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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

(TIEL) Taller I. Iniciación a la Escritura Literaria

(TIEL) Módulo II. Historia de familia
Consigna uno
-Elegir a alguna persona conocida (no necesariamente familiar) que les resulte interesante o que tenga características destacables.
- Deterse a pensar en ella y escribir, en columna, una lista de atributos de esa persona. Incluya atributos físicos.
-Al lado de cada atributo escribir una o varias oraciones en las que ese atributo se exprese mediante una acción. Tener en cuenta que incluso los atributos físicos pueden expresarse a través de acciones. (Ejemplo: gordo: le cuesta encontrar ropa a su medida y ha desarrollado un poder especial para detectar los carteles o publicidades que anunciaban talles grandes).
- Usar lo que escribieron para armar un retrato de la persona elegida en la que sus atributos están expresados a través de acciones. (Extensión máxima: 1 carilla.)


El Doctor Levitt


Cuando era chica, tener una buena dentadura era sinónimo de cuidado y atención apropiada por parte de padres que, aún de clase media, invertían la suma que fuera necesaria para que sus hijas tuvieran una sonrisa  sana y feliz.
Así apareció en mi vida el Doctor Levitt, imposible llamarlo de otra manera. Nunca supe su nombre pues antes si alguien era Doctor, pues se lo llamaba Doctor, bien merecido su título.

Se llegaba a la puerta del consultorio después de recorrer un largo pasillo oscuro y al final del camino esperaba al visitante Noemí junto a una puerta que tenía una placa de bronce brillante indicaba nombre y especialidad. En el primer piso, departamento F, vivía para mí el Doctor Levitt. Allí me paraba tiesa mientras mi mamá tocaba el timbre y la señorita Noemí nos abría. La amistad con la señorita Noemí era no sólo inevitable sino conveniente. Ella no sólo te permitía el pase al consultorio siguiendo un riguroso orden de llegada sino que te dejaba entrar a un pequeño rincón de juegos que el Doctor Levitt había dispuesto para que los chicos estuvieran entretenidos mientras esperaban su turno. Recuerdo también que nos daba lápices de colores y hojas en blanco para dibujar y algunos dejaban algún garabato de recuerdo con su nombre. Siempre sonriente, ella se encargaba de seleccionar algunos para pincharlos en un pizarrón de corcho gigante donde cientos de fotos de niños felices, perros y gatos amigos compartían un mismo espacio con dibujos de muelas y dientes con nombre y apellido. Colgado en la pared, un ratón Pérez gigante tenía en su manito como un buzón donde podía el niño que quería dejar su diente o muelita. Si esto sucedía, la señorita Noemí le otorgaba el galardón mayor: una bolsa de caramelos enorme y otra pequeña con pasta dental y un mini cepillo para practicar en casa “la sana higiene bucal”.

Nunca supe la altura real del Doctor Levitt pues jamás se levantaba de una banqueta con rueditas con la que recorría todo el consultorio en segundos. Vestido siempre con un inmaculado delantal blanco, se colocaba los guantes mientras la señorita Noemí se encargaba de ponerme un babero de papel. Mi madre siempre decía que el Doctor Levitt traía todo de los Estados Unidos; la escuché muchas veces decir que hasta esos baberos eran traídos en sus viajes. Pero la habilidad que más me impresionaba era su capacidad de mantener una charla continua conmigo, mientras sentado en su banqueta móvil abría cajones, sacaba o ponía pinzas, y preparaba pastas de colores en pequeños recipientes a una velocidad increíble. En mi recuerdo, creo que en ese preciso momento yo entraba en una especie de trance, dónde se mezclaban su voz, el ruido de alguno de sus aparatos y la música de la siempre presente margarita de colores. Para el Doctor Levitt debía ser muy importante su margarita colgante del techo pues siempre le hablaba con mucho cariño. Creo que la flor se encontraba bajo el influjo de algún conjuro mágico puesto que, mientras él conversaba, ésta se movía emitiendo diversos tonos musicales que lograban hipnotizarme por completo hasta el final del tratamiento.
El tono fuerte de su voz y una cara sonriente que desacomodaba sus enormes anteojos  negros indicaban que era tiempo de irse, no sin antes recibir un premio. No era una golosina, ni un globo, ni un beso siquiera. Era una pelotita de pasta rosa que él mismo amasaba con sus manos grandes. Como si fuese una plastilina con fuerte olor a menta, esa masa mágica me acompañaba en el taxi de regreso a casa haciendo el viaje siempre muy corto. Con esta pasta  se podían hacer todo tipo de cosas: muñequitos, flores, viboritas o moños que al día siguiente estaban secos y listos para jugar.
No sé si fue el conjuro mágico de la flor colgante, la sonrisa eterna de la señorita Noemí, o aquella habilidad para darle forma con sus manos a mi premio final, pero a diferencia de muchos, recuerdo al Doctor Levitt con mucho cariño y tal como querían mis padres conservo una sonrisa sana y feliz.


Copyright©Elena Gil. Febrero, 2015
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