Trabajos de taller

Glosario de términos

Buscar

Seguinos en

  • Taller literario online La Argamasa en facebook

“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

DE HOMBRES, MUJERES Y OTRAS ESPECIES

Crónica de un amor anunciado

Victoria_seccin“¿Y, sin en lugar de comer en la oficina, salimos a dar una vuelta? Dale, es un día hermoso…”- me espetó, sorpresivo, apoyado en el marco de la puerta.
Dudé, sólo un segundo. Pero dudé. Y tendría que haber prestado atención a esa breve duda: el miedo no es zonzo, dicen los que saben…
Ordené algunos papeles sobre el escritorio a las apuradas y me paré, esperando el elogio de cada día: “me encanta ese pantalón”, fue el de hoy. ¿El pantalón o el culo?, pensé como mujer descreída que soy… Y salimos juntos. Por primera vez.
A la plaza. Como dos chicos. A caminar un rato bajo el sol de primavera, hablando de los hijos, los problemas con nuestras respectivas parejas, las internas en el trabajo. Y nos reímos mucho, a veces cómplices, a veces irónicos, a veces alegres, a veces burlones y malos. Pero siempre felices. Cuánto hace que no me siento así, feliz sólo por reír con alguien- pensé, un tanto incómoda.
La hora compartida se hizo corta, muy corta. Pero alcanzó para que, al volver al trabajo y mirarme en un espejo, me mostrara la imagen de la chica de ojos brillantes y mejillas sonrosadas que alguna vez había sido. Debe ser el sol- me justifiqué, culpable- la primavera que desparrama flores de jacarandá por todas las calles de Buenos Aires y brillitos en mi mirada.
Desde ese primer día, no pudimos parar. No pudimos y no quisimos, tampoco debería hacerme la tonta. La amistad comenzó a cambiar, demasiado rápido, al menos para mí: tener ganas de llegar temprano al trabajo, alargar cada día un poquito más el café de la mañana, sentir un salto en el pecho cuando aparecía en mi oficina, intentar esperar para no ir como desesperada a buscarlo y darme cuenta de que él hacía lo mismo y saber, saber, estar segura de que a él le encantaba estar conmigo.
Y empezar a pensar “que me pongo”. Y no usar NUNCA MÁS una remera que no le gustó. Y empezar a soñar con los ojos abiertos con lo que podía llegar a pasar. E imaginarme mil y una situaciones que nunca se dieron pero que igual disfruté en mi cabeza.

Y no aguantar más y contarle a una amiga. Y descubrir que lo que para mí era un secreto guardado bajo siete llaves era más que evidente para el mundo. Y empezar a darme cuenta de que “el mundo” no es tan tonto ni yo tan inteligente como me creía.
Y sentir sobre los hombros el peso de las dos imágenes: el angelito bueno (no te metas, vas a sufrir, estás haciendo cagadas, cortala antes de que pase algo, estás casada, no te mezcles con alguien del laburo…) y el diablito tentador (te merecés un poco de emoción, te encanta, no pasa nada, la vida es para pasarla bien, divertite, nadie va a sufrir si hacen las cosas bien, no tiene por qué enterarse nadie, disfrutá, disfrutá, disfrutá!...)
Y estar convencida de que en uno de esos paseos de mediodía, en medio de cualquier charla, iba a intentar darme un beso. Y equivocarme, en eso para empezar… y equivocarme en todo.
Y que un día, faltando cinco minutos para volver a la oficina, me pregunte, bajo el sol de diciembre: “¿qué vamos a hacer con esta relación rara que tenemos?” Y que logre que me ponga nerviosa, que me sonroje, que me asuste, ¡que me quede muda!, justo yo, la más parlanchina de la ciudad.
Y dejar que se ría de mí al verme expuesta y desarmada, sin respuestas. Y saber que el próximo paseo iba a ser distinto y esperarlo como loca, sin dormir y sin comer. Y jugarle al ajedrez y decirle antes de que se vaya a su casa: “me muero de ganas de darte un beso”. Y verlo retroceder e irse sin contestar. Y quedarme sin saber si aposté demasiado antes de tiempo o si le había asestado un golpe tan fuerte que lo hizo tambalear.
Y, al otro día, verle la cara y saber que había sido jaque mate. Y que me toque reírme a mí por sus nervios, su exposición y su huida.
Y, al fin, salir del trabajo, al mediodía a caminar por esas plazas tan nuestras. Y por primera vez, no hablar, caminar brazo contra brazo, roce contra roce, callados. Y sentarnos en una escalera perdida entre arbustos descuidados y buscarlo: “ya casi no hablamos nada…”
Y que me mire con sus ojos grandes y me conteste: “es que es inevitable otra cosa” y se anime y me dé un beso.
Y explorar su boca, tocar su cara, sentir su abrazo y saber que el diablito, como buen diablito, me engañó bien engañada: “no pasa nada”, me había dicho sobre el hombro y yo sentía que pasaba todo.
Y que me pregunte si estoy enamorada y canchera o precavida (aún no lo sé) contestarle que no sé bien lo que me pasa, mientras me tiemblan las manos y se me sale el corazón por los ojos.
Y que él, más valiente o menos experimentado en estos juegos me diga, casi sufriendo: “yo sí; y si vos no estás segura de lo que sentís, salvanos de esta locura”
Y sonreír, cansada, sabiendo que estamos perdidos y que nada ni nadie nos puede salvar. El pedido había llegado demasiado tarde.

Victoria Nasisi

Copyright Victoria Nasisi. Diciembre 2013