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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

OPINIÓN

Daniel Link: ''En nuestra literatura, la vanguardia ya no interesa''
link-web-LACatedrático, escritor y editor, Link describe luces y sombras de la producción literaria argentina, la actual y la histórica. Por Gabriela Manuli

(Fragmento)

 

—¿Cómo evalúa el estado actual de la literatura argentina? ¿Cuáles son sus posibilidades y limitaciones?

—La literatura argentina atraviesa un momento extremadamente rico. Florecen obras de la imaginación todo el tiempo y la calidad de lo que se produce a veces puede quedar opacada por la cantidad. Que se esté editando tanto, y que haya tantos proyectos independientes, funciona en algún punto como una ilusión de publicación total. Todo está allí a la vista de quienes quieran leer, y sólo harían falta políticas periodísticas adecuadas a la difusión de la literatura que tenemos, de sus tendencias, de sus contradicciones, de su movilidad.

—¿Cuáles son los escritores argentinos que forman parte del canon actual, y cuáles de la vanguardia?

—Siempre es un poco temerario referirse al “canon actual” porque el canon es, necesariamente, histórico y, además, objeto de debates. ¿Qué sería el canon actual? ¿Obras que leen o leerán en las aulas los estudiantes secundarios? Si se tratara de eso, pienso en César Aira, en Fogwill (algunas zonas de la obra de Fogwill son perfectamente “escolarizables”, otras no), en Arturo Carrera, en Juan Gelman, en Sylvia Molloy, en Edgardo Cozarinsky, en Ricardo Piglia, en María Moreno, en Luis Gusmán. Naturalmente, no puedo dejar de incluir en esta lista caprichosa (e infinita) a Juan José Saer, a Manuel Puig, a Rodolfo Walsh, a Osvaldo Lamborghini, a Alejandra Pizarnik, al cada día más inmenso Copi. Si de lo que se trata es de describir el sistema de la literatura actual, yo diría que hay dos grandes líneas.

—¿Cuáles serían estas líneas?

—Por un lado, una literatura de mercado (que se piensa a sí misma, paradójicamente, como una literatura “autónoma”), dominada por los “grandes” premios literarios, una ficción urdida para estafar a los lectores, una literatura escrita deliberadamente para la escuela. Por el otro, un conjunto de escrituras experimentales, “postautónomas” (como las llama Josefina Ludmer), que formulan preguntas radicales al presente, a la relación de uno mismo (del sí mismo) con el presente (o con la muerte, o con el cuerpo, en fin: esas grandes obsesiones de todos los tiempos). Literaturas que declinan incluso el honor de integrar el panteón literario, en favor de otro tipo de relación con la escritura. Recientemente, también Beatriz Sarlo ha separado las aguas de la literatura argentina entre ficciones interpretativas (del traumático pasado argentino) y ficciones etnográficas del presente. Si mi lectura no es equivocada, lo que yo llamo experimental es para Sarlo etnografía. La vanguardia ya no le interesa a nadie, pero eso no significa que no podamos pensar hoy los modos de aparición de lo experimental: Fernanda Laguna, Gabriela Bejerman, Alejandro López, Fabián Casas, Washington Cucurto, Pablo Pérez, Ariel Schettini, Daniel Durand, Mariana Enríquez, Juan Terranova y Santiago Llach son algunos de los escritores jóvenes cuya obra sigo siempre con atención porque sé que en ellas encontraré un pensamiento sobre el presente pero, también, sobre la literatura en el presente.

—¿Cuál es el lugar del arte en la Argentina?

—Los lugares del arte en Buenos Aires (no me atrevería a generalizar tanto como para referirme a la “Argentina”, un territorio partido en varios pedazos que tal vez ya no puedan juntarse) son los lugares del arte en el capitalismo global: los museos, las galerías, las salas de concierto, los teatros, las cadenas de librerías. Naturalmente, también hay arte en otros lugares (lo que significa que el arte responde hoy a la lógica de la intermitencia): la televisión, el diseño, la calle, Internet, los salones bailables, la sala de estar de la propia casa. Hay que colocarse en situación de atención extrema, porque uno nunca sabe dónde aparecerá (y desaparecerá) el arte. Son momentos muy delicados que debemos atesorar.

—¿Qué libros considera que marcaron la historia argentina? ¿Cree que se puede reconstruir el pasado nacional por medio de obras clave? Si esto es posible, ¿cuáles serían?

—Los cánones nacionales son, precisamente, esos dispositivos que se utilizan para “reconstruir el pasado” de acuerdo con la idea de representatividad (y no de gusto, o de “calidad”, nociones completamente de época). Es por eso que son objetos de debate ideológico y político (¿Por qué es canónica la obra de Roberto Arlt pero no la de Salvadora Onrubia?). Los nombres que integran ese canon (periodístico y escolar) y que nos permiten explicarnos nuestra historia son suficientemente conocidos: Echeverría, Sarmiento, Hernández, Mansilla, Ricardo Rojas, Girondo, Manuel Gálvez (que tan bien dramatizó todas las tensiones entre literatura y mercado que hoy creemos padecer), Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni, ¡Borges!, Bioy Casares, Ezequiel Martínez Estrada, Cortázar, Sabato, Silvina Bullrich, Rodolfo Walsh, David Viñas. Llegados al presente, la cosa se complica, porque la distancia temporal y la representatividad en relación con el contexto son las variables que permiten homogeneizar en cierto modo nombres tan disímiles como los que acabo de poner en serie. Además de los que ya he mencionado, no podrían faltar el Nunca más, naturalmente, o Los pichiciegos de Fogwill, o Respiración artificial de Ricardo Piglia o Maldición eterna a quien lea estas páginas de Manuel Puig o El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza. El canon es siempre obvio: opera retrospectivamente e incluye los nombres propios que no podríamos evitar nombrar si tuviéramos que explicarle a un marciano esa noción desconocida, con la urgencia y la inquietud que tan extraña audiencia nos provocarían. ¿Podríamos obviar los nombres de Tomás Eloy Martínez, de Juan José Sebreli, de algunos escritores uruguayos? Seguramente, no. La mejor historia de la literatura argentina sería la que consiguiera decir más con la menor cantidad de nombres propios, porque los nombres propios oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos. Naturalmente, mucho más interesante que definir el canon es definirse una tradición en la que los nombres propios interesan por el sistema que forman entre sí. Pienso, en este sentido, en la obra luminosa de Raúl Antelo, que arma mapas literarios extrañísimos y fascinantes. O en el disperso club de admiradores de Pitigrilli, que a fuerza de insistir conseguirán algún día la revalorización de ese autor excéntrico.

—¿Estamos asistiendo a una crisis de la literatura? ¿La televisión e Internet están avanzando sobre la lectura?

—¡En modo alguno! La idea de “crisis” de la lectura es un invento aprovechado por los laboratorios de mercadotecnia para que el público se sienta culpable y compre libros. Las personas leen lo que necesitan y siempre ha sido así. Naturalmente, se puede hablar de una crisis de la escuela, pero ése es otro tema y no quisiera irme por las ramas. Si hubiera “crisis” de la literatura sería sólo como producto de la manía literaria de pensar lo que uno hace como crisis. El arte, y la literatura en primer término, siempre se movió con felicidad alrededor de las ideas más apocalípticas de la imaginación de la crisis. No creo que sea necesario que la cultura (los medios) sostengan sobre la literatura lo mismo que la literatura piensa sobre sí.

—¿Cuál es para usted la relación entre el arte y las nuevas tecnologías de la comunicación? ¿Se puede hacer literatura desde un blog?

—He intentado demostrar con Montserrat, mi tercera novela (publicada por Mansalva hace dos meses), que sí. Y lo mismo podría decirse de otros escritores embarcados en la misma investigación. Las nuevas tecnologías de comunicación son tecnologías de escritura y publicación. ¿Cómo podríamos ser indiferentes a esos regalos del presente?

—En cuanto a las nuevas tecnologías y la enseñanza, ¿cómo cree que es esta relación? ¿Cómo se enseña hoy en la escuela media argentina?

—La relación entre nuevas tecnologías y escuela en Argentina es completamente inexistente (y no precisamente por responsabilidad de los docentes que hacen, siempre, lo imposible por “estar al día”). Hay una crisis institucional de la escuela de tal magnitud que uno tiende a sospechar que el problema es hoy el de la relación entre las antiguas tecnologías (la escritura, el habla, la conversación, el debate) y la escuela.

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La cultura para procesar basura

—Usted dijo que su segunda obra ensayística, La chancha con cadenas, se trataba de un “ensayo de interpretación nacional organizado alrededor de dos o tres motivos: los restos, la basura, las vísceras, como núcleos de lo que hoy me atrevería a llamar la imaginación argentina”. ¿Cómo es esto?

—Una vez Luis Gusmán le hizo una pregunta muy específica a Borges después de una de sus conferencias. Borges le contestó: “Ah, pero usted me ha leído”. Si cito la anécdota no es por ningún tipo de identificación narcicista sino porque siempre es delicadísimo referirse a lo que uno ha escrito mucho tiempo atrás. En Leyenda, un libro que imaginé como una arqueología del presente de la literatura argentina y no como una historia, me refería a La chancha con cadenas como un libro, todavía, muy historicista, empeñado en destacar continuidades. Y sabemos por nuestros maestros que desde El matadero y la literatura gauchesca hasta Operación Masacre y más allá, predomina esa obsesión por los restos y la basura, las vísceras, el combate entre carnaval y cuaresma. Si la “imaginación argentina” no fuera sólo una licencia de discurso, diría que nuestra cultura (¿pero acaso alguna cultura es otra cosa?) no sería sino una manera de procesar la basura que genera.

—Mencionó que “hablar del género policial es hablar del Estado y su relación con el crimen, de la verdad y sus regímenes de aparición”, y también agregó que en la Argentina, el policial no se toma demasiado tiempo...

—Todo eso está referido a un período de la literatura argentina en el que la literatura policial ocupaba un lugar destacadísimo en las preferencias del público, digamos: durante el peronismo “clásico”, lo que permite explicar la última parte de la cita: es un género que brilla brevemente, y además lo hace sobre todo a través de ficciones breves. Mi análisis supone una concepción de los géneros no tanto como géneros literarios sino como géneros culturales: entiendo que los géneros son modos particulares de procesar (y aun, de normalizar) determinadas experiencias. El melodrama normaliza comportamientos amorosos, la ciencia ficción normaliza identidades sexuales, el policial normaliza la relación con el Estado, el crimen y la verdad. Es por eso que hay “variedades” de literatura criminal de acuerdo con las naciones, las épocas, etc… En el caso de Argentina, es obvia la imposibilidad de una figura central en el género: el investigador de crímenes. Público o privado (parapolicial), el investigador es resistente a todo tipo de heroificación para los argentinos.
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Fuente: Escribirte.com.ar