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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Una cita con la escena

Esta vez quería fotografiar gente.
Ya me parecía que no alcanzaba con iglesias, puentes, plazas, escenarios estáticos. Pero me costaba el contacto con el otro, sentía que en realidad yo sería el observado. No me atrevía a invadirlos y sentirme autorretratado en mi propia mirada hacia ellos.

La cámara sería mi soporte, lo convertiría en algo absolutamente aceptable e irreprochable. Había un objetivo y una posibilidad de soborno al hacerlos sentirse elogiados por la elección.
Decidí que sería en Juramento y Vuelta de Obligado, un lugar muy transitado. Gente trabajando, paseando, comprando, esperando. Era un lugar donde seguro encontraría algún dato para ser fotografiado. Buscaba demostrar que en tan sólo un instante se percibe el alma declarada. Tan sólo un instante sin letras, sin sonidos, sin tiempo. No quería referirme a una construcción humana ni natural, quería retratar lo inconstruible, lo intocable.
Iba hacia mi cita con la escena. Estaba ansioso. Intentaba calmarme para no obligar situaciones. No quería rastrearlas, prefería ser sorprendido. No era lo mismo forzar la intención de un gesto en la búsqueda de un sentido que encontrarla irradiando su sustancia inherente.
Bajé del 65 y fui directo al lugar premeditado. No era caminar a la deriva y que algo interesante apareciera, estaba todo perfectamente organizado, como si la escena me estuviera esperando y yo no quería ni retrasarme ni perderla. Olfateaba el momento, sabía que sucedería. Pero también sabía que así como en un segundo se podía materializar, en otro segundo la perdería.
Giré por la esquina de Juramento, caminé unos metros chocando con la gente en contramano que entorpecían mi encuentro, rápido, desesperado, casi trotando y ahí estaban.
El y ella. Abrazados en medio de la vereda. La gente apurada pasaba por su lado sin verlos y ellos quietos, abrazados, amarrados. Mi máquina aún enfundada, ellos inmóviles, esperando el disparo. No era un abrazo fuerte, era un abrazo apoyado, apocalíptico.
No era un encuentro ni una despedida. Era la necesidad de no salir de ese abrazo, de no hacer pie. No había llanto, ni sonrisa. Se dolían. Sus miradas a la nada recargadas de tanto y de todo. Y ahí seguían. Como artistas callejeros jugando a la estatua, nos ofrecían unos minutos de vida en medio de tantas corridas mecánicas. Eran todo lo que tenían. Era un estar juntos en eso. Y seguían. Quietos, sin mirar, sin gesticular se decían todo. El gesto era el no gesto. Un abrazo para no mirar el después de ese instante. Como si estuvieran solos en una habitación, no existía para ellos un entorno, no importaba el afuera. Estaban adentro de su vacío, de su abrazo desvastado.
En un momento él levantó la mirada y me vio observarlos. Ya estaba corriendo el riesgo de desarmar la escena.  Sin darme cuenta le obligué a tomar contacto. Ya me habían dado todo el tiempo y ahora él se había percatado de que no estaban solos, estaba yo, mirándolos y sin ningún derecho violando su refugio, arrebatándolos de su intimidad y trayéndolos a esta otra realidad. Me incomodé y levanté la mano como saludándolo al pasar, él, sin dejar el abrazo, hizo una pequeña mueca con sus labios como disculpándome lo ya imperdonable. Dejé la cámara guardada, nunca llegué a sacarla y me fui caminando hacia la plaza. No quise mirar atrás.

 

V.F.