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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES
Del desamor y otros demonios

Victoria_seccinMaite disfrutaba de la plenitud de sus cuarenta y tres años. Madre de dos, ex de dos, peleaba el peso día tras día al frente de su librería para bancar a los dos primeros, que no sabían lo que era contar con un padre presente. Sabía de desamores, de engaños, de desilusiones, de llorar bajo la ducha y de desvelos por el futuro económico de su familia. Sabía de camas inmensas que se reían de su cuerpo solitario y de charlas telefónicas interminables con alguna amiga, intentando hallar la explicación racional al que parecía ser su destino.
Saúl Below, en su novela “Son más los que mueren de desamor” había escrito, alguna vez: “Si el amor destroza y sus estragos se ven por todas partes, ¿por qué no se actúa con sensatez y se retira uno pronto? Por anhelos inmortales- dije- O tal vez porque uno espera un golpe de suerte”
Maite, que había leído esa obra con fruición, adhería tal premisa y seguía esperando su golpe de suerte. Una y otra vez, lo intentaba.
Preciso es decir que en esos intentos se enfrentaba a muchos más golpes que a la suerte. Pero ella no desistía. De cada golpe recibido rescataba algún aprendizaje y lograba levantarse. Se escondía un tiempo en su guarida a lamerse las heridas y volvía a militar el amor y el no uso del corpiño que, según ella “era un artilugio pensado para encadenar los deseos del pecho femenino”
Supo enamorarse de algún compañero de trabajo y por supuesto, la tempestuosa relación terminó encallando y convirtiendo la oficina en tal incordio que se decidió a abandonar ambos y así largar su negocio propio. Así aprendió el significado del remanido dicho “donde se come, no se caga” y rescató su espíritu emprendedor que le dio de comer a sus cachorros de allí en adelante. Por ello, nunca volvió a cruzarse con su amante laboral pero supo agradecerle el empujoncito recibido.

 

 

También se enredó con algún amigo de la adolescencia, de esos que supieron acompañarla en sus noches de soledad y de llantos desconsolados, con una botella de vino de por medio. Hasta que la botella dejó de ocupar el lugar central para dejarlos a ellos calmar sus desconsuelos y desesperanzas con besos y manos ansiosas. Pero como la botella en la vida de aquel galán era más deseada que el cuerpo de Maite, la historia duró poco. Así aprendió que los amigos deben ser mirados con ojos de amigos, por mucho que el deseo nuble la vista. Y que si una tiene un amigo adicto, mejor es acompañarlo a un grupo de ayuda que intentar domar los motivos de esa adicción.
Cansada de perder hombres queridos en el camino, comenzó a incursionar en las redes sociales, con la voz hipnótica de una amiga resonando en sus oídos: “Hacé el intento, Maite. Yo conocí a Alejandro en Twitter, charlamos tanto que al final nos conocimos y mirá, tres años en pareja...”
Sin dejarse obnubilar por las promesas del mundillo de los ciento cuarenta caracteres, allá fue. Armó su perfil en pocos minutos y empezó a escribir y a mostrarse tal cual era: madre, desprejuiciada, laburadora, comprometida con la política, sexual, charlatana. Escribía cuando estaba triste y hacía amigas que la entendían y acompañaban. Escribía cuando estaba alegre y hacía reír a muchos con sus anécdotas. Escribía cuando se enojaba y algunos se reían y otros, que se atrevían a cuestionar sus enojos, recibían una paliza verbal inesperada.
Su natural picardía y su facilidad para las palabras lograron hacerla popular. Seducía a muchos, que mostraban interés por ella y la invitaban a las más variadas salidas. Pero ninguno de ellos, lograba despegarla del encanto y la seguridad de su espacio virtual.
Hasta que una tarde lluviosa, acodada en el escritorio de su librería, sin esperanza alguna de que apareciera algún cliente, lo vio. “Augusto, escritor de profesión, con ideas revolucionarias” rezaba su perfil. Y lo empezó a seguir pues su aparente don para redactar historias con pocas letras y mucho contenido le pareció irresistible.
Así las cosas, Augusto comenzó a seguirla. Y a leerla. Y a escribir para ella. Maite estaba fascinada, como si fuera una adolescente enamorada de su cantante preferido. Solía escribir su nombre en el buscador sólo para saborear la leyenda “Se siguen mutuamente” que, a esta altura, le parecía de una connotación casi erótica.
El intercambio de textos trajo aparejado el intercambio de fotos. Y el mensaje público pronto se desvió hacia el chat privado y el teléfono donde la charla se tornó más pasional. Y como una cosa trae a la otra, decidieron encontrarse.
Maite estaba nerviosa, como cualquier mujer que está a punto de salir con el hombre que la atrae. Y, por una tarde, dejó de lado su rol de madre para encarnar el de mujer. Fue a la peluquería a ocultar sus cuatro canas, se pintó las uñas de un rojo furioso y discutió con su madre ante la decisión, inclaudicable, de acudir a la cita sin corpiño. “Ya le conté de mi militancia, ahora la tengo que demostrar” argumentó. “Hacés bien, seguís teniendo las tetas de los veinte”, se resignó su progenitora.
Augusto la pasó a buscar por la puerta de su casa. El discurso comunista y revolucionario se le caía a pedazos, enfundado en ropa de las mejores marcas y a bordo de un cero kilómetro importado. Maite decidió dejar pasar la crítica que asomaba a su lengua filosa y se dedicó a disfrutar de su beso y de su perfume.
“¿De qué tenés ganas?”, preguntó ella. “De ir ya a un telo”, respondió sin ambages.
Y allá fueron. A disfrutar de todos los deseos, de toda la fantasía que habían logrado despertar con sus charlas y que ya llevaban varias semanas reprimidos. Dos horas de sexo pleno, liberador, maravilloso. De ese sexo que te deja agotada pero con ganas de más.
Entre risas y besos, se despidieron del fugaz lecho y ella, famélica, deseó para sus adentros que el sitio elegido para la cena fuera una parrilla.
Augusto tenía otros planes. Despeinado y con la boca rebosante de risa, condujo en dirección a la casa de Maite, quien atónita ante lo que sucedía, clavó la mirada en la ventanilla y parpadeó repetidas veces para evitar las lágrimas.
Ajeno a lo que pasaba por la cabeza de su amante, Augusto sintonizó la radio y tras entonar un par de estrofas, apoyó una de sus manos en la rodilla de ella y preguntó: “¿Te gusta esta canción?”
Maite no logró mantener la compostura: “¿Y a vos qué carajo te importa?”
El escritor, con el rostro demudado, frenó repentinamente y la miró a los ojos, como pidiendo una explicación. Y se encontró con dos brasas ardientes, ofendidas, furiosas. Y se enfrentó con una frase demoledora que explotó en sus oídos, a pesar de ser pronunciada con mucha suavidad: “Si me vas a tratar así, la próxima vez te cobro”
Se desvaneció toda la escena: las sonrisas, la mano en la rodilla, el tarareo despreocupado, la facilidad de palabra... Giró bruscamente el volante y la llevó al mejor restaurante de la ciudad. La dejó elegir el menú. La invitó con el mejor malbec de la carta de vinos. Pidió disculpas con palabras, con gestos, con los ojos, con el bolsillo.
Maite, erguida sobre su orgullo, cenó tranquila, jugueteó con la fina copa, escuchó las palabras azoradas de su compañero, respondió con alguna amabilidad intrascendente.
Se dejó conducir hasta su casa, le regaló un beso tibio y una hermosa sonrisa, que lo dejaron satisfecho. Encendió su computadora, lo eliminó de Twitter, lo bloqueó en su teléfono y llamó a su mejor amiga para reír- llorar con su último golpazo...

Victoria Nasisi

Copyright©Victoria Nasisi. Marzo, 2014