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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

Trampa para 3

“Necesitamos hablar”, versaba la nota que Amalia encontró sobre su escritorio aquella mañana. Reconoció la letra, apurada, desprolija. La asombró. No era propio de Luis semejante desprolijidad. Esto la inquietó. “Te espero en el hotel a la hora de siempre”, esto sí era propio de su antiguo amante.

¿Por qué ahora? ¿No había sido suficiente el llanto por la renuncia a la que ambos se habían sentido obligados? ¿Por qué verse, sufrir de nuevo? Pero algo urgente y grave debía, seguramente, haber provocado en él semejante reacción inesperada e impredecible. Porque Luis no era así.
Acudió a la cita. Sus manos temblorosas no impidieron el rimel y la sombra celeste sobre sus ojos claros. El labial pudo enmarcar sus labios sedientos y nostálgicos. No pudo negar la esperanza y otra vez el deseo.
El jean y la camisa a cuadros que a ella tanto le gustaban fue la elección. Su razón distaba de sus sentimientos. Su cuerpo volvía a desearla, su sensatez a alejarla para siempre. En el encuentro pudo más la antigua pero nunca desparecida pasión que un día los atrapó. Se habían jurado la distancia pero ésta perdió la batalla frente al deseo.
Se entremezclaron besos, abrazos, caricias con culpa y la pregunta de Amalia que no llegó a ser respondida: “¿Por qué otra vez?”
El disparo tal vez la respondió. La imagen conocida la hizo entender pero no dio tiempo a explicaciones.

El joven salió corriendo arrepentido; por primera vez reconoció el poder que tuvo en él  la necesidad de vengar a su madre al descubrir el engaño descubierto. Comenzó a pensar en ella, ahora viuda. En los secretos llamados telefónicos y la voz susurrante de su padre. En el día en que lo siguió al lugar de la trampa en la que ahora él había caído. Siempre el mismo día a la misma hora. Así era su padre. Descubrió que su rabia no se había mitigado con los disparos. Decidió, entonces, tardíamente, hablar. Nunca se dio cuenta de que hubiera sido lo primero que tendría que haber hecho. Pero él no era como su padre. Él actuaba por impulso. Como cuando compró la automática. Y ahora necesitaba decir. Estaba seguro de que su padre leería la carta desde el infierno. Pero desde ese día comenzó otro para el joven. El llanto ignorante de su madre lo persiguió toda la vida.

 

M. M.