado junto a su pecho. También le repitieron una y otra vez que Angélica no se enteró, que su muerte fue instantánea.
Ya en paz con su alma y con la muerte, sirvió dos copas del espumante que más le gustaba a ella, le agregó unas inocentes gotas de arsénico y bebió ambas como cálices sagrados, muy lentamente. Se arropó con las azules caricias del raso y se acostó con Angélica en su cuerpo, como antes, para siempre.

Laura de la Peña

Copyright Laura de la Peña. Enero 2014