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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

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ENCUENTRO
Es un abril frío en Mar del Plata, la mañana se presta para quedarse en la cama. Sin embargo, la joven morocha de tapado azul camina por la rambla a paso ligero, de un lado a otro, como esperando impaciente. Sus manos en los bolsillos y su rostro escondido tras los lentes negros. El paisaje de la playa es bastante desolado, sólo se ve un grupo de jubilados que se acercan caminando uniformados con ropa deportiva. La joven no deja de moverse, saca su mano del bolsillo y mira la hora. En ese mismo instante, el hombre canoso, de sobretodo negro, baja las interminables escalinatas. Se acerca de prisa a la joven, levantando el cuello de su sobretodo, quizás para protegerse del frío, o tal vez para ocultar su rostro. Al llegar abajo le hace un gesto con la cabeza al que ella asiente. Pasa su brazo por los hombros de la joven y suben juntos la escalinata. En la calle los espera un auto negro con vidrios oscuros. Los ancianos observan la situación con intriga, "¿amantes quizás?", luego siguen su rutinaria caminata. El auto negro se aleja.  
Es un abril frío en Mar del Plata, otra vez la rambla queda desolada, como a la espera de una nueva historia de la cual ser testigo.

 

SOBRENATURAL
Me desperté sobresaltado esa mañana, había tenido un sueño, si bien no había sido una pesadilla, me estaba perturbando demasiado. La soledad, la rutina y la desesperanza eran mi estilo de vida a estas alturas, y bueno, había que aceptarlo, pero ese sueño hizo como un click en mi cabeza, y así salí, enceguecido a buscarla. Hacía frío, yo llevaba puesto mi sobretodo negro, encendí el auto y tomé hacia la avenida de la costa, algo me decía que ese era el camino. Paré delante del casino con la intención de bajar y caminar hasta la playa, siempre me gustó la playa en otoño, solitaria, extensa, limpia. Levanté el cuello de mi sobretodo y puse las manos en los bolsillos, la brisa fría se hacía sentir. Bajé las escalinatas ya escuchando ese inconfundible sonido que hacen las olas al romper y sintiendo pegado a mi nariz el olor del mar. Y ahí la vi, no sé si era real o era sólo mi imaginación. La mujer del tapado azul, la misma del sueño, caminaba por la rambla de un lado a otro. Mi corazón se paralizó, no puedo explicarlo, sólo deseaba acercarme y saber qué escondía tras esos lentes oscuros. Entonces caminé a paso ligero y sin titubear la tomé del brazo, no sé exactamente qué fue lo que ocurrió después, sólo recuerdo a un grupo de jubilados que pasaba haciendo su caminata diaria, y en algún punto mis ojos se cruzaron con los de ellos. Tampoco recuerdo como llegué aquí, ni qué pasó, sólo recuerdo ver mi auto negro alejandose por la costanera. Ya no pregunto, ya no analizo. Yo había salido a buscarla, loco, como guiado por un poder sobrenatural, y la encontré... o quizás, ella me encontró a mí.


SECUENCIAS
Estoy ansiosa, hoy es como mi primer día, espero que todo vaya de maravillas. Salgo apurada de casa, hace frío, por suerte me puse el tapado azul. Cuando llego a la rambla se están ultimando los detalles, todos en sus puestos, preparados para la acción. Me pongo los lentes oscuros y empiezo a caminar de un lado a otro, al cabo de unos minutos los veo, el grupo de ancianos, cumpliendo su caminata diaria, se acerca a paso ligero. Meto mis manos en los bolsillos y sigo moviéndome, intentando parecer impaciente. Miro la hora de vez en cuando. Justo cuando los ancianos están a unos pocos metros de mí, aparece él, el hombre canoso, enfundado en su sobretodo negro, y con una actitud que intimida. Baja las escalinatas a toda velocidad, se para a mi lado, pasa un brazo por sobre mis hombros, saca la otra mano del bolsillo y clava en mis costillas la 32 negra. No me deja reaccionar, mi expresión se transforma, por el rabillo del ojo alcanzo a distinguir la mirada horrorizada de los ancianos. El hombre del sobretodo negro me obliga a subir las escalinatas casi corriendo, un instante después desaparecemos dentro del auto negro y de vidrios oscuros que nos espera en la calle.

Detrás del lobo marino se asoma tímidamente el camarógrafo con su cámara al hombro. Los ancianos siguen paralizados mirando la secuencia. Incertidumbre, confusión. Bajo las escalinatas ya sin los lentes oscuros y con una sonrisa. El hombre del sobretodo negro me acompaña. Los ancianos no saben si sonreir o salir corriendo. Me acerco a ellos, los saludo. Me reconocen, se relajan. "Saluden a la cámara". Risas.


A. P.