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“Ama el arte,
que de todas las mentiras
es la menos falaz”

Gustave Flaubert

TIEL Módulo VII Tiempo y narración

 

(TIEL) Módulo VII Tiempo y narración

Consigna diecisiete alfa. Reescribir la historia El encuentro comenzando por el final y reconstruirla seleccionando una serie de escenas claves que se narren repetidamente desde diversas perspectivas, tal como hace Faulkner en Mientras agonizo y Absalon, Absalon! (Extensión máxima: 3 paginas).


DONCELLA

-¿Eres tú, Chenniang, la que ha estado postrada en una cama estos últimos cinco años? Y ahora te encuentro aquí, a bordo de un barco, preciosa y rozagante como lo fuiste en tu juventud.


CHENNIANG

-No, amiga mía, esa es mi conciencia y también la de mi padre. Yo soy la mujer que escapó en la noche dejando atrás toda ilusión ajena, como lo hacen los fantasmas en los sueños de la gente que duerme.

-Dile a mi padre que soy su hija y que estoy de vuelta. Dile también que acepte las disculpas de mi amado, como yo perdoné su traición cuando arrancó mi felicidad esa tarde de abril.


WANG CHU

No tengo más que pedir disculpas por apropiarme de un destino que no me pertenece. Unas disculpas que serán aceptadas a cambio de un perdón por su traición en una tarde de abril. Esa tarde que arrolló nuestro porvenir, siendo solo unos jóvenes enamorados esperando el tiempo del matrimonio prometido.

Escondo un filo Kunai en mi tobillo, un barco en amarras flojas y una familia a bordo lista para partir.


CHANG YI

Han pedido la mano de mi hija. Un joven empresario será su esposo, tan conveniente para la unificación de tierras; ¿qué más hay que esperar? Ella es hermosa y silvestre como un shinkgo biloba en las praderas del sur. Lucha contra el tiempo como todos en estas tierras y en las más lejanas que, rodeados de dragones infranqueables lanzadores de llamas ardientes el tiempo igual los doblega, como a mi bella y silvestre hija. Esta tarde de abril se festeja la unión de las tierras, la unión de las parejas.

¡Ho! Wang Chu, dije que te aceptaría como yerno y nunca pediste la mano de Chenniang como lo dicen las escrituras de la tradición, ¿acaso no lo permití?, ¿será que te faltó valor? ¿A donde irás con tu padecer?


WANG CHU

Hoy desde la distancia del tiempo recuerdo sus ojos llenos de asombro, cuando me acerqué,  temeroso como un papel, a dar la noticia de nuestro regreso. Dije: venimos a unirnos en la paz de la familia. Yerno  no conseguía asimilar la realidad. “¿De qué hablas?” me dijo sin entender. “No se ha levantado una sola vez desde que te fuiste”. ¿Comprenderá en su lecho de muerte que aquella mujer encerrada no era más que su anhelo hecho pedazos?

En aquel momento de palabras suaves y exculpantes, su cuchillo Kunai, afilado como el hielo de los picos del Dragón de Jade, se derretía en su propio calor, haciéndose humo ante la pena del padre.

Chang Yi mandó a dos criadas a ver a Chenniang a bordo del barco. Y las doncellas la encontraron sentada, bien ataviada y contenta.

Mientras tanto, la otra Chenniang hacía cinco años que no se levantaba de su cama, no hablaba con nadie, no sentía calor ni frío, no comía, no estaba para nadie más que sus propias penas de amor. Pero una tarde escuchó unos susurros que provenían de los pasillos internos de la casona. La voz era tan conocida y dulce como la miel del jardín de su infancia. Era su amado que hablaba con Chang Yi, su padre. Supo que vino de lejos a buscarla. Imaginó que él también sufría la misma pena de amor desde aquella tarde de abril cuando la obligaron a casarse con un desconocido. Se reincorporó venciendo el peso del tiempo en sus extremidades, se vistió frente al espejo ya gastado de mostrar el mismo reflejo de una pared solitaria, peinó su cabello enredado y salió por la ventana, sin que nadie la viera, al encuentro de ella misma.


CHENNIANG

La pradera de mi crianza bajo mis pies, camino descalza como en mi niñez, venturosa de saber que mi padre espera por la felicidad de su hija. Un largo y cálido abrazo que salde mi ausencia de estos cinco años. Un error que ya no podrá juzgar. Vienen mis hijos siendo tus nietos, que tú no quisiste esa tarde de abril. Olvida lo mal hecho, perdono tu falta, perdona la mía por no hacerte caso. ¡Ho! Qué gran corazón tienes padre en saber dejar atrás aquellos detalles que hieren en los recuerdos. Mi alma se completa de genuina felicidad. Mi conciencia vuelve a florecer. Las abrazo para no separarlas nunca más en el resto de mis días mortales. 

Se encontraron las dos Chenniang, una era la conciencia desprolija y opaca de haber estado encerrada por tanto tiempo tomando el color de la oscuridad; y la otra, el alma que venía de los mares lejanos con algo más de luz, pero enredada por los vientos que soplan sin piedad. Una iba y la otra venía, se encontraron en la orilla, se abrazaron, se fundieron mezclándose como el humo en una ventisca. Solo quedó una Chenniang, joven y bella, siguiendo un mismo camino.

 


Consigna diecisiete beta Amplificar las dos historias y contarlas según la técnica temporal de la “alternancia” de modo tal que cada una de ellas desarrolle una de las versiones del sueño Chaung Tzu. (extensión máxima: 2 carillas).

Se despertó de una larga noche, con el cuerpo pesado como un barco de altamar. Lo esperaba un día de tareas monótonas, en un trabajo administrativo donde se mezcla el tiempo bajo luces fluorescentes y resmas de papel con olor a tinta impresa. Apoya un pie en el piso, dando comienzo a la incorporación matutina, se despereza sacándose la noche de encima, un bostezo largo, casi infinito; apoya el otro pie en el suelo con la lentitud de un gusano y sale de una vez por todas, despedido de su cama en un salto al vacío, flotando en el aire sin la persistencia del tiempo, manteniéndose como una hoja de otoño cayéndose de una rama distante en el paisaje, acompasado por el viento. Dándose cuenta de aquello comienza con un aleteo tímido de dos alas gigantes como sus ganas de volar. Se eleva tomando distancia de los techos, vence al viento atravesándolo como una flecha celta en la altura.

Chuang Tzu cae derrumbado en su cama, el sueño lo vence como una defensa a las tareas rutinarias del día; con solo pensar el trayecto al trabajo, el smog del tránsito aletargado en los embotellamientos cada pocos metros, el horario que corre siempre detrás como un fantasma que señala con el dedo a quien no llega a destino, la parca. El día que transcurre como a las piedras, sin sentido, rodeado de gente de caras pálidas y planas semejantes a una tabla. La angustia de la soledad entre la multitud, los despertares con sensación de que al mundo que le falta un tornillo. Todo eso ya lo sabía en el instante en que apoya un pie en el suelo.

Reposa en una rama mezclada de follajes y retoños, no piensa, pero siente esa libertad instantánea del presente, todo su contorno y su singularidad. El color azul impoluto de sus alas, tan vivo como el mar visto desde la altura, un azul que se respira en cada aleteo que logra sin esfuerzo como los latidos del corazón. El día tan abierto y gentil cual primavera en los cuentos, el despertar maravilloso de todas las mañanas con la sonrisa dibujada bajo sus antenas. Vuela en busca de la flor más bella, las antenas que salen de su cabeza saben encontrar el camino, un dulzor lo lleva y lo trae como la brisa a las hojas que caen. A la deriva del viento que controla con sus alas en un mundo de colores vivos, de flores y perfumes, así vuela libre cada despertar, pero él no lo sabe, porque tampoco sabe que es mariposa, fulgor del presente.

Ante el primer intento cayó desplomado en la cama. Cinco minutos más de pereza inconsciente, el reloj se atrasa y el ambiente denso como la humedad cae encima del deber, tiene que estar en su trabajo antes de las ocho. Es otra vez la rutina de todos los días que golpea en la sangre de un muerto en vida. Apoya un pie en el suelo tratando de no quedarse dormido. Un grito interior lo despabila, se hace tarde. Se desespera. Salta de la cama. Corre. Baja las escaleras. Tropieza. Sigue.

En eso estaba el sueño de Chuang Tzu, cuando despierta y no ve más que la oscuridad que dan los lugares cerrados, entonces golpea fuerte su cajita de cartón, hace presión con todas sus fuerzas contra un extremo, algo logra romper, entra un rayo de luz brillante pero no lo encandila, nada lo encandila; saca un ala azul impoluto como el mar visto de lejos, despliega una antenita de una punta, otra ala y ya termina por salir del cascarón que cuelga entre los retoños de una rama, y sacude su cuerpo sacándose todo el polvo de encima, convertido en mariposa, en presente, en libertad. Pero esta vez intuye que tuvo un sueño raro, muy parecido a cuando él era gusano.

Chang Tzu voló por primera vez en busca del néctar que sus antenas captaron en el instante que sus alas revolotearon por primera vez.

 


Consiga diecisiete gama El texto leído es una adaptación de los fragmentos finales de “La marca de nacimiento” de Nathaniel Hawthorne. A partir de esta escena final imaginar los antecedentes del suceso y escribir un racconto. (Extensión máxima: 2 carillas).

“¡Mi pobre Aylmer!, Aylmer… Amadísimo Aylmer, ¡me estoy muriendo!”. Y con su muerte apagó el hechizo del monstruo Quimera, ganando la batalla de su cuerpo ya sin vida.

Georgiana era una joven de carácter taciturno, de tez pálida como el mármol, conocedora de secretos de la antigua Grecia, que llegaron a ella siguiendo la tradición y el lineamiento de la sangre real de Artemisa, reina de Grecia en el siglo V a.C.

Cinco años antes del suicidio, en una tarde de domingo, estaba Georgiana paseando por el parque a la vera del arroyo cuando conoció a Aylmer. Un joven de mediana estatura, correcto en sus modales y muy entusiasta de los deportes extremos. Aylmer poseía la popularidad de aquellos que siempre tienen buenas historias en primera persona para ser contadas, sus aventuras y anécdotas cautivaban la atención de sus amigos.

Georgiana, tan enamorada como ciega, sabía que la única manera de conquistarlo era a través de un hechizo, que formaba parte de los cánones del amor eterno, pero que nunca nadie de sus antepasados lo había puesto en práctica. Se sabía que la única forma de liberarse era la muerte.

El sol cayó detrás de los árboles, dejando de fondo una línea anaranjada confundida en el horizonte, y Georgiana, que todavía estaba en el parque al acecho, se acercó a Aylmer cuando estaba tomando el camino de regreso a casa. Como todos los hechizos, fue repentino y absoluto. Apoderándose de toda la energía interna de Aylmer en unas pocas palabras en un dialecto jónico, la frase suscitó el abrupto desarraigo del corazón de su amado que ahora lo tenía Georgiana rodeándolo con sus dedos de la mano derecha, escupiendo chorros de sangre caliente en cada latido en vacío. La mano, ahora brillante y carmesí como la sangre, se extiende al cielo vibrando con la energía de un tigre deseoso de salir de su jaula. “Aylmer, ¡mi querido Aylmer!, seremos uno como lo dicen las sabias escrituras del amor eterno”. El hechizo funcionó a la perfección, y ahora ella poseía la felicidad de las parejas que se aman, pero no supo que a partir de ese momento dejaba de ser la responsable de sus actos.

Durante los tres primeros años todo fue felicidad. Sus exámenes en la facultad iban por el mejor promedio, sus amigas querían pasar tiempo con ella; los muchachos buscaban la manera de conquistarla, pero ella ya tenía un amor eterno.

Los recuerdos ya no le pertenecían. La mano carmesí, en contraste con su tez blanquecina, pertenecía a una marca de nacimiento, al menos esa era su explicación ante sus amigas, que tan inoportunamente le preguntaban.

Al cuarto año de transcurrido el hechizo, pero olvidado por Georgiana, un calor intenso proveniente de su mancha de nacimiento comenzaba a quemarla, muy de a poco, con leves puntadas en los dedos que luego subían hasta la muñeca. Georgiana disimulaba el dolor con pequeñas risas y suspiros. La mano empezaba a tomar un brillo propio por las noches, acompañado de cada vez más dolor, latidos y latidos. Ella no sabía el porqué de aquella situación. La Mano carmesí, brillante como una espada, horrible, la obligaba a no salir de su casa, el dolor, los latidos punzantes que palpitaban en la punta de sus dedos, las uñas descarnadas del intenso flujo sanguíneo, y al final de todo el amor a flor de piel de su amado. “Querido Aylmer, aquí estoy a la espera de tu regreso”.

La dicha ya no era posible con semejante intensidad de dolor, la mano carmesí, brillante y horrible, crecía día tras día y con ella el dolor que traspasaba la frontera de lo soportable. La locura comenzó a apoderarse de Georgiana, los gritos de dolor, la desesperada búsqueda de una droga que calme las punzadas, la poción que ella misma había hecho antes de comprender que las brujas no hechizan por amor, sino por rencor. Un fino y alargado frasco envuelto en papel de diario, al fondo de un cajón de madera donde guardaba los apuntes de sus estudios, allí estaba la droga, cura de todos sus males. Lo toma en sus manos sin observar la peculiaridad del color verde fluor; lo engulle de un sorbo pensando que todo volvería a la normalidad. Pero cuán distinta fue su reacción cuando allí apareció frente a sus ojos un joven y apuesto muchacho. La mezcla de cianuro y cicuta ya corría por su estómago. “¡Mi pobre Aylmer!, Aylmer… Amadísimo Aylmer, ¡me estoy muriendo!”. Y con su muerte apagó el hechizo del amor eterno, matando de una vez por todas esa mano carmesí.

 


Copyright©Antonio C

Marzo, 2020.  Todos los derechos reservados por su autor


Nota: las correcciones finales de los textos estuvieron a cargo de su autor