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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES

El duelo postergado

Victoria_seccinDolores se llama la despiadada. Quisiera escribir se llamaba pero no puedo. Porque vive aún. Y porque después de veinte años sin verla y por la crueldad propia de esta ciudad, la volví a encontrar.
Ciudad rompecorazones. Cuarenta mil habitantes y más de cien barrios deberían garantizar que uno no se cruce con alguien a quien no quiere ver nunca más. Y sin embargo, el día menos pensado, el ruido del tránsito se minimiza y los edificios parecen esconderse, sólo con el propósito de imponértela ante tus atónitos ojos.
Mi único gran amor. La que sabía entregarme el paraíso y sabía sumirme en el infierno, dependiendo del momento de nuestra relación. Nada podría describirla más fielmente que un verso de Joaquín Sabina: “la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta”.
Hace veinte años atrás, yo tenía treinta. Pueden parecer muchos , sí. Pero apenas era un pollito recién salido del cascarón. Acababa de recibirme de contador y de asentarme en mi primer trabajo y así me había liberado del agobiante nido de mis padres. Me estaba animando a la aventura de vivir solo, en un diminuto departamento alquilado en el que el desorden y el mal gusto en la decoración ejercían una indiscutible supremacía.
Me alimentaba a base de fideos blancos y arroz. O delivery, claro. Tomaba demasiada cerveza, dormía poco, dilapidaba fortunas en conversaciones telefónicas eternas (aún no existía el chat, por aquellos tiempos) y le llevaba la ropa a mi vieja para que me la lave y planche.
Enamorarme no estaba en mis planes. Hacerlo no debería estar en los planes de nadie. Pero bien sabido es que no se puede decidir sobre tales cuestiones. Sería maravilloso hacer el pedido: mandame un amor correspondido, hoy quiero una noche de lujuria, voy a probar la desdicha de la infidelidad, me gustaría un enamoramiento fugaz y divertido... Pero no. “Lo que toca, toca y la suerte es loca”, como dice mi sobrino menor.
La vi, una noche, escudándose con una bandeja en la que nos trajo la cena. Camarera, estudiante de letras, bailarina... tan delgada que parecía estar a punto de quebrarse pero con el cabello y la sonrisa que yo necesitaba para sentirme cobijado.

Fueron casi tres años de amor. Los mejores tres años de mi vida. Aprendí a bailar algo de salsa para acompañarla en las noches de verano en las que ella disfrutaba de menearse voluptuosamente y se reía a carcajadas al ver mis torpes movimientos. Disfruté del vértigo de faltar al trabajo, alegando sentirme enfermo, por el sólo gusto de quedarme algunas horas más atrapado entre sus muslos. Sufrí en silencio, para no espantarla, con cada nuevo amigo que me presentaba y que despertaba en mí un cúmulo de celos que me torturaban. Supe salir a la calle sin bañarme, para olfatear mis manos o mi ropa y rescatar algún vestigio del aroma salvaje de su piel. Estaba obsesionado con esa mujer, pero mi obsesión era bien conservadora: quería casarme con ella, esperarla en el altar y verla avanzar hacia mí con su vestido blanco, quería hijos que heredaran su espíritu libre y mi forma de vida organizada, soñaba con un “hasta que la muerte los separe”.
Y un día, sin preaviso ni anestesia, se marchó. “No hay otro hombre”, aseguró temblorosa. “•Necesito desarrollar mi arte y en esta ciudad no se puede... quiero bailar pero bailar profesionalmente y si es necesario recorrer el mundo para hacerlo, estoy dispuesta”.
Me dejó algunos de sus libros, un par de medias rayadas en el fondo de un cajón, el mate calabacita al que había logrado hacerme adicto, un cepillo de dientes desgreñado y el corazón roto.
Así fue que, tras los mejores años, vinieron los peores. No la lloré, nunca pude hacerlo. La extrañé, me pregunté por donde andaría, la recordé, la imaginé... Me mudé de casa en mis intentos  de sacarla de mi mente, me alejé del barrio, abandoné mis clases de baile y desdeñé todas las ilusiones que alguna vez había elucubrado.
Puse todo mi empeño en olvidarla y lo logré, claro. Y proseguí con mi vida, siempre adelante, sin volver la cabeza hacia atrás. “Mirar para atrás, sólo si sirve para reír”, era mi lema.
Eso sí, me convertí en un hombre duro. Que salió con muchas mujeres y disfrutó de la vida. Pero que no se permitió enamorarse, ni siquiera un poquito. Que dejó a un lado los planes de casamiento y familia. Que se embarcó en un transcurrir sin sobresaltos ni emociones.
Hasta hoy, que me la vine a encontrar, treinta años después, en la esquina del bar donde desayuno, cada día, antes de entrar al trabajo.
Fue como enfrentarme a una foto de veinte años atrás: estaba igual... sonrisa ancha, cabello largo, piernas flacas. No sé qué sentí golpearme más: el amor que salía de mis entrañas aletargadas o el odio por reconocer lo que aún me pasaba.
Me abrazó, me tocó, me besó, efusiva como siempre. “Cuánto tiempo sin vernos, Quique.... Vayamos a cenar, esta noche... quiero saber qué fue de tu vida...”, organizó, segura de que yo no tenía ningún plan mejor, como si aún le perteneciera.
Sintiendo desprecio por mis enclenques convicciones, acepté. Y la vi alejarse, con el cabello al viento, abstraída del mundo y sin registrar las miradas que cosechaba a su paso.
No fui a trabajar, llamé y di parte de enfermo. Y no mentí. Así me sentía: enfermo. Volví caminando a casa, vomité y lloré, abrazado a la almohada. Lloré miedo, desolación, angustia, amor, desamor, desengaño... lloré todo lo que tenía oculto desde hacía veinte años y nunca había llorado. Duelo tardío. Bronca. No lo sé... barajé la posibilidad de cancelar la cita pero supe que era necesaria: mis fantasmas debían desaparecer, de alguna manera tenía que exorcizarla de mi mente.
Me puse lindo. Si es que un hombre de casi cincuenta años, con poco cabello y una barriga incipiente puede verse lindo. Mi espejo se negaba a ello. Suspiré, resignado, recordando mis abdominales marcados y mis rulos indomables, perdidos quién sabe en qué batalla.
Al llegar, me armé de valor y toqué el timbre, nervioso. Debo admitir que mi corazón se saltó un latido al verla emerger del ascensor. Y mi cabeza tomó una determinación: ya es suficiente.
La dejé parlotear sin descanso, durante más de una hora, mientras simulaba comer y beber con fruición. Casi un monólogo: “Qué lindo verte de nuevo, nunca dejé de pensar en vos... pero bueno, viste lo que era yo a los veinte años... una soñadora. Ambiciosa, por demás. Y no lo logré, soy un fracaso. Viajé, estudié, ensayé... me rompí un par de tendones y hasta me acosté con algunos productores para que me premien con algún papelito. Nada, che, al final acepté ser una mediocre. Y acá me tenés, sola, frustrada, trabajando en un banco... ¿podés creerlo?, Yo, en un banco, con números y cálculos monstruosos. Eso sí, la idea de ser madre no la abandono. Es mi único sueño a cumplir, sea como sea. El reloj biológico, ¿viste?, tarde o temprano, a las mujeres nos surge esa necesidad... un bebé que salga de mi útero y necesite todo mi amor. Casi, casi como lo que te pasaba a vos conmigo... esa necesidad de amor. Se te pasó, ¿no? Ahora que lo pienso, creo que serías un buen candidato para el papel de padre... ¿te animás? Yo te aseguro que no te voy a reclamar nada... me encargaría de cuidarlo, lo mantendría, me encargaría de todo... ¿qué te parece? ¿por qué no tenemos un hijo?
Clavé mis ojos en sus pupilas entusiasmadas y con toda la parsimonia del mundo, descargué, en una sola frase, toda mi irritación contenida: “Porque en este momento, me estoy dedicando a comer un bife de chorizo”.
Se paró bruscamente, con los ojos en llamas y me pegó una cachetada. Y se fue, con la cabeza erguida. Me llevé la mano a la mejilla, que me dolía un poco. No tanto como me había dolido el corazón durante tantos años.

Victoria Nasisi

Copyright Victoria Nasisi. Octubre de 2013