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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Un triángulo en Alemania

Me da vergüenza, tanta ignominia de escribir esto y me es muy difícil. La primera vez que corté pelo, eran los cabellos de mi hermana, en una edad entre 15 y 17 años; mi madre y mis hermanos sabían que yo lo había hecho.  Ella tenía un cabello rubio y largo, mis padres interpretaron equivocamente mis intenciones, vincularon mi obsesión con su condición de mujer, con su cuerpo, pero nada tenía que ver con su lánguido y desproporcionado cuerpo. Era su cabello, y prefiero los cabellos largos y rubios, no siento atracción por ninguna otra parte del cuerpo femenino.

 

De niño ya seguía a las muchachas que tenían trenzas largas, las seguí por mucho tiempo en las calles siempre teniendo miedo de que adivinasen por qué las estaba siguiendo, lo cual hacía aún más interesante mi deseo.  Parado frente a la escuela, a la espera del transporte, camino a sus casas, hasta en los actos escolares.  Cualquiera era un buen momento para vivenciar ese deseo irrefrenable que tengo por el cabello  de las mujeres.
Existe un ritual en mi mente y en mi cuerpo.  Habiendo cortado cabellos, me voy a la cama y estoy besando y besando los lindos cabellos; los aprieto a las mejillas y las narices y estoy gustando el rico olor de los cabellos. Acostándome los tengo sobre la almohada besándolos, y entonces vienen los movimientos del cuerpo y después soy muy feliz.  A  continuación guardo los cabellos en una caja que no llevo conmigo en mis viajes, ella mora en Sarre, tierra de la que soy natal y vuelvo a imaginar mi próximo ataque.
No mucho tiempo atrás en Berlín fui detenido por la primera vez después de haber cortado cabello a varias muchachas.  La pena generó en mí dos emociones proporcionalmente inversas. Por un lado, la vergüenza, la angustia de exponer socialmente mi parafilia y, por el otro, reforzarla aún más, encontrando en mi acto un placer magnífico, indescriptible.
De vuelta en Sarre mutilé varias cabelleras, diferentes largos, diferentes colores, las mujeres de Sarre parecían ya casi disfrutar de mi obsesión, o lo que yo llamo “mi enfermedad” y fue ahí donde me pregunté… ¿cuánto cabello más necesito para mi satisfacción?  De Sarre a Berlin, de la pena de Berlín nuevamente a Sarre, del extraño placer de las mujeres de Sarre ¿a dónde? Y ¿cuánto más? ¿Para qué?

Esta mañana armé mi bolso de viaje, mi pequeño bolso de viaje, pertenencias personales, productos para el aseo, mis tijeras, ropa íntima y un gran sobre de papel madera conteniendo mis trofeos, llevando conmigo  a cada una de esas mujeres a las cuales mutilé, rápidamente, silenciosamente.  Con el fin de comprar mi boleto a Hamburgo formé fila tras la gente, me dirigí hacia un banco de la estación, el tranvía vendría por mí en breve, me disponía a quitarme el sombrero y fue en ese momento cuando apareció G.M.  De una belleza difícil de catalogar, de una elegancia difícil de explicar pero con el cabello más hermoso que pude haber visto en toda mi vida, nada se comparaba con sus dorados hilos al viento, absolutamente nada, ni siquiera los cientos de cabellos de decenas de mujeres que llevaba en mi bolsa de papel madera.  Por supuesto, tanto G.M. como yo subimos al tranvía, al mismo tranvía.


De ahí en adelante, doctor, no tengo mucho más que explicar y sólo puedo decir que siento que me he curado, tal vez le suene extraño que me exprese de tal manera pero realmente no siento en mí el deseo incontrolable por el cabello femenino, el fluido que ahora recorren por accidente y sin intención mis manos y el que quedó entre las hojas de mi tijera, la que amablemente usted me secuestró, es lo que ahora más me interesa de las mujeres. ¿Será que me habré curado?… acaso… ¿será posible, doctor, que me devuelva en igual estado mis tijeras?

 

V. A.