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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
El almacén de risas

Victoria_seccinBeto era mi mejor amigo. Desde que recuerdo, estuvo a mi lado. Compartimos el chupete en los primeros años de guardería, el banco en la primaria y las rateadas en la secundaria. Compartimos las escondidas, mezcla de juego y terror, en las oscuras noches de verano del barrio y los apasionados picaditos de fútbol en el baldío de la esquina.
Cuando crecimos, nuestros caminos se separaron. Yo me dediqué a la ingeniería y Beto a la música. Justo al revés de lo que nuestras personalidades indicaban. Yo, puras bromas y desparpajo. Beto, el que no sabía reír. No obstante, seguimos siendo los “mejores amigos” y cuando nuestros horarios y obligaciones de adultos así lo permitían, nos juntábamos a charlar.
Beto era un solitario. Abandonó el cobijo de la casa paterna y alquiló una casita, en la que pasaba sus noches y fines de semana tocando la guitarra, en compañía de su fiel perro Bowie y alguna que otra chica que aparecía, de vez en cuando. Subsistía ajustadamente con el sueldo que le pagaban por sus clases de música a chiquillos malcriados, en dos colegios privados, cercanos a nuestro barrio. Y continuaba sin aprender a reír. Digamos que la soledad no lo ayudaba en esa materia pendiente.

Una noche de invierno me invitó a cenar. Y allá fui, con una botella de vino bajo cada brazo, dispuesto a volver con la panza llena y el corazón contento. Beto estaba preparando un aromático guiso y ni bien llegué me pidió que lo acompañe al almacén de la esquina a comprar pan. En el camino me avisó, entre dientes: “Ahora vas a ser testigo de lo más gracioso que he escuchado en mucho tiempo”.
El negocio era atendido por doña María, a la que conocíamos desde niños y que no perdía la costumbre de regañarnos. Ella era, precisamente, el motivo de aquello tan desopilante a lo que Beto se refería.
Mi amigo pidió el pan que buscábamos y mientras la comerciante revolvía en el fondo del canasto, me susurró: “Ahora escuchá con atención”. Y sin necesidad alguna, le pidió dos latas de arvejas.
María frunció el ceño, ofendida. Le alcanzó las dos latas y, casi como un gruñido, salió de su boca delgada un: “Se dice alverjas, Betito, AL- VER- JAS”.
Salimos del local y con asombro observé como Beto, el que no sabía reír, largaba una carcajada. Su risa, extraña hasta para mí, que lo conocía desde los cuatro años, resonó en la noche y me produjo placer.
Después de aquella noche en la que bebimos y engullimos por demás, por esas cosas que tiene la vida, dejamos pasar el tiempo y no nos vimos por varios años.
Hasta que una madrugada, el teléfono sonó y como siempre sucede con los teléfonos que suenan de madrugada, trajo una mala noticia: Beto había muerto.
El encargado de transmitirme la terrible noticia era el Negro Juan, otro de los muchachos del barrio con quien nos habíamos criado juntos. Y el que me pidió, con la voz entrecortada, que lo acompañara a la casa de nuestro compañero a ayudar a su mamá en la difícil tarea de disponer de sus pertenencias. “Solo no puedo, Nacho, tenés que venir conmigo”, casi me ordenó.
Allá fui. La madre de nuestro amigo lloraba tanto que dispusimos que volviera a descansar, garantizándole que no tomaríamos ninguna determinación sin consultarle antes.
Así que el Negro decidió encargarse del dormitorio de Beto y yo, me dirigí, desganado, al cuartito donde solía tener su computadora, los libros, la guitarra, el equipo de música...
Al abrir la puerta, que estaba cubierta por fotos de Los Redondos, retrocedí golpeado por la sorpresa. El paisaje no era el esperado. La compu y los libros estaban en un rincón, cubiertos de polvo y de partituras amarillentas y arrugadas... la guitarra extrañaba los dedos de su dueño, apoyada en una de las paredes descascaradas. El resto del ambiente estaba repleto de cajas, prolijamente apiladas... de cartón, de madera, alguna de telgopor... cada una de ellas repleta de latas de arvejas. Y recordé aquella noche, la única en que escuché la carcajada de mi amigo. Lo imaginé, yendo día tras día al almacén de doña María a pedir arvejas y oír la corrección que tanta diversión le causaba. Al- ver- jas. Y la tristeza tan honda que tenía atorada en la garganta se desarmó, de repente y me senté a llorar, rodeada de las latas que habían logrado que Beto aprendiera a reír.

Victoria Nasisi

Copyright Victoria Nasisi. Noviembre de 2013