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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Una historia, la misma historia

No es que yo me deje llevar por los comentarios del pasillo, ¿viste? Pero dicen que Carla, la recepcionista está teniendo problemas con el novio. Mirá vos, yo no sabía nada (con razón se la pasa llorisqueando arriba del teléfono la atorrantita esa). Coloca sobre los hombros una toalla impecable y hace que incline la cabeza hacia la pileta.
Sí, parece que ella estaba saliendo con otro y se terminó peleando con el noviecito. ¡Pero a esa edad!… pobrecita, seguro es un malentendido, ese chico debe ser demasiado celoso (si lo estaba engañando, ¿por qué llora, entonces?). Abre el grifo y prueba en su mano el agua hasta encontrar la temperatura adecuada.

¡Ningún malentendido! ¿Acaso no sabés que Carlita anda con el gerente de ventas de la agencia? (¿ésta es inocente o se hace?). ¡No te puedo creer! Pero este tipo… Fernández creo que se llama. ¿No es casado? Empieza a humedecer con cuidado el cabello moreno que se desparrama al descuido sobre la pileta.
Claro que sí, está casado desde hace diez años y con dos hijos, no tiene vergüenza. Y sí, pero viste que los hombres son todos iguales: ven una chica joven y bonita y se les nubla la cabeza. ¿A vos Carla te contó algo? Cierra la canilla y busca el shampoo indicado para un cabello tan seco.
(Me muero de ganas de contarle todos los detalles). Algo me confesó, ayer la encontré llorando en el baño, cuando fui a fumar un cigarrillo. ¡Ah, no seas bruja, contame todo! Coloca unas gotas de shampoo sobre el pelo maltratado y masajea suavemente.
¿Me prometés que no vas a decir nada? El turro de Fernández le hizo el verso de siempre: le dijo que estaba casado pero que con la esposa ya no pasa nada, que son como hermanos. ¿Y esta chiquita se creyó algo tan básico? (no tiene pinta de muy crédula y santa que digamos…). Vuelve a abrir la canilla y empieza a enjuagar con paciencia.
(Si Carla se entera que estoy contando esto, me mata). Y sí, le creyó y resulta que dejó al novio, un pibe divino del mismo pueblo del que viene ella, con el que salía desde hacía varios años. Bueno, se debe haber enamorado, entonces. Por lo menos no lo siguió engañando. Saca toda la espuma y escurre el cabello entre sus dedos, intentando no tirar con demasiada fuerza.
Y hace una semana, escuchá bien, vino Fernández muy orgulloso con la novedad de que su esposa está embarazada. ¡No! La pendeja se debe querer morir, con razón se la ve tan deprimida, pobre… (se quedó sin el pan y sin la torta, bien hecho por meterse con un tipo casado y querer destruir una familia). Con precaución para que no se golpee, la ayuda a incorporarse y anuda la toalla blanca sobre su cabeza.
¿Viste? Yo le dije: “sacátelo de la cabeza, nena, este tipo no te quiere”. Pero ella no quiere abandonar la pelea para lograr estar con él. Terrible, veremos qué pasa, a lo mejor triunfa el amor… (aunque esto no es más que una obvia calentura, igual no es mi problema, mientras no se meta con mi marido). Con mirada impasible, como si nada hubiera escuchado, la invita a pasar al sillón donde se corta y peina, interrumpiendo la charla que para él no tiene nada de novedoso.


Victoria Nasisi