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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Vidas quemadas

Quien sabe de dolor, todo lo sabe.
Dante Alighieri


I
Estoy nerviosa, muy nerviosa. Mami estuvo todo el día dándome la lata. No paró ni un minuto de hablarme del asunto.
En el colectivo repasamos una y otra vez la posible escena de su llegada. Si vienen juntos, me decía, yo me quedo a un costado, me meto entre la gente y vos te hacés ver bien. Te lo llevás enseguida. Ya me va a escuchar esa, repetía una y otra vez. Tenés que prestar mucha atención al movimiento que haya dentro de migraciones. Apenas la veas, si se deja ver, me avisás rápido con una seña. Yo te voy a estar mirando.
De todas maneras, me dijo, si no la ves, yo me quedo aparte, hasta estar bien seguras que viene él solo. Recién cuando estemos bien seguras me hago ver, planeaba.
Un martirio el trayecto desde casa en colectivo. Una hora y algo más. El aeropuerto no queda cerca.
Me sudan las manos. Creo que papá no me lo va a perdonar nunca. Si es cierto, nunca me lo va a perdonar.
Por suerte, acaban de anunciar la llegada del vuelo.  Se me da vuelta todo en el estómago. ¡Dios, qué acabe ya!
¿Y luego? ¿Qué pasará después de todo esto? Nada, no puedo pensar más. Qué pase ya de una vez.
¿Vendrán juntos, o esto es todo un delirio de mamá?
Desde la puerta de migraciones no logro ver a todos, se empieza a juntar mucha gente. Estoy cada vez más nerviosa. Presto tanta atención que se me nubla la vista.
Me pareció verlo. Sí, es él.

 

 

Ahí veo a papá, le digo bajito. Fijate, fíjate si está con ella, me dice. Me lo tapa un grupo de gente que habla a los gritos. Pero, sí, ahí lo vuelvo a ver. ¡Está con ella! Ahora recuerdo su cara. Es ella.
Le digo bajito a mi mamá que ya la vi, y que me vieron. Ambos me vieron. Ella se hace la disimulada y se retrasa. Él se hace ver, me sonríe y se pone delante de todos. Me saluda con las dos manos, muy efusivo. Eso es muy raro en él. Debe haberse sorprendido de verme.
Pierdo de vista a mamá. Disimuladamente me retraigo un poco, para ocultarme y poder buscarla.
Quedate ahí, me dice. ¿Ella?, ¿dónde se metió? Se quedó atrás, para que no la vea, le digo. Bueno, andá. Yo me quedo y la espero, me dice y se pone detrás de un señor, a un costado.
Me vuelvo a acercar y veo que mi papá está viniendo, solo, nervioso, con los pasajes en una mano y el bolso en la otra. Nada, a ella no logro ubicarla. ¡Qué nerviosa estoy!
¡Hola, hija! Qué sorpresa encontrarte. ¿Y mamá?, me dice luego de un incómodo abrazo y un beso sin sentido. Se quedó en casa, le digo. Yo tuve que venir a la facultad a entregar unos trabajos en la mesa de entrada y aproveché y vine a buscarte. ¡Ciudad Universitaria está tan cerquita!
Mientras lo saludaba, pude ver que mi madre estaba exactamente a su espalda. Había quedado demasiado cerca. Casi se lograba oír su respiración y su corazón latiendo a mil.
Pero logré despegarlos al comenzar a caminar.
–¿Cómo te fue?


II
Mary, calmate, Mary, calmate. Esto debe ser breve. Debo estar calmada. Tengo que recuperarme. Respirar, eso, respirar lento. Más lento, así, ¿ves que podés? Una más, así… lento.
Seguramente será la última. Como buena rata se esconderá hasta el fin. Ya debe quedar poca gente dentro.
Sin libreto, solo verla y será más sencillo.
Respirar, eso, así… lento.
Es ella. ¡Vamos!
–Hola, ¿sorprendida? –la increpo intempestivamente.
Se congelaron mis sensaciones. Su mirada, suplicando clemencia, potenció aún más el veneno que estaba a punto de largar.
Ya nada volverá a ser lo mismo. Estoy a punto de cambiar el curso del tiempo.
–Mary, no lo tomes así. Hablemos civilizadamente.
–Mirá, reverenda hija de puta, esta me la van a pagar los dos ¿Se pensaron que lo tenían todo para ustedes? Pues no ¡ahora van a saber quién soy yo!  ¡Y no voy a parar hasta verte bien hecha mierda! ¡Zorra!
–Por favor, Marita, por favor. Estás muy nerviosa, calmate. Te entiendo y no quisimos nunca hacerte daño. Charlemos. ¡Por favor!
Que charlemos ¿me pedís?, le digo, ni un segundo voy a perder en ensuciarme hablando con vos y con ese mal parido. Veinte años de sacrificio, de penurias y de hambre, ¿sabés? Yo estuve al lado de él cuando pintó el hambre. Esto no se los voy a perdonar. De esto no se van a olvidar nunca. Eso sí, le grito, alejándome cuando casi ya no quedaba nadie cerca, desde esta noche te vas a entretener lavándole los calzones de mierda y sus medias malolientes. ¡Qué te pensabas!
Me voy. Ya he visto suficiente. Nada ni nadie me va a parar.
Camino sin saber bien cuál es la salida más conveniente. Camino sin pensar. Camino enceguecida, enfurecida. Quiero volver. Quiero seguir gritándole.
Sigo caminando. Calmate, Mary, calmate, recapacito, respirá lento, eso… uno… dos… tres... ¡No! No te des vuelta. Eso, seguí caminando, a paso firme, sin apuro. Eso, así.
–¡Taxi!


III
¡Qué cagada! ¡Qué reverenda cagada! Pero bue, ya está. Espero que no haya reconocido a Adriana. No creo que se acuerde. Aunque no sé. Bien podría haberla visto.
–Bien, muy bien –le respondí– pudimos cerrar un par de contratos y vamos a exportar dos máquinas más a Uruguay. Esta gente está muy contenta con los resultados de la que compraron el año pasado, le digo y me cuesta responderle con naturalidad. Si la hubiese reconocido me hubiera dicho algo, ¿no?
Camino al auto hablamos bien poco, algo no me cerraba. Algo no está bien en todo esto. Qué raro que Cecilia haya venido. ¿Y mamá?, ¿sabía que venías?, le consulté de nuevo. Le dije que a lo mejor, si hacía a tiempo, pasaba por aeroparque, pero no le di seguridad, me dijo.  
–Pasamos primero por la fábrica, porque tengo que hacer unos llamaditos, algo rápido, y después vamos para casa, –dije– ¿estás apurada? No, me dijo.
¿Trabajo de qué tuviste que entregar en la facu? ¿hoy sábado te aceptan una entrega?, le dije. Su inexplicable presencia me estaba perturbando. Un informe, tipo monografía, que no llegué a presentarla el viernes, y el profe me dijo que si el lunes, cuando llegaba, la encontraba en mesa de entradas, lo daba por entregado a tiempo. Así que me salvó. Sino, pierdo la cursada. Un bajón, respondió descuidadamente.
¿Sabés si mamá estaba preparando algo para cenar?, le digo, porque si no, de pasada podemos llevar unas pizzas, ¿qué te parece? Cómo quieras, me dice, pero no tengo ni idea de mamá. Salí temprano de casa y no sé nada más, acotó medio molesta.
Luego, ya casi no hablamos. Yo estoy muy tenso ¡Dios! ¿Qué estará pasando? Al menos oíamos buena música, la radio, lo mejor de la noche, ese programa de jazz…
Llegamos a la fábrica, entramos y me mandé directo a la oficina. No había nadie, claro, a esa hora ya no queda nadie. Hago unos llamaditos y salimos, le dije, de paso, dejo esto que me mandaron de Uruguay para los muchachos.
Nunca necesité tanto tener teléfono en casa como hoy. No saber donde está Mary es desesperante.
Adriana no me atiende. Aún no llegó tampoco. Estará por llegar, supongo. Un intento más. Nada. Insisto. Nada.  

 

IV
Unas cuadras antes de llegar a casa, papá me hace por última vez la misma pregunta: ¿no sabés si mamá está en casa? No, me fui temprano y no volví. Teléfono no tenemos… No sé, le dije.
Como llegando al cadalso, avanzamos el último tramo de la cuadra lo más lento que le permitía el auto sin pararse. Nos detuvimos y bajé sin dudarlo. Puse la llave en la puerta y de un solo movimiento ingresé. Al pasar por la habitación de ellos, pude ver un par de valijas en la puerta, un montón de papeles y fotos rotas y desparramadas por toda la habitación.
La guerra. Eso presenciaría. Una feroz guerra. Temblaba como un papel.
Llegué al fondo, a la cocina y allí la vi. Mamá estaba desencajada, blanca como un papel.
Absolutamente todo en mi cuerpo se detuvo en ese momento.
Mi viejo avanzaba detrás de mí sin ninguna esperanza de salir ileso. No lo vi. No podía verlo. No pude voltear mi cabeza para verlo.
A solo unos pasos, delante, mi mamá apenas podía sostenerse. La vida misma se le había caído encima. Entre ambos estaba yo. Testigo involuntario y cruel.
Avanzó muy lentamente y me dio un beso. Me aparté. Cerré mis ojos. No quise ver más.
Pero lo que siguió, que no lo podré olvidar mientras viva, me obligó a abrirlos una vez más.
Le gritó. Lo insultó. Lo empujó. Y lentamente comenzó a caminar hacia el patio.
Un instante de silencio. Papá intentó decir algo. Mary, por favor, no hagas locuras. Sé que no estuve bien. Me voy, pero calmate.
Ella, se dio vuelta, lo miró por última vez, y con velocidad incomprensible, tomó la regadera, se roció y supe casi al instante que eso no era agua. Pude oler, favorecida por la brisa, el kerosene que usaban cuando niña para encender la estufa.
Sin que pudiéramos hacer nada, tomó un fósforo y se encendió.
Hubo gritos infinitos, desgarradores. Nuestros manotazos no pudieron contenerla. Mi papá se tiró encima de ella. Con varios tirones logré apartarlo. La vimos consumirse. No supe nunca cuando dejó de sufrir semejante infierno. No lo supe nunca.

Aún ando con el alma chamuscada, escarmentando su ausencia.

Laura