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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Y FUE… (A STEP FROM HEAVEN)

Las nubes ganaban el cielo de Nueva York aquel primer domingo de septiembre y por momentos llovía. Tenías 24 años y era tu primer viaje a los Estados Unidos. Cuando el avión tocó territorio americano una vibración rara recorrió tu cuerpo. Recuerdas ir limpiando el vidrio empañado del bus que te llevaba del aeropuerto al hotel. No querías perderte nada y, mucho menos, esa primera impresión de algo nuevo.

El Puente de Brooklyn fue la primera imagen conocida que viste y a medida que te acercabas a Manhattan comenzaste a ver los edificios espejados disparados hacia arriba intentando arañar el firmamento. Eran las ocho de la mañana cuando llegaste al hotel. No estaba la habitación disponible, así que dejaste las valijas y saliste a caminar. Las calles todavía desiertas recién comenzaban a desperezarse. Aún era un Nueva York callado. Entraste en el primer Starbucks que encontraste y tomaste un café con leche con un exquisito cup cake. ¡Qué cansada estabas y qué feliz! Tomaste el mapa, la guía y te dispusiste a organizar un paseo. Mirabas el plano de la isla tratando de decidirte hacia adónde ir, cuando escuchaste que alguien te hablaba.
Le contaste que habías venido a Nueva York por una semana a hacer un poco de reconocimiento del terreno. Gracias a una beca que habías obtenido, pensabas instalarte seis meses a partir de diciembre para realizar un curso de pintura en la Escuela de Arte de la Universidad de Columbia. Mientras caminaban por Park Avenue e iba haciéndote un poco de guía turística, te dijo, en un inglés “yankee” a pesar de su origen británico, que tenía 32 años, que hacía cuatro que vivía en Manhattan y que trabajaba en una empresa de seguros.
Ese primer día en Nueva York, lo pasaste entero con él. Pasearon por la Quinta Avenida, por Madison y almorzaron en el Central Park. Hablaron poco, se preguntaron poco y, sin embargo,  se contaron mucho. Te dijo que te iba a ayudar a encontrar un buen lugar donde vivir y te dio un montón de “tips”, como decía él, consejos y sugerencias de lugares para visitar. Preferiste no aceptar su invitación a cenar; después del viaje y del trajín del día, necesitabas dormir. Cuando te dejó en el hotel te dijo: “Ni se te ocurra pagar la entrada para subir a las Torres Gemelas, yo trabajo ahí así que cuando quieras me vienes a buscar y conoces la ciudad desde las alturas”.
Se gustaron mucho y seguramente se enamoraron. El Village, el Soho, el Downtown, el Meatpacking los conociste con él. Aprovechabas cuando estaba trabajando para visitar museos, mirar vidrieras… en fin, hacer todo lo que no le gustaba y en el Seaport se encontraban cada tarde cuando salía de la oficina.
El jueves de la mano deambularon por Time Square muy concentrados el uno en el otro, abstraídos del frenesí del neón y de la multitud. Bajaron por la calle 50 y cuando llegaron a Rockefeller Center se sentaron en un banco. Pasó su brazo por detrás de ti, te acercó hacia él y te besó por primera vez. Fue uno de los momentos más románticos que tuviste en tu vida. Él era muy romántico. “This will be our bench”… y moriste de amor.
El viernes previo a tu regreso a Buenos Aires, por la mañana, hiciste unas compras y a la tarde tomaste el ferry que va a Staten Island y que pasa por delante de la Estatua de la Libertad. “Cuando el barco vuelve a Manhattan tienes una vista magnífica de la isla, sus edificios y las Twins”, te había dicho la noche anterior.
A tu regreso del paseo marítimo, fuiste a buscarlo a su trabajo. Él te esperaba abajo y juntos subieron al piso 91 de la torre norte del World Trade Center. La vista desde esa altura era increíble. Causaba vértigo. Se quedaron un rato largo, abrazados, observando por el ventanal. Ya, cuando parecía que iban a levantar vuelo, muy despacio te hizo girar, te miró a los ojos y te dijo: “You are a woman to be loved”. ¡Guau!... no tienes que decirlo…
Ese último fin de semana, pasaron todo el tiempo juntos. El sábado cruzaron el puente de Brooklyn, visitaron Queens, Long Island y llegaron a los Hamptons. Volvieron tarde a la noche y se quedó a dormir contigo en el hotel. El domingo desayunaron en el Starbucks donde se habían conocido una semana atrás e hicieron un pequeño festejo. Quiso que lo acompañaras a su departamento en el West Side para cambiarse de ropa, pero te pareció mejor encontrarse directamente en la terraza del Museo Metropolitano donde un rato más tarde compartieron un almuerzo maravilloso con unas vistas espectaculares del Central Park.  
–¡Qué hombre! –pensabas mientras ibas colgada de su brazo dando ese último paseo por New York.  A la tardecita compraron unos hot dogs & chips, una caesar salad y una botella de vino rosado que tanto le gustaba y comieron en la habitación del Doral Inn. Pasada la medianoche se vistió, te dio un beso en la frente y antes de pasar el umbral de la puerta se dio vuelta, te sonrió y se fue… ¡Ay!, ¡Ay!, ¡Ay!... dolía tanto amor…Tiraste de las sábanas, te retorciste y quedaste totalmente tapada por ellas como no queriendo dejar escapar ni un milímetro de la felicidad vivida.
Él había preferido no quedarse toda la noche porque al otro día entraba a trabajar las ocho de la mañana. Y a ti te pareció bien. Quedaron en que después de la salida de su oficina vendría a buscarte y te llevaría al aeropuerto. Tu vuelo de American salía a las diez de la noche del lunes.
El trayecto fue silencioso. Iban sentados en el asiento de atrás del taxi, tomados de la mano, muy juntos. No hubo beso de despedida. Te miró mucho, te abrazó muy fuerte y apenas pudo susurrarte: “See you in December”. Luego te dio un sobre, te pidió que lo abrieras en el avión y te soltó.  
El sol brillaba en el cielo de Buenos Aires aquel martes 11 de septiembre de 2001. Tu vuelo había aterrizado puntualmente a las nueve y treinta y cinco de la mañana. Apenas el avión tocó suelo argentino, una rara vibración recorrió tu cuerpo. Tenías 24 años, regresabas de Nueva York y estabas plena de dicha. Mientras esperabas en la cinta la entrega del equipaje, en una televisión dispuesta en la sala, apareció la imagen de un avión estrellándose contra una de las Torres Gemelas…  
Nunca supiste mucho de sus padres, sus amigos o si tenía hermanos. Tampoco él supo mucho de tu vida familiar. Sí sabías lo que sentía su corazón, lo que guardaba en su alma y cuánto te habría amado. Sabías lo que lo hacía reír. Sabías lo felices que hubieran sido.
Has ido muchas veces a Nueva York. Esta ciudad tiene su olor, su ritmo, su sabor… tiene impregnado su ser. Y lo buscas los domingos a la mañana en el Starbucks donde se conocieron y en el bar del Seaport donde lo esperabas cuando salía de su trabajo. Y siempre que has podido te alojas en la habitación 1608 del Doral Inn. Y, por supuesto, te sientas en el banco de Rockefeller Center donde se dieron el primer beso. Y vas al lado oeste de la ciudad y te paras frente al edificio donde tenía su departamento que no te atreviste a conocer. Y caminas por….
Antes de abrirlo apoyaste el sobre contra tu pecho y así te quedaste un rato largo tratando de retener todos los momentos que habían tenido juntos. Te encontraste con una postal de las Torres Gemelas. Había marcado un círculo rojo en una ventana y una leyenda: “A step from heaven”.  Al dorso, escrito también a mano, decía: “…and I am the man to love you”.
Tan perfecto que no podía ser… y fue…

Valeria Sáenz

Copyright©Valeria Sáenz, 2014
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